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Arquitectura

Un centro de convenciones renovado y una nave convertida en teatro: los premios Mies van der Rohe aplauden la arquitectura responsable

los galardones que distinguen los mejores proyectos europeos valoran la capacidad para dotar de nueva vida a edificios antiguos

Imagen del proyecto ganador, el Palacio de Exposiciones en Charleroi, en Valonia (Bélgica).

Ninguno de los proyectos premiados por el Premio Europeo de Arquitectura Mies van der Rohe, anunciados este jueves, es nuevo. Sin embargo, los dos renuevan. Así lo ha destacado el jurado de esta edición -presidido por el último premio Pritzker, el chileno Smiljan Radic- al valorar la propuesta ganadora, el Palacio de Exposiciones en Charleroi, en Valonia (Bélgica), de la que aplaude que aúna inteligencia y precisión para transformar una gran infraestructura -un centro de convenciones de los años 50- en lugar de demolerlo. Ideado por los arquitectos de Bruselas AgwA y el estudio de Gante Jan de Vylder e Inge Vinck, el inmueble está ahora abierto a la ciudad. Se ha convertido en un espacio poroso y accesible invadido, en parte, por la vegetación. Es decir, ha sido transformado, pero ha preservado su carácter. Y sus materiales. Para el jurado, esta intervención demuestra cómo la arquitectura puede desencadenar no solo nuevos espacios, sino también nuevas relaciones sociales trabajando con lo que existe.

De esta manera, opuesta a la hoja en blanco, la figura del arquitecto que destaca el premio pasa a convertirse en un guardián de lo que no debe perderse. También de lo que debe cuidarse. No hablan solo de mantener las formas o la historia. El premio defiende una práctica de la profesión de arquitecto responsable, una manera cabal y cívica de estar en el mundo: reconociendo lo que llegó antes, reparando, manteniendo o actualizando ese legado y, consecuentemente, haciendo de ese cuidado un nuevo legado para generaciones futuras.

El galardón, anunciado en Oulu, la ciudad finlandesa Capital Europea de la Cultura 2026, se ha dado a conocer, no por casualidad, en el Aaltosiilo, un antiguo almacén de troncos que Alvar y Aino Aalto levantaron en 1931 y que hoy se ha convertido en un centro de preservación de la arquitectura industrial. Ese edificio de hormigón casi centenario tiene ―como tantos inmuebles industriales― escala catedralicia. Y desde ese tamaño, y con esa trayectoria de asumir y representar el cambio, se ha erigido en el icono de la capitalidad cultural europea de este año. Se trata de un icono que habla más de referencias que de estilos. Por eso, anunciar el Premio Mies van der Rohe en ese marco envía un mensaje claro: Europa es un continente construido, tanto como cuidarlo, urge no momificarlo. A eso han dedicado su audacia e imaginación los autores de los cinco proyectos finalistas. Y los dos premiados.

En la categoría joven (de arquitectura emergente) también hay reutilización y rescate. El espacio temporal para el Teatro Nacional de Eslovenia, que firma el estudio Vidic Grohar Architekti, en Liubliana, se ha transformado una nave industrial de los años sesenta en un teatro temporal. Lo han hecho con intervenciones de bajo coste y rápida ejecución. Por esa combinación de audacia y pragmatismo, ha sido premiado en la categoría joven por “transformar una condición efímera en una potente declaración arquitectónica: la que lleva a activar los recintos industriales abandonados para reconvertirlos en infraestructuras culturales”. El jurado ha destacado también en esta obra algo de lo que pocas veces se habla al describir la arquitectura: el dinero. Las intervenciones de bajo coste sobresalen cuando logran flexibilidad e inclusividad en los espacios. Así, la nave-teatro despliega adaptabilidad como recurso arquitectónico. Y control presupuestario, como responsabilidad social.

Que la calidad de un premio se mide por la audacia de sus premiados es un hecho aplicable a cualquier disciplina. En los galardones arquitectónicos está en juego, además, el faro que ilumina el crecimiento de las ciudades y un compendio de relaciones complicadas: el sendero que conecta tradición e innovación, la autopista que conduce de la artesanía a la industria, las prioridades que se enseñan en las escuelas y el hilo que conecta la economía y el Estado de bienestar.

Conscientes de ese marco más allá de los edificios, los premios se entienden también como mensajes. Como conclusiones y hasta como rectificaciones. Cuando el propio Premio Mies van der Rohe pasó a ser el de la Unión Europea su perspectiva cambió. De valorar arquitecturas incuestionables y radicales, pasaron a buscar la radicalidad de las propuestas más allá de la imagen del edificio, en la conexión con su tiempo y su contexto social.

Así, reparación, recuperación y reutilización se han convertido en sinónimos de arquitectura contemporánea. Por eso los otros cinco finalistas de esta edición siguen la dirección que aprovecha los límites para proponer cambios. “La inteligencia arquitectónica transforma y adapta lo que existe para facilitar la convivencia de los ciudadanos en el planeta”, ha apuntado el jurado. Su presidente, Smiljan Radic, ha declarado que para transformar lo heredado y darle nueva vida, la arquitectura debe aprender a relacionarse con la incertidumbre. “Reparar, remplazar, adaptar y reconfigurar revela el potencial de la arquitectura para actuar entre la permanencia y el cambio”.

En el marco de incertidumbre que es hoy el planeta, la arquitectura premiada por la Unión Europea habla desde la humildad. Pero también desde el conocimiento y el respeto por lo existente. La ceremonia de entrega del premio se celebrará, como es tradicional, en el Pabellón Mies van der Rohe de Barcelona que el arquitecto de Aquisgrán y Lily Reich diseñaron para la Exposición de 1929 y, por lo tanto, un edificio que, en sí mismo, despliega una oda al reciclaje, la reutilización y la innovación. Será el 12 de mayo, en el marco de las actividades de Barcelona como Capital Mundial de la Arquitectura.

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