Duelo de poetas clásicos contra especialistas del cine de acción en una ópera a mamporrazos
Los irreverentes Nao Albet y Marcel Borràs estrenan ‘Los Estunmen’, su primera incursión en el género, en colaboración con el compositor Fernando Velázquez

Bíceps hipertrofiados, edificios en llamas, explosiones y metralletas. Nada en el cartel de Los Estunmen hace pensar en una ópera. Quizá porque la primera incursión en el género de los actores, directores y dramaturgos Nao Albet y Marcel Borràs es, antes que nada, un homenaje a las escenas más descabelladas y reconocibles del cine de acción de los ochenta. “Siempre nos ha fascinado la figura del especialista que ayuda a que la ficción parezca creíble poniendo su vida en peligro”, explica Borràs (Olot, Girona, 36 años). “De alguna manera encarnan al héroe contemporáneo como últimos herederos de una tradición de figuras arquetípicas llevadas a la gran pantalla”.
Los Estunmen es la segunda entrega de una trilogía teatral que comenzó, hace más de una década, con Los Esqueiters. “El proyecto nace de la curiosidad por explorar los choques entre lo antiguo y lo nuevo para ver qué chispas saltan”, cuenta Albet (Barcelona, 35 años). “Si entonces enfrentamos a filósofos renacentistas con patinadores, aquí proponemos un encuentro imposible entre poetas clásicos y dobles de acción que comparten, más allá de las apariencias, una misma condición épica”, dice sobre esta coproducción entre el Liceu, el Lliure de Barcelona (donde se estrena esta tarde), el Real y los Teatros del Canal (donde podrá verse a partir del 2 de junio).

Nada hacía presagiar que la primera tragedia de Albet y Borràs se materializaría en una ópera, a priori el formato más alejado del estilo decididamente antiinstitucional e irreverente de la dupla catalana. “La idea surgió, hace dos años, tras una función de la obra en la que fantaseábamos sobre nuestra ruptura profesional”, recuerda Borràs, y luego ríe. “Por supuesto, no hablábamos en serio…”. Entre los espectadores se encontraba Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real, con una propuesta que no pudieron rechazar. “En ningún momento nos planteamos dinamitar nada, al contrario: queríamos sublimar nuestra narrativa a través de la música y el canto lírico”.
A la ecuación se sumó enseguida Fernando Velázquez (Getxo, Bizkaia, 44 años), compositor de las bandas sonoras de El orfanato, Lo imposible, Un monstruo viene a verme y Ocho apellidos vascos, entre otros taquillazos. “La forma de trabajar se parece mucho, pues todas las decisiones se toman en equipo”, señala a propósito de su primera experiencia operística. “La única diferencia es que aquí la música no acompaña a las imágenes, sino que las genera”. Solo algunas páginas de la primera versión de la partitura han sobrevivido a los ensayos. “Con Nao y Marcel todo vale y todo se puede cambiar hasta el último segundo”, reconoce. “Nada está esculpido en piedra”.
Antes de hacerse un nombre en la industria del cine, Velázquez se desempeñó como violonchelista de foso en el Teatro Real. Debutó en La valquiria que dirigió Peter Schneider en 2003 con Plácido Domingo en el rol de Sigmund. “Escuchar una ópera desde dentro cambió mi forma de percibir el sonido”. Ese mismo año puso música al cortometraje 7:35 de la mañana de Nacho Vigalondo y le empezaron a llover encargos. Una llamada de Juan Antonio Bayona, otra de Guillermo del Toro, y cuando se quiso dar cuenta ya había hecho las maletas a Los Ángeles. “Probé, no me gustó y me volví. No dije que no: dije que sí a mi felicidad y a mi manera de entender el oficio”.

La “música hiperbólica en deconstrucción”, como se anuncia en las notas del programa, salda de alguna manera una cuenta pendiente. “Las bandas sonoras se nutren de la ópera, pero pocas veces ocurre al revés…”. El resultado abarca tantas referencias que Velázquez describe la partitura como un collage en el que conviven formas canónicas del barroco con leitmotivs de Puccini y Wagner, la dramaturgia sonora de Heiner Goebbels y una suerte de Sprechgesang cercano al rap. “Estos lenguajes reconocibles funcionan como una antología de los tópicos musicales en torno a la figura del héroe que, a lo largo de la historia, nos ha servido para contarnos a nosotros mismos”.
“Ese relato ha sido secuestrado por el poder para traficar con el concepto de éxito”, añade Borràs. “Trump, los gurús de Wall Street o el cryptobro de turno: todos operan bajo los preceptos del héroe clásico mientras los currantes invisibles y precarios se desloman en la sombra”. En su libreto, los ideales de sacrificio y valor de la Antigüedad sirven de coartada al neoliberalismo. “Para desenmascarar al monstruo y cartografiar su deriva hemos recurrido a los ensayos de Joseph Campbell, Franco Berardi y Enrique Gil Calvo, en los que se analiza cómo el héroe ha acabado convirtiéndose en el problema y los villanos, a menudo, tienen la llave de la solución”, reflexiona Albet.
La ópera, no apta para menores de 15 años, destila adrenalina y testosterona de principio a fin. Sobre el escenario, flanqueada por cinco cantantes y ocho especialistas, la actriz Nuria Lloansi da vida a la protagonista, una madre que tratará de vengar, con todas las armas a su alcance, la muerte de su hijo. “La violencia aquí no es tanto una elección como una consecuencia del mundo en el que se mueven los personajes”, continúa Borràs. “A la pregunta de por qué nos interesa tanto como espectadores solo cabe una respuesta posible: porque nos recuerda nuestra propia finitud. De ahí la importancia de Nuria para acercarnos a esa emoción más chejoviana y dramática”.

El propio Velázquez se encargará de dirigir a un ensemble de 19 músicos procedentes de la Orquestra del Liceu (para las funciones en el Teatre Lliure de Montjuïc), de la Joven Orquesta Nacional de España (durante las fechas previstas en Madrid) y a un elenco de cantantes liderado por las mezzosopranos Sandra Ferrández y Marifé Nogales. “Me siento muy cómodo estrenando mis partituras”, asegura. “Además, el trabajo de foso no es muy diferente al del estudio: hay que hacer que los instrumentos y las voces se ajusten a la acción que transcurre delante de mí. Lo único que cambia es que esto es real, no una pantalla con una película que pueda rebobinar”.
Los Estunmen contará con los efectos especiales de la empresa In Extremis para las simulaciones de accidentes y las escenas de acción. “En nuestras primeras obras ya sonaban disparos de fogueo, había peleas y sangre de bote, así que a nuestra manera también nos sentimos un poco stunts [especialistas]”, coinciden Albet y Borràs, que interpretarán sobre las tablas a dos poetas clásicos coronados de laurel. Velázquez recoge el guante: “Los compositores de bandas sonoras estamos acostumbrados a pasar inadvertidos y a que nadie se acuerde de nosotros”, confiesa el músico. “Después de años haciendo llorar y reír a la gente desde mi escondite, por fin me van a ver la cara”.
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