Hallado en una cueva asturiana el ‘padre’ de los cinturones que lucían los legionarios romanos
Los soldados adaptaron su equipación a un espectacular cinto vacceo


El emperador Augusto estaba harto de aquellas tribus del norte peninsular que se resistían a la bota de Roma. Así que envió a sus soldados a aplastarlas. Es el episodio conocido como guerras astur-cántabras, que se extenderán entre el 29 a. C. y el 19 a. C. Aunque finalmente logró la victoria, no todo fue un paseo militar, con derrotas frente a los pueblos indígenas. Eso provocó que uno de sus soldados fuese atrapado por los cántabros y sacrificado en el interior de la cueva de La Cerrosa-Lagaña (Suarías, Peñamellera Baja, Asturias). Su cuerpo quedó abandonado en el interior de la cavidad junto a su panoplia. [Este texto es un extracto del boletín semanal sobre arqueología de EL PAÍS, ‘Cuatro piedras’. Para recibir la newsletter, puedes apuntarte aquí].
De entre todos los objetos que portaba, destacaban dos: la vaina de un puñal y un cinturón articulado de bronce formado por láminas. Lo curioso es que este cinto no había salido de un taller romano, sino de uno vacceo, pueblo prerromano del interior peninsular. Dicho de otra manera, el cinturón que vestía el soldado fue diseñado por artesanos indígenas, y con modificaciones posteriores, terminó convirtiéndose en el cinturón que lucirán, a partir de entonces, los soldados del imperio, el cingulum. Es decir, los arqueólogos habían encontrado en una cueva asturiana al padre de todos los cinturones de los legionarios y tropas auxiliares de Roma.
La cueva de La Cerrosa-Lagaña se ubica próxima al río Deva en la pared de un pequeño abrigo. Tiene una boca de unos cuatro metros de profundidad que da acceso a una galería descendente de 60 metros y 29 de desnivel. En 2020, se iniciaron en ella una serie de de intervenciones arqueológicas que aún continúan. “Durante este tiempo la cueva ha aportado materiales que abarcan desde el Neolítico a la Tardoantigüedad. Destacan dos momentos de uso durante la Edad Hierro: el primero entre los siglos VIII-III a.C. y el segundo, entre los siglos II a.C. y I d.C. A esta última etapa pertenece la panoplia localizada.

Para Susana De Luis, Roberto De Pablo, Mariano Luis Serna, Ignacio Montero y María Martín, autores de Estudio de un depósito ritual de las guerras asturcántabras: el conjunto del puñal de filos curvos de la cueva de La Cerrosa-Lagaña, como vínculo entre los cinturones de los puñales indígenas y el cingulum romano, que publican en la revista Spal, los elementos militares y los restos de animales y humanos hallados en la gruta son “evidencias de prácticas rituales dentro de un espacio liminar”. Es decir, los cántabros atraparon a un romano y lo ejecutaron en un acto ceremonial que incluía depositar junto a su cuerpo el cinturón, la vaina del puñal, una fíbula y otros objetos como una lanza y una navaja de afeitar. No obstante, la interpretación del sacrificio del militar es solo una hipótesis, pues el hueso datado podría pertenecer también a un momento anterior. No obstante, esta panoplia representaría para ellos al enemigo, arrojado a las profundidades para lograr el favor de los dioses ante su guerra contra Roma.
“El cinturón”, escriben, “se erige como uno de esos prototipos de cingulum fabricados por artesanos indígenas que posteriormente fueron replicados por otros artesanos o armeros en los límites del Imperio, muy probablemente, ya en las officinae [centros de producción] asociadas al aparato militar romano. Sería una muestra material de una primera etapa evolutiva hacia el cingulum”. Es, por cierto, el mismo proceso que sufrieron los puñales de filos curvos hispanos —el que iba en el interior de la vaina encontrada—, que dieron lugar a los famosos pugio [daga] romanos.
Los expertos sostienen que el cinto hallado en la cueva “habría sido fabricado en la Meseta, muy probablemente por artesanos indígenas. Estos habrían adaptado su cinturón de suspensión del puñal de filos curvos para que fuera más ergonómico y flexible, realizando placas más cortas articuladas y sustituyendo el broche por una hebilla, todo ello adaptado a la manera de lucha del ejército romano”. Además, tanto la composición metálica de las piezas de bronce, como el motivo decorativo de las placas (un animal esquematizado en posición cenital, como hacían los vacceos) apunta en la misma dirección: lo fabricaron los indígenas.
Por otra parte, la vaina hallada está en muy buen estado. Su revestimiento interior es de madera de madroño. Por su tipología, forma y composición metálica fue fabricada entre la segunda mitad del siglo II a.C. y finales del siglo I a.C. “Se trata de uno de los tipos más modernos de los puñales de filos curvos. El análisis tipológico de las placas del cinturón remite a un momento aún más tardío relacionado con las guerras de conquista de Roma en la Meseta y norte de la península ibérica que, en el caso de La Cerrosa-Lagaña, se enmarcaría en las guerras astur-cántabras”, señalan los especialistas.
Los arqueólogos concluyen sobre lo hallado: “Se propone que se trate de la entrega de las armas del enemigo a los dioses, que pudo haber supuesto el sacrificio de su portador, con el objetivo de lograr su favor ante el ejército romano. El depósito de piezas similares en otras cuevas del Cantábrico central refuerza su interpretación ritual como actos llevados a cabo por una población indígena que reactivó el uso de estos espacios subterráneos, potenciando así el vínculo con los antepasados y perpetuándola percepción de las cuevas como espacios de memoria”.
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