Ir al contenido
_
_
_
_

Vittorio Giardino, historietista y creador de Max Fridman: “No se dibuja con la mano sino con la mente”

El gran autor italiano, maestro de la línea clara, publica en España su última obra, ‘Los primos Meyer’, en la que sitúa a su personaje en la Viena nazi

El autor de cómic italiano Vittorio Giardino.Roberto Serra (Iguana Press/Getty Images)

La cita con Vittorio Giardino, el grandísimo historietista italiano, uno de los más acreditados representantes de la línea clara del cómic y que una vez dibujó el fusilamiento de Corto Maltés, es a mediodía en la Biblioteca Salaborsa, en la plaza de Neptuno, en el corazón de Bolonia, la ciudad del autor. Pero es lunes y la biblioteca está cerrada así que, al haber llegado con antelación, toca esperar en sus amplias escaleras de entrada entreteniéndose con la vista del centro histórico, que parece salido de una viñeta del propio Giardino, y la lectura de la información en un panel sobre la represión fascista a raíz del atentado del yekatit 12 (el 19 de febrero en el calendario etíope) en 1937 en Adis Abeba contra el mariscal Graziani, suceso digno de una historieta de Hugo Pratt, amigo y maestro de Giardino.

El autor aparece finalmente caminando procedente de la Piazza Maggiore y la basílica de San Petronio y cuesta no dar un respingo: vestido con abrigo largo, bufanda y sombrero y luciendo barba, Vittorio Giardino (Bolonia, 79 años) se parece muchísimo a Max Fridman, su emblemático personaje, uno de esos que te acompañan toda la vida y que ha sido descrito como ambiguo, sfumato, introverso. Es cierto que Giardino tiene el pelo y la barba blancos y no pelirrojos como su detective y espía, exagente de los servicios secretos franceses, la Firma, pero la sensación es que hemos ido a parar a una página de uno de sus álbumes y está a punto de comenzar una gran aventura.

El historietista, del que acaba de publicarse en España la nueva peripecia de Fridman, Los primos Meyer (Norma, 2026), ambientada en la Viena de 1938 tras el Anchluss, la anexión de Austria por la Alemania nazi, y en la que comienzan a aplicarse las leyes contra los judíos, lleva paseando hasta una terraza tranquila, apartada de la zona más turística, en la que pedimos unos refrescos. “Me parezco, sí”, concede Giardino, pero nunca tuve el cabello como él, ni los ojos azules”. Ni habrá sido espía. “¡No!, pero al igual que Fridman no soy alto: quise hacerlo así a propósito, reivindicar a los hombres que no tienen una gran estatura. En todo caso en lo que me asemejo es en el carácter, la forma de hacer según las circunstancias, y en que a ninguno de los dos nos gusta para nada la violencia, aunque él a veces se ve obligado a emplearla”.

Admirador de Piero de la Francesca y de Moebius, Giardino, que muestra una desbordante afabilidad (ha departido con un griego que ocupaba la mesa de al lado, explicándole una estancia en la isla de Tinos y diciéndole que no entiende que les caigan bien los italianos, con todo lo que perpetraron en Grecia), recuerda con cariño el tiempo que pasó en Barcelona cuando hizo ¡No pasarán! (edición integral en Norma, 2025) en el que Fridman regresaba en octubre de 1938 a la España de la Guerra Civil —donde ya había estado como miembro de las Brigadas Internacionales, en la Brigada Garibaldi—, en busca de un camarada desaparecido. “Tengo buenos amigos en la ciudad, como Laura Pérez Vernetti, que cuando empezó vino a Bolonia para enseñarme su trabajo y pedir consejo; yo le dije que no lo necesitaba para nada, que era muy buena ya. Barcelona está en mi corazón. Me encanta el Mercado de Sant Antoni, donde se venden libros y tebeos viejos y todo el mundo puede llevar los suyos, maravilloso, y Barcelona tiene el mar; una de las alegrías que puede tener uno es elegir dónde vivir, pero en realidad en Barcelona me habría distraído demasiado para trabajar”. En Bolonia tenían a Umberto Eco. “Nos cruzamos varias veces. Eco tenía una curiosidad por todo, yo también. Mi mujer dice que cuando salgo de casa siempre vuelvo con algo que contar. Ah, el mundo es tan variado y sorprendente. Y la lectura: sin libros estoy perdido”.

Uno de los álbumes fundamentales de Giardino, de 1982, es el legendario Rapsodia húngara (Norma, 1984) el debut de Fridman, que transcurre en Budapest, a principios de 1938, en medio de las intrigas previas a la Segunda Guerra Mundial. “He visto la ciudad en formas muy diferentes, la primera vez era aún estalinista y la atmósfera de mucha prudencia. Luego he vuelto y he observado grandes cambios, se comprendía que había llegado la libertad pero también lo peor del capitalismo. De los viejos negocios de Budapest solo quedan las vitrinas y dentro son boutiques de cadenas como en el resto de Europa. Eso sucede en todas partes, la homogenización no me gusta”.

Del bar en el centro, Giardino lleva hasta su casa y la conversación continúa en su despacho. En las estanterías se agolpan los libros de referencia para su trabajo (por ejemplo The great spy films) y recuerdos como una pipa que remite a las de Max Fridman y a que el propio autor fumaba en ese formato. También una serie de automóviles y motos de época en miniatura como los que salen en sus libros. En una pared cuelga un mapa de Europa. En la mesa de trabajo (“Todos mis libros los he dibujado aquí encima”, dice) descansan los útiles de dibujo (lápices, pinceles, plumas, tinta) y unas páginas que está dibujando y en las que aparece un joven Fridman.

¿Cómo definiría a Fridman? “Es el aventurero prudente”. A veces puede parecer muy frío. “Ah, eso es complicado. He puesto mucho mío. La importancia de las relaciones familiares, tiene una mujer, una hija, como yo tengo esposa, dos hijos, tres nietos”. Vive varias aventuras sentimentales (Etel Möget, la Magda Witnitz de La puerta de Oriente, Myriam Meyer). “Sí, pero no es un 007, en realidad, cuando uno está en una verdadera situación de tensión, en peligro, no piensa en términos de erotismo, aunque a alguno le puede estimular la libido. Me gustaría escribir algo así, pero no soy capaz, también me gustaría ser más irónico, pero no me sale. Probablemente es por que soy un ex ingeniero electrónico, ¿sabe?, bueno, sigo siendo ingeniero. Tengo la cabeza de ingeniero, ligada a lo concreto. Fridman tiene una parte de ese carácter. Me pregunto qué hubiera hecho yo en su situación, si hubieran venido a buscarme para hacer de espía, y luego una y otra vez, porque nunca te sueltan. Me gustaría creer que habría dicho basta muy pronto, y él, Fridman, es un espía muy reticente. Pero en fin, todos somos reclutables, a todos nos pueden captar”.

En Los primos Meyer vuelve al mundo de Rapsodia húngara, en este caso la aventura transcurre poco después (arranca en abril de 1938) y en la Viena nazi. “La misión es muy distinta, y lo es también la historia, que se compone en realidad de dos partes muy diferentes. La primera, en la que de Fridman no aparece, narra la historia de una familia burguesa judía sometida a la creciente presión de las leyes antisemitas, y la segunda, en la que entra el detective en misión privada para ayudar a escapar a los Meyer, es la crónica de esa huida peligrosísima. Para el lector apasionado de Fridman es una prueba que transcurran ochenta páginas sin él. Pero es que me interesó muchísimo esa situación de los judíos, que recuerda a lo que pasa hoy con los emigrantes a los que se quita sus derechos, como en los EE UU de Trump o en Italia. En España es distinto, de momento”.

Giardino señala cómo las medidas contra los judíos no llegaron de golpe, sino paso a paso, de forma que la gente se iba acostumbrando. “Eso me hizo pensar en que si Meloni hubiera decretado todas sus medidas anti emigración de golpe tras su victoria electoral hubiera habido reacciones de protesta, pero se ha ido haciendo progresivamente, como en el 38 en Austria con las leyes antisemitas”. En Los primos Meyer, con referencias a Freud, Kraus, Joseph Roth, Zweig o Musil y la reaparición del siniestro y pervertido agente Schmink de la Abwehr de los tiempos de Budapest ascendido a Oberst de la Gestapo en Viena, Giardino añade un prólogo conmovedor sobre lo que es llevar la vida en una maleta y unos apuntes históricos al final sobre la Conferencia de Evian de 1938, que tan poco hizo por aliviar la suerte de los judíos que trataban de emigrar para salvarse.

El autor continúa: “Todos mis relatos de Fridman parten de algo que me ha impresionado. La Historia es un argumento que me interesa. Antes de hacer ¡No pasarán! descubrí que hacia el fin de la guerra española, en otoño del 38, durante la Batalla del Ebro, hubo un punto muerto y pareció que nadie podía ganar y se podría llegar a un compromiso. Entonces, en noviembre el ejército de Franco lanzó una ofensiva insospechada. ¿Dónde encontró la energía para ello? Hubo un pacto secreto de refuerzos militares nazis y fascistas a cambio del mineral español. Eso me hace pensar que tampoco hoy sabemos lo que pasa realmente entre bambalinas".

Giardino recalca que Los primos Meyer está hecha desde el ángulo de los judíos. “La mayoría de los protagonistas son hebreos, mi perspectiva es muy clara. Mi mujer es judía, así que mis hijos los son, y mis nietos. En ese aspecto, Fridman, que también es judío, es más pariente de mi mujer que mío. Muchas cosas las he tomado de la familia de mi ella, cuyos miembros vivieron experiencias similares”.

El autor toma un lápiz de la mesa, lo que permite ver sus dedos muy hinchados. “Sufro artritis deformante, pero me apaño. Además, no se dibuja con la mano sino con la mente”. El historietista añade otra lección del oficio: “Se empieza a dibujar por los ojos, siempre”. Lo ejemplifica dibujando el rostro de unos de los personajes de La familia Meyer, Myriam. “La mirada mueve el cuerpo, indica la posición que adopta”. Es fascinante, mágico, contemplar cómo va tomando forma la joven judía.

Giardino admira la forma de pintar de Piero della Francesca, que, recuerda, plasmaba detalles que no podía ver nadie, o casi nadie. Él lo hace también, como lo de que los libros que aparecen dibujados en sus viñetas sean títulos reales. “Dibujo para ser el señor de mi universo”, establece. “Mis historias las hago hasta el fondo”.

Una referencia fundamental al hablar del trabajo de Giardino es Hugo Pratt. “No era fácil ser su amigo. Pero tengo un gran recuerdo de él cuando en 1982 en Lucca me dio el premio Yellow Kid por Rapsodia húngara. Yo acababa de empezar a dibujar en serio en el 79 —mi esposa se había casado con un ingeniero y se encontró al lado de un fumettista- y me marcó muchísimo aquel premio. Era en un teatro y tuve que bajar al escenario desde el gallinero. Lo hice sin enterarme de nada, de la impresión. Los inicios fueron difíciles, me lo rechazaban todo. Me di tres años de plazo, y entonces llegó el éxito de Rapsodia húngara, en el momento exacto. Funcionó muy bien en Francia, y fue mi salvación. Siempre he pensado que mi carrera la guía la suerte no el mérito”.

Giardino mató una vez a Corto Maltés. “Sí, bueno, estaba trabajando en Rapsodia húngara en 1981 y me pareció natural rendir homenaje a Corto a través de Fridman. Los puse juntos en una taberna en Alicante en 1937, viendo flamenco. Y dibujé esa secuencia del fusilamiento en Málaga el 9 de febrero de ese año”. En las 9 viñetas —recogidas en el volumen de historietas cortas y perlas recuperadas de su carrera Tratti in salvo, un verdadero Giardino segreto— se ve cómo colocan a Corto, con su indumentaria típica, tabardo y gorra de marino, a otro hombre y a una mujer ante el paredón y un oficial franquista le ofrece un último cigarrillo. A continuación da la orden de disparar a un pelotón de tropas moras: “Puntate, fuoco!”, Crack! Fridman está entre los que observan la ejecución. “Pero no quedaba claro que lo hubieran matado”, señala Giardino. Por lo que dicen otros personajes de aquellas viñetas, que dudan de que se trate del auténtico Corto, es como el Emiliano Zapata de Elia Kazan. “Sí, precisamente, aquello de ¿se puede matar al viento?; seguramente al dibujar esas viñetas pensaba en el final de Viva Zapata”.

Hugo Pratt no parecía muy revolucionario. “No tenía ninguna conciencia política de joven. De mayor era muy anarco. Era un aventurero imprudente”. ¿Qué es lo que más le gusta de él? “De lo clásico suyo, todo. La balada del mar salado me parece maravillosa, Corto Maltés en Siberia. Pratt es el primero que elevó el cómic citando a escritores como Jack London, y con sus pasajes históricos y sus guiños al cine de aventuras. Comprendió que con el cómic se podía hablar de todo, y de cosas de adultos”. Tiene Pratt ese interés por la guerra y los soldados… “Su padre era militar, estuvo en la guerra de Etiopía con la milicia fascista. Hugo vio muchas cosas, vivió aventuras al final de la Segunda Guerra Mundial. Todo eso le influyó en su fascinación por los uniformes, las insignias; le gustaba la estética de lo militar y no tanto la guerra. Yo odio todo eso, no lo soporto, los regimientos, las enseñas, los distintivos, las máquinas de guerra”. Ciertamente, Giardino demuestra que no es un obseso de la exactitud militar colocando tanques alemanes King Tiger en el Anchluss al final de Rapsodia húngara, seis años antes de que se construyeran...

Aparte de Fridman —al que su creador imagina en el cine con los rasgos de Spencer Tracy, Al Pacino o Robert de Niro—, Giardino tiene mucha otra creación, la mayoría publicada en España por Norma: la serie de álbumes de su primer personaje (1979) el detective Sam Pezzo, un carácter clásico de la novela negra que trabaja en Bolonia y en casos a veces muy humildes que no aceptaría un Sam Spade; la espléndida de Jonas Fink, el joven judío de Praga de los años cincuenta cuya vida se resigue en paralelo a la historia de su país y de cuatro álbumes, o Little Ego, de 1983, homenaje en clave erótica al Little Nemo de Winsor McCay.

También Vacaciones de ensueño, una colección de 13 historias que transcurren en diversos lugares del mundo (Marruecos, Capri, Tanzania, Venecia, las islas griegas) unidas vagamente por la noción de vacaciones y unas tramas en las que dominan el thriller y un concepto inquietante y perverso de las relaciones sentimentales. “Son historias más ligeras, algunas resultado de encargos, quería descansar un poco de Fridman y las otras series, necesitaba hacer algo que pudiera acabar rápido”. Hay algo muy sensual en esas historias, en las que aparecen mujeres muy seductoras. “Esa es otra razón más secreta de estas historias: me gustan las mujeres, y también dibujarlas, aquí son más abundantes y omnipresentes que en Fridman. Me divierte mucho dibujarlas”. Milo Manara sostiene que lo más difícil de dibujar de una mujer desnuda es la mirada. “Estoy de acuerdo, es la mirada porque el cuerpo es mudo y no habla, y la mirada sí. Mis mujeres pueden no ser bellas pero tienen una mirada. A Milo lo conozco bien, le critico esa manía de dibujar personajes con caras conocidas, como el Marlon Brando de su adaptación de El nombre de la rosa. La diferencia entre su erotismo y el mío es que yo soy más soft. Milo es buenísimo dibujando relaciones imposibles, yo no, yo estoy convencido de que el acto sexual es maravilloso para el que lo vive pero fastidioso para el que lo ve. Es algo repetitivo y aburrido de representar. Lo emocionante es el resto, las seducciones, pero el acto en sí es un diseño muy igual. Las particularidades anatómicas no me dicen gran cosa". ¿Y Little Ego? “Mi intención fue poner ironía y erotismo juntos y homenajear a un clásico”.

Giardino tiene buen recuerdo de Guido Crepax. “Era más amistoso que Pratt y su mujer exactamente igual a su personaje de Valentina. No sé si era él o Manara el que decía que si haces una foto a una mujer desnuda es pornografía pero que si la dibujas en la misma posición es erotismo, y no es del todo mentira. Puedes tener montones de cómics eróticos en casa sin avergonzarte, nadie te lo reprocha”.

Sorprende que entre lo que más valora Giardino del cómic esté… el Pato Donald. “Soy un gran amante y admirador de Paperino, como lo llamamos nosotros; Donald, creado por Carl Barks para Disney, me parece la quintaesencia del cómic. Es cómic 100 %. No es un pato, es una abstracción pura. Le hice un homenaje en una de mis mejores historias, A Nord Est di Bamba Issa. En cambio, a Giardino no le gusta el wéstern. “He hecho alguna cosa aunque nunca una historia entera, porque no sé dibujar caballos; podría aprender, cierto, pero el wéstern me resulta poco verosímil”. ¿Tintín? “Me parece muy tradicional en trama y estilo, encuentro el contenido artístico del Pato Donald superior”.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_