Ir al contenido
_
_
_
_

Charlar sobre muerte, cómics y chocolate con un comisario de arte ucranio: “No queremos ser identificados únicamente con la guerra”

Borys Filonenko, responsable de exposiciones, crítico, escritor de tebeos y profesor de instituto, reivindica el rebrote de la cultura en su país pese a la ocupación de Rusia

El escritor y dibujante ucraniano Borys Filonenko, en Madrid.Víctor Sainz

El primer contacto de Borys Filonenko (Járkov, 34 años) con el arte, al que luego dedicaría su vida, surgió del chocolate. Seguramente aquellas tabletas Lindt, que la ayuda humanitaria llevaba en los noventa a la Ucrania recién liberada del yugo soviético, le supieran a obra maestra. Pero, además, el papel reproducía viñetas de los cómics de Tintín. Desde su Járkov natal, a escasos kilómetros de la frontera con Rusia, el niño viajaba así al Tibet o Egipto junto con el aventurero de dibujos. Hasta que, 10 años después, siguiendo a su padre hasta la Universidad de Cambridge, accedió a los tebeos completos. Hoy no solo los sigue leyendo, los guioniza. También los estudia y comenta en conferencias o con sus alumnos de un instituto de Lviv, donde reside e imparte clases. Por lo menos hasta este verano, cuando vuelve a vencer su permiso para evitar la leva obligatoria de su país, que obliga a los hombres de 18 a 60 años a registrarse en las oficinas de reclutamiento de las Fuerzas Armadas. Hasta ahora el Gobierno ucranio ha considerado que aporta más a la nación como comisario de exposiciones, historiador, editor, crítico y escritor que en las trincheras.

Aun así, Filonenko relata que la invasión desatada por Putin en 2022 permea todo en su país, incluido el arte. Él mismo supone una buena muestra: el ejército que le ha dejado al margen sí ha reclutado a una veintena de amigos suyos. Cuenta que, cada vez que abre Instagram, se cruza con recogidas de fondos para las tropas, a las que creadores conocidos del país han donado ingresos por la venta de sus obras. Y recuerda la muerte en el frente de Marharyta Polovinko y David Chichkan, artistas muy respetados en Ucrania. “Ha supuesto un punto de inflexión. Deja un enorme vacío y sensación de soledad. Es un duelo que debes decidir si pasar por tu cuenta o con otros, creo que tantos eventos de este tipo nos están cambiando”, afirma. Y subraya que el segundo, herido fatalmente en agosto con 39 años, se consideraba anarquista. Luchaba contra la extrema derecha, por la ecología y el feminismo. Hasta que se enroló para defender a su Estado, pese a no creer siquiera en ese concepto.

La conversación con Filonenko va sumando muchas más contradicciones. Como los temas complejos, y la mejor cultura. El comisario reivindica así la importancia de hablar mucho del drama que sufre su país, pero también de otras cosas. El chocolate, por ejemplo. “No es que toda Ucrania sea un gran campo de batalla. No queremos ser identificados únicamente con la guerra, porque estamos teniendo un florecimiento de vida y cultural, con muchas iniciativas, negocios, proyectos educativos, surgidos porque estamos mirando hacia la sociedad del futuro que deseamos ser”, argumenta en la cafetería del madrileño Museo Thyssen-Bornemisza, adonde acudió la semana pasada para una charla organizada por la fundación TBA 21 con los creadores Roman Khimei y Yarema Malashchuk, sus compatriotas, que presentan en el centro la exposición Pedagogías de la guerra.

Ellos mismos, artistas normalmente volcados en asuntos más abstractos, se centran ahora en niños ucranios que regresan del cautiverio en Rusia o en cómo los desplazados mantienen a través de la pantalla los vínculos con el hogar que debieron abandonar. Tratan de narrar, en general, la vida cotidiana que ni la guerra puede impedir. “Desde la invasión, se ha inaugurado algo así como un nuevo periodo para muchos creadores, que han empezado a abordar en sus obras lo que está sucediendo. El filósofo Theodor W. Adorno dijo aquello de ‘Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie’, pero luego siempre existe un contexto, que está cambiando constantemente, y ahora, por ejemplo, estamos contentos porque hemos logrado superar el invierno, ha llegado la primavera y la gestión diaria de cosas muy sencillas también es visible en el arte”, reflexiona Filonenko.

Igual que en su currículo: mezcla cursos sobre historia del arte o creación contemporánea, la corresponsabilidad del pabellón ucranio en la Bienal de Venecia de 2022, la coautoría de Near Mint, un tebeo sobre una vida en pareja rota por un suceso, u otro cómic, difundido estas semanas por Instagram, para recopilar historias de ciudadanos durante la guerra. Una de las protagonistas de las viñetas saca fotos de ciudades en ruinas, destino que sufrió parte de su Járkov. Aunque incluso allí, pese a la cercanía con Rusia y los ataques frecuentes, la vida halla la manera de rebrotar, bajo las bombas y… la tierra: muchos colegios, cines o salas de concierto han trasladado sus actividades a las profundidades del suelo. Filonenko vive ahora en el otro extremo, al lado de Polonia. Y, entre medias, subraya la cantidad de matices que se encuentran.

―¿Cuándo viaja fuera, ¿cree que los extranjeros estamos entendiendo bien qué supone la guerra, qué ocurre en Ucrania?

―Si su pregunta es radical, obviamente no. No es lo mismo Járkov que Kiev, o Lviv, si estás cerca de la línea del frente, o en el ejército, si trabajas en una escuela, si tienes hijos, si tu casa sigue ahí o ha sido destruida. Es importante compartir estas experiencias para entender que la guerra es un evento demasiado grande y total para comprenderlo en su conjunto, y se construye a partir de distintas vivencias. Y cualquier forma de arte supone un paso hacia esta comunicación.

Una vez más, sin embargo, no resulta tan sencillo. Filonenko hace coincidir la revolución de la plaza Maidán, entre 2013 y 2014, con el despegue del cómic en Ucrania. Y con otros muchos cambios: “Parecía que el tiempo ya no existía. Todos los políticos comunicaban sus programas a través del concepto de estabilidad. Y surgió un impulso por compartir lo que te gusta, el país que ves y quieres. Y el tebeo también es un vehículo para contar cualquier cosa incluso personal de forma sencilla, como un cuaderno, entre otras razones porque mucha gente no lo considera tan importante”. Pero los lazos entre cultura y política desde entonces se han multiplicado. El autor cuenta que cualquier civil conoce algún soldado, muchos artistas podrían terminar convertidos en militares de un momento a otro, y otras muchas líneas se han desdibujado. “Creo que nuestros creadores que viajan al extranjero se sienten como diplomáticos sin formación diplomática”, agrega.

Es decir, con la responsabilidad de contar Ucrania y su tragedia. Con la necesidad, aun así, de hacer arte y no propaganda. Deseosos de aportar a la causa reflexiones, talento, incluso dinero, pero con otras armas. En lugar de fusiles, lápices, cámaras e ideas, para responder a la otra guerra que, según él, libra Putin. “En su discurso antes de la invasión dijo que nuestra cultura propia no existe, que es la de Rusia, y debía recuperarla. Y Mijaíl Piotrovski, director del Hermitage, habló abiertamente de ofensiva cultural. Ni siquiera lo esconden. Disparan cohetes contra nuestros museos, roban obras de arte de los centros en los territorios ocupados. Y repiten falsedades a través de televisiones y otros medios”, lamenta. Entre otras muchas penas, a Filonenko le ha costado su admiración por Joe Sacco: el célebre comiquero sacó en 2022 un tebeo con la ilustradora Victoria Lomasko, titulado Vergüenza colectiva, donde se convertía en “el bolígrafo” que la artista rusa exiliada ya no encontraba. Pero al escritor ucranio le resultó un blanqueo, y una broma de mal gusto: “Incluso en Ucrania, donde nos puede faltar agua, electricidad y calefacción, nos las apañamos para seguir adelante con nuestras profesiones”.

De paso, el arte local experimenta un “renacimiento”, según el crítico. Todo un boom de publicaciones y exposiciones de creadores nacionales, a veces olvidados o ignorados antes, pero redescubiertos tras la invasión. “Incluso para nosotros fue una sorpresa ver cómo tomábamos la decisión de defender nuestro país y no aceptar la ocupación. Sería imposible: Rusia está acometiendo un genocidio y tiene una lista de profesiones, como la mía, que deben ser eliminadas en los territorios que conquista”, añade Filonenko. Por eso también los ucranios hablan, relatan, denuncian, y piden ayuda al resto del planeta. El crítico considera imprescindible el apoyo externo, que agradece una y otra vez. Aunque tanta crisis global amenaza con dejar en segundo plano la de Ucrania: “Me temo que tenemos cierto resentimiento colectivo por eso. Entendemos que somos socios y no podemos quedarnos solos”. De ahí que el arte ucranio lo esté contando. Le toca a cada uno, eso sí, decidir si escucha.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_