Sergio Peris-Mencheta, director de escena: “Se nos debería enseñar a morir, y es lo único que no se nos enseña”
En su nueva obra, ‘Constelaciones’, con texto de Nick Payne, se exploran las diferentes posibilidades del multiverso y se encuentran resonancias con la leucemia que acaba de superar y con cuyos “daños colaterales” sigue lidiando


Según las teorías del multiverso, grosso modo, el cosmos se va bifurcando: infinitas historias en universos paralelos. Así, el dramaturgo británico Nick Payne escribió Constelaciones, donde se exploran, en escenas sucesivas, las diferentes posibilidades en la vida de una pareja: cómo se conocen azarosamente, cómo llega el primer beso o cómo aparece la infidelidad.
El actor y director Sergio Peris-Mencheta (Madrid, 50 años) tradujo el texto a comienzos de la década de 2010, pero solo ahora lo ha llevado a escena, en el Centro Dramático Nacional (CDN), añadiéndole nuevas capas de posibilidad: el azar decide al comienzo los dos actores que van a encarnar a la pareja (de un elenco de seis), y también uno de los cuatro ambientes musicales. Cada función es imprevisible y diferente, un universo más entre un montón.
En Constelaciones también es importante la enfermedad (única circunstancia que parece inevitable), que resuena con la leucemia que Peris-Mencheta ha superado, aunque siga lidiando con los “daños colaterales” del trasplante de médula.
Pregunta. ¿La idea del multiverso le inquieta o le tranquiliza?
Respuesta. Me tranquiliza. Sobre todo, después del periplo que vengo de vivir. Yo no creo en el libre albedrío. Creo que venimos a vivir una experiencia concreta.
P. ¿Existe el destino?
R. Creo que hay una historia que, de alguna manera, está escrita. Podría habernos tocado otra cosa, pero el caso que nos ha tocado esta. Eso sí, también pienso que hay libre albedrío en la decisión de cómo encajar los golpes y las victorias. Podemos reconducir los reveses de la vida.
P. Ha teorizado, por el contenido de la obra, sobre la figura del observador, central en la mecánica cuántica.
R. Yo me olvido del espectador cuando monto una obra, no pienso tanto si le va a gustar o no, o si le parece pertinente. Si resuena, maravilla, chocolé, como dicen, combo perfecto. Aunque de otro modo sí que lo tengo muy en cuenta. Ya decía [Peter] Brook que el teatro es uno que cruza y uno que observa… Desde que leí el texto vi que había un homenaje al observador. Hasta que no se abre el telón, la obra no existe; hasta que no se abre la caja, no sabemos si el gato de Schrödinger está vivo o muerto.
P. O sea, que piensa en el espectador, pero sin pensar en el espectador.
R. Algo así. Nunca me ha obsesionado, por eso sigo dirigiendo, porque no me gano la vida con ello: me gano la vida actuando. La dirección no da para vivir, no te queda otra que dedicarte a la docencia. Como director hago lo que me late, porque como actor hago lo que le late a otro.
P. La ciencia da muy buenas metáforas al arte. ¿Es aficionado?
R. Nunca lo he sido. La ciencia era una asignatura más, igual que para otros lo es Lope de Vega. Ahora, cuando mis hijos vienen con las nota,s les digo: “¿A ti qué es lo que te gusta? A por ello. Lo que no te gusta tienes que sacarlo, pero sobre todo aprieta en lo que te gusta”. Así que esta ha sido una oportunidad para adentrarme en la ciencia. El teatro es mi pretexto para descubrir el mundo.

P. Su vida privada, su periplo por la enfermedad, se ha entremezclado tremendamente con su figura pública. Ha hablado muy abiertamente de ello y resuena en la obra, que también trata el cáncer.
R. Cuando me dan el diagnóstico, me siento muy bien acompañado por mi gente, en Estados Unidos, donde me hice el tratamiento que cubrió el sindicato de actores. Pero también me doy cuenta de que estoy rematadamente solo en mi vivencia personal. Solo yo estoy en mis botas. Es la soledad del que le ve las orejas al lobo.
P. Y decide contarlo.
R. Yo nunca he hablado de mi vida personal. Pero esta vez lo comunico por si puede servir a otros que pueden estar en esa soledad absoluta. Lo que podría haber sido un peligro, creo que fue un acierto. Recibí miles de mensajes de apoyo, algunos todavía no los he podido responder. Este año se estrena un documental sobre todo el proceso, coproducido El Terrat y dirigido por Marta [Solaz, su pareja] y yo.
P. ¿Una historia de superación?
R. Eso no nos interesaba tanto. Más bien cuenta cómo lo creativo ayuda a lo curativo, porque yo dirigí la obra 14.4 a distancia, desde la habitación del hospital.
P. ¡Es que no ha parado!
R. No he parado. Probablemente los dos últimos años hayan sido los más productivos de mi vida. He generado muchos proyectos en la cabeza durante las duermevelas en las que se activaba la creatividad. Y también he realizado otros proyectos, como el documental o el libro. ¿Quién me iba a mí a decir que iba a escribir un libro?

P. Cuando usted empezó a manejarlo, le faltaban muchos años para enfermar.
R. ¡Yo había olvidado que el cáncer estaba en el texto! Cuando Alfredo Sanzol [director del CDN] me da el visto bueno, me lo encuentro de nuevo y me digo: “¡Hostias! Aquí hay una decisión que no he tomado yo, que está tomada de alguna manera”. Me suele pasar: muchas veces me doy cuenta de que he elegido tal o cual función porque me lo chiva durante los ensayos. Ahí encuentro la razón real.
P. ¿Por ejemplo?
R. 14.4 trata sobre un chaval que trata de cruzar el estrecho de Gibraltar. No podía llegarme en mejor momento, cuando yo enfermé y tenía que atravesar mi propio estrecho. Al final el teatro siempre se las apaña para resonar de una manera o de otra.
P. ¿Ha cambiado su relación con la vulnerabilidad?
R. Siempre he aparentado, y me lo he acabado creyendo, que yo era fuerte, todopoderoso, el líder, el que tira p’alante. La vulnerabilidad era, para mí, algo negativo. Viví una infancia dura por la relación con mi padre, que era muy justo y muy progre, pero al que le podía el carácter. Nos caneaba: ahí aprendí que solo los fuertes sobreviven. Por eso nunca he soportado la violencia física y no educo así a mis hijos.
P. Y ahora...
R. En mi carencia me he descubierto más yo que lo que me sentía cuando empujaba en la melé (fui capitán de la selección juvenil de rugby: no era buen jugador, pero era un animal, por mi constitución genética heredada) o cuando me subía al caballo y gritaba “¡A por ellos!”. Mostraba un carácter muy a la contra de cómo realmente me sentía. La adolescencia es el periodo en el que más nos escondemos de quien realmente somos.
P. Era parte del personaje.
R. Y es que lo introyecté como actor y eran los papeles que me daban. Siempre capitanes: el Capitán Trueno, el capitán Ugarte, el Gran Capitán, César Borgia, que era capitán de los ejércitos pontificios… Fíjate que he salido del túnel de la enfermedad y he hecho dos proyectos, dos comedias, en las que soy un antihéroe.
P. Usted se ha reconciliado con la vulnerabilidad cuando parece que en el mundo…
R. …está de moda ser fuerte y malvado, sí. Lo veo como una manera mágica de compensar.

P. ¿Cómo se lleva ahora con el tiempo?
R. Ha cambiado. Había demasiada preocupación y ahora me ocupo más, trato de agarrar el momento. El futuro no existe y el pasado tampoco. Vivimos pescando del pasado cuando nos ponemos melancólicos. O viviendo con una expectativa que nunca se cumple. Lo que he aprendido como director es que los contratiempos que te vas encontrando acaban haciendo mejor la idea que tenías. Y trato de ponerme en situaciones no rutinarias, porque la rutina es la que acelera la vida.
P. ¿La muerte?
R. Ya a los 12 años tuve una crisis. Los hijos de ateos y agnósticos elucubramos mucho, no pensamos en ir al cielo. Pero el que tiene miedo de morir es el ego, la neura de uno, el personaje con el que nos hemos acostumbrado a sobrevivir. Cuando, en la enfermedad, conectas con lo esencial, el miedo se aplaca un poco. Se nos debería enseñar a morir, y es lo único que no se nos enseña. Siempre escondemos eso en el armario.
P. ¿Le gustaría estar en otra rama del multiverso?
R. ¡Que va, estoy encantado!
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