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Hye-young Pyun, la mirada claustrofóbica a la explosión creativa surcoreana: “Nos dimos cuenta de que nuestra cultura tiene un alcance global”

La autora presenta en BCNegra ‘El pozo’, un asfixiante ‘thriller’ psicológico cuyo éxito global es el mejor ejemplo literario del poder blando de su país

La historia de éxito de Hye-young Pyun (Seúl, 54 años) empezó un poco antes que la expansión global de la cultura surcoreana, del tapiz de poder blando que han dibujado en todas las latitudes. En 2017 ganó el premio Shirley Jackson por su novela El pozo, que ahora Destino publica en español con traducción de Alba Perea. Quedaban dos años para que Parásitos rompiera esquemas en los Oscar, cuatro para que la primera temporada de El juego del calamar disparara las cifras de Netflix a límites desconocidos, siete para que Han Kang coronara esa maniobra con el Nobel de Literatura. Por el camino, cientos de canciones (y algunas películas) de K-Pop, la introducción del kimchi en la dieta y una mirada atónita de los gestores culturales de medio mundo a un país que les llevaba la delantera.

“A raíz del premio, el libro se tradujo a más idiomas, sobre todo europeos”, reconoce Pyun a este diario en una soleada tarde de miércoles. Ha acudido como estrella invitada al festival de ficción criminal BCNegra, que se celebra hasta el domingo en la capital catalana con más de 80 escritores en un cartel entre los mejores de Europa. “Al contrario de lo que pensábamos, nos hemos dado cuenta de que la cultura surcoreana, que creíamos solo para nosotros, tiene un alcance global”, añade reflexiva, mirada fija en la intérprete, pequeños gestos de sus manos para afianzar la palabra.

El pozo es un thriller psicológico que nos presenta a Ogi, su protagonista absoluto, un profesor universitario que ha quedado tendido en una cama, completamente paralizado tras un accidente de automóvil en el que ha muerto su mujer. El inicio es tranquilo, casi como si se tratara de una novela negra del maestro japonés Seicho Matsumoto. El lector sabe que hay algo horrible detrás de todo esto, algo que va mucho más allá del dolor y la muerte, pero tendrá que esperar. “Durante su estancia en el hospital quiero que el lector empatice, que entienda su culpabilidad. Y una vez que llega a casa, se empieza a revelar el verdadero personaje y el lector también cambia de opinión”, defiende.

La novela gira en torno a Ogi, que ni se mueve ni habla, pero quien con su diálogo interno y sus recuerdos monopoliza el punto de vista. Conocemos así a su esposa (víctima del infortunio y quién sabe si algo más) y a la suegra (un personaje complejo y difícil de interpretar), siempre mediatizadas por él, hasta el punto de que ni siquiera tienen nombre. La incomunicación entre todos manda: “Sí, se podría entender como el tema principal”, asume la autora. El encierro en ese cuerpo, en esa cama, se siente en cada página. “Por supuesto, es una novela claustrofóbica, tanto mental como físicamente”.

Todo cambia en cuanto Ogi vuelve a casa y su suegra se convierte en su cuidadora y único vínculo con el exterior. “La necesitaba para presionar y dominar al protagonista. Me hacía falta un motivo para que ella cambiara”, cuenta. No vamos a destripar dónde se encuentra ese punto de ruptura, pero podemos decir que los tiempos están perfectamente marcados, si bien Pyun reconoce que lo construye todo en torno a los personajes. “Según en quién nos fijemos la interpretación cambia. En la suegra encontramos deseo de venganza por la muerte de su hija; en la esposa, una mujer presionada y sin libertad. Si nos fijamos en él sería materialista y amoral”, analiza. El protagonista extiende su mirada al pasado, trata de entender qué ha ocurrido, y así nos muestra un lado oscuro. Y, sin embargo, se puede empatizar con el sufrimiento de Ogi, por mucho que no sea un hombre angelical. “Sí, aun así hay muchos lectores que consideran el trato que recibe como muy cruel. Ogi representa el vacío que hay en la vida y el aislamiento de la gente”, admite.

Existe un subgénero de terror con casas encantadas, pero en este libro el lector encontrará un jardín si no encantado sí con una fuerza temible y tenebrosa. “Hay tres espacios: el hospital, la casa y el jardín. Este último aparece a través del empeño de la mujer de Ogi de trabajar en él, algo que el protagonista considera inútil. Pero después de su muerte, el jardín es dominado por la suegra, que lo utiliza para aislar a Ogi. Así, el jardín y sus muros se convierten en otro personaje”, explica la autora de City of Ash and Red, un libro no traducido al español pero que fue considerado en 2018 por la radio pública estadounidense NPR como una de las lecturas más notables del año.

Una historia de violencia

El aficionado a Stephen King habrá reconocido el rastro de Misery en los acontecimientos de El pozo. Pyun, sin embargo, asegura que la similitud la encontró después, ya con la novela publicada y en manos de periodistas y críticos.

Inspirada por la fuerza que desprendía la historia de violencia que sufrió su propio progenitor (nacido al final de la ocupación japonesa, un niño en la Guerra de Corea, huérfano desde los 10 años después de que mataran a su padre al confundirlo con un líder comunista) Pyun escarba en las rendijas de la realidad con una mirada turbia y compleja. Crea con ella libros recorridos por el desasosiego, como The Law of Lines (tampoco traducido aún al español), donde dos mujeres marcadas por la pérdida de parientes muy próximos sospechan que algo sucio ha ocurrido.

Muy activa en el duro campo del relato corto (actividad que la formó y le granjeó numerosos reconocimientos en su país en los primeros años de este siglo), la autora de El pozo cultiva un tipo de thriller extraño al que piensa volver en su próxima novela. Se trata, asegura, de una historia sobre las desapariciones no forzadas de personas en su país, un fenómeno más común hasta ahora en Japón y conocido como johatsu: decenas de miles de japoneses que se han borrado del mapa, incapaces de afrontar el oprobio de un fracaso económico o social, el daño a su honor y al de su familia. No mueren, simplemente resetean su existencia, son conocidos como “los evaporados”. El fenómeno empieza a calar en Corea del Sur. “Quiero abordar el tema como un thriller, pero no sé si seré capaz”, se despide, con cierta inseguridad en el tono. La misma globalización que lleva en volandas la cultura surcoreana por el mundo le ha servido en bandeja la siguiente historia.

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