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Canciller: historia del templo del heavy al que silenciaron con un muro de la vergüenza

El lugar de reunión de rockeros en los ochenta y noventa, que celebró conciertos históricos, terminó de la peor forma. Un documental cuenta ahora los pormenores de lo sucedido en la discoteca madrileña

El que lo vivió sabrá de qué va el asunto: se descendía por unas escaleras y allí estaban una pantalla gigante proyectando un vídeo de Iron Maiden (por decir uno de los clásicos) interpretando The Trooper y cientos de heavies en la pista de baile zarandeando la melena con su guitarra imaginaria, dale que te pego, ejecutando punteos. Algunos mostraban una destreza que hoy triunfaría en la viralidad. Unas luces alucinantes y hasta humo elevándose por los laterales. La sala Canciller, el Canci, el Disney World de los rockeros. Se cogía la línea 5 del metro madrileño hasta El Carmen, una parada en un supermercado para aprovisionarse de litronas (envase de cristal) y, con el último sorbo, ya se accedía a la puerta, en Alcalde López Casero, número 15. Entrada: “500 pesetas con pelotazo”. Llegaban autobuses de muchas partes de España: rockeros atraídos por una discoteca que vivió en sus once años de existencia (de 1984 a 1995) 176 conciertos. Pero la fiesta acabó mal. Una triple alianza se llevó por delante Canciller: los vecinos del inmueble que residían encima, un concejal de distrito cuyos gustos distaban mucho del rock y el cura de la parroquia de la zona. Una historia con mucho de la España de entonces, que se parece en algo a la de ahora, y con un indigno muro que figura entre los grandes disparates municipales de la capital. Un documental, Canciller. El templo del rock (con pases regulares y coloquio al final de la proyección), cuenta ahora los pormenores de lo sucedido.

Juan Antonio Rodríguez, dueño de Canciller, tiene hoy 78 años. Él y su sobrino, Sócrates Pérez, 65 años, gerente de la discoteca, atienden a EL PAÍS en una pequeña oficina que todavía conservan en la céntrica calle Montera de Madrid. Ya están jubilados y utilizan este espacio para archivar el papeleo y los recuerdos de la época. En las paredes cuelgan carteles, fotos y muchas entradas de conciertos: Saxon, Nina Hagen, Black Crowes, Extremoduro, Obús, Ramones, Iron Maiden… Todos actuaron en Canciller.

Han pasado 30 años desde la desaparición de la sala y Antonio (como le conoce todo el mundo a Juan Antonio) todavía se emociona cuando recuerda los episodios que llevaron al cierre del local: “A los heavies los tenían marginados en las instituciones. No les hacían caso. Tampoco en los medios de comunicación grandes. Y eso me hervía la sangre. Con los años, muchos de nuestros clientes han sido médicos, empresarios o jueces. Lo que pretendíamos con Canciller era ofrecer al heavy un sitio con lo mejor, darle cariño, las novedades en vídeos, un sonido en condiciones… Y también era un negocio, claro. Pero parece que esto no gustó a alguna gente poderosa y nos persiguieron hasta destrozarnos”.

Vicente Martín Terán ha dirigido el documental con una intención: “Reivindicar la figura de Canciller, que quedó olvidada frente a Rock-Ola. Canciller duró más del doble que Rock-Ola, tenía más capacidad [1.800 personas por las 700 del local de la Movida] y se celebraron conciertos más importantes. Canciller fue un referente cultural esencial en España no lo suficientemente valorado”, cuenta por teléfono.

Rodríguez todavía conserva el acento extremeño (nació en Zalamea de la Serena, Badajoz) a pesar de llevar muchos años viviendo en Madrid. Sus padres, labradores, engendraron siete hijos. Rodríguez llegó a la capital con 16 años, a mediados de los sesenta. Comenzó a trabajar de botones en el Banco Peninsular. “En el colegio no me interesaba jugar al fútbol como a todos los niños. Yo prefería escuchar a Los Brincos, Los Canarios, Lone Star y sobre todo a Los Bravos. Me enloquecían”, cuenta y derrocha desde el primer momento un desparpajo y un don de gentes que forman parte de su éxito como empresario de locales de ocio nocturnos. Ya con 20 años y mientras conservaba su trabajo en el banco, se introdujo en el negocio de la música por el lado de las discotecas. Inauguró una en Loeches (al este de Madrid) llamada Lucky Star; con el dinero que consiguió comenzó a trabajar en Vicálvaro (Madrid), donde vivía. Dirigió locales como Yedra, Tucán… Se lanzó a organizar conciertos en esos clubes. Primero Manolo Otero, El Fary… Luego ya bandas de rock como Asfalto.

Hasta que se hizo con Barrabás, discoteca que le traspasó el torero Antonio Chenel Antoñete. En Barrabás comenzó la andadura rockera de Rodríguez. Con Franco muerto, a finales de los setenta en cada barriada surgían bandas de rock. “Entramos en contacto con Javier Gálvez, manager y promotor de conciertos. Él fue fundamental para empezar a programar rock en Barrabás”, cuenta Sócrates, que ya trabajaba con su tío. Actuar en Barrabás se convirtió en una aspiración. Por allí pasaron Asfalto, Leño, Cucharada, Mermelada, Bloque, Mezquita… También Los Chichos, Los Chunguitos, Bordón 4… “A los heavies les encantaban las letras sobre marginalidad de las rumbas”, cuentan. Pronto el aforo de Barrabás (situada en el casco viejo de Vicálvaro), de unos 1.200, se les quedó pequeño. Necesitaban algo más amplio y más céntrico. Y apareció Canciller, con capacidad para 1.800 personas.

“Cuando lo cogimos llevaba varios años cerrado. Se llamaba Club Canciller y programaban bailes con orquestas, guateques. Nosotros lo adecentamos, pusimos las torres de luces, un equipo de sonido brutal… Teníamos claro que debía ser algo espectacular. Nuestro objetivo era que la gente estuviese en la pista como en un concierto y mirando la pantalla de vídeo”, cuenta Sócrates Pérez. Compraron una antena parabólica y grababan los vídeos de la MTV, que, por aquel entonces, (Canciller se inauguró el 22 de diciembre de 1984) bullía con el rock duro y el llamado hair rock (rock fuerte melódico interpretado por músicos con la melena cardada: Bon Jovi, Europe, Mötley Crüe). Canciller cristalizó en un club social especial, lugar de reunión de rockeros más allá de los conciertos. “Nosotros hacíamos más negocio con la discoteca que con los conciertos”, apuntan los dueños.

Organizaban fiestas: la de carnaval, la del terror, la de San Isidro, la del cumpleaños del jefe (Antonio)… Cualquier cosa con tal de tener agitado el negocio. Despachaban hamburguesas, perritos, patatas fritas… Se jugaba al futbolín y a las máquinas de pinball. Allí se entraba a las 10 de la noche y se salía, después de una noche gloriosa de rock, a las 6 de la madrugada. Acudían jóvenes del extrarradio de Madrid: Entrevías, Aluche, Carabanchel, San Blas, Vallecas... En el documental dejan su testimonio varias mujeres: “Quise reflejar que, a pesar de la fama del heavy como un movimiento exclusivo de hombres, también había muchas aficionadas. Ellas me dijeron que nunca se habían sentido ni incómodas ni violentadas en Canciller. Al contrario. Alguna incluso explicó que la incomodidad la habían pasado en salas de pop o de pijos”, cuenta el director.

Los dueños apuntan que eran estrictos con las drogas. Si veían algún indicio de trapicheo, actuaban y expulsaban a los implicados. “Eso sí, cuando había conciertos, en los camerinos ni entrábamos. Ahí los músicos hacían lo que querían”, apunta Antonio con una sonrisa. Trabajaban unas 60 personas, entre camareros, seguridad, gerencia, animadores… En un fin de semana pasaban 7.000 clientes. En el documental hablan miembros de Barón Rojo, Obús, Ñu, Asfalto, Topo, Sangre Azul, Sobredosis, Pánzer… Todos apuntan las excelencias del lugar, “el buen sonido” y que no acudían solo a tocar, sino que se consideraban clientes. “Una sala perfecta para tocar rock”, señala Armando de Castro, guitarrista de Barón Rojo. Allí se registraron discos en directo como No hay ningún loco, de Ñu, o Mis amigos están vivos, de Topo.

Y, entonces, todo se vino abajo. Antonio: “No había ningún problema con el ruido, pero a los vecinos no les gustaban las pintas de los heavies. Se aliaron con el concejal del distrito de Ciudad Lineal [Jorge Barbadillo, del PP] y con el padre Ortal Benito, de la parroquia Virgen del Coro, pegada a Canciller. Y nos hundieron”. Los vecinos se reunían en la iglesia para estudiar estrategias. El 6 de septiembre de 1993 se cerró la sala por orden municipal con una lista de deficiencias: ampliación de enseres tales como una máquina de hielo, máquinas de juego e instalación de sonido... Los dueños se defienden: “Nos buscaron las cosquillas. Las licencias de todas las discotecas de Madrid se habían quedado obsoletas. Imagínate, en nuestra licencia ponía que la música debía producirse por gramolas. Lo que hicieron fue aferrarse a lo que fuera para cerrarnos”.

“No había ningún tipo de problema de ruido. Básicamente, lo que molestaba eran las pintas de la gente”, señala el director del documental. “Para mí fue injusto el cierre y una faena, porque me quitaron un lugar de reunión donde se escuchaba buena música. Pero para mi madre y otras personas mayores que vivían en la zona resultó un alivio. Canciller se abrió hace algo más de 40 años. Para los vecinos veteranos de la época, ver a pandas de chicos melenudos vestidos con cinturones de balas y con cazadoras estampadas con la imagen de Ozzy Osbourne demoniaco no era plato de buen gusto. Vivían un poco asustados”. Una vecina del inmueble cuenta en 1994 a Telemadrid: “Tengo que decir a mis amigos que me acompañen hasta mi piso porque tengo miedo de ir sola”.

El hecho inaudito fue que, por orden municipal, se levantó un muro de ladrillos que ocupó toda la puerta. Los dueños recurrieron el cierre y el juez les dio la razón ateniéndose al informe de los inspectores, que revisaron la sala a fondo y no vieron motivo para la clausura. Ya podían abrir. El problema: la tapia. “Resulta que parte del muro estaba en suelo municipal, en la vía pública. Era del Ayuntamiento, y tuvimos que iniciar otro contencioso. Así de maquiavélico fue todo”, apunta el gerente. El bloque de ladrillos estuvo tapando la entrada de Canciller 535 días. Cuando se tiró, los heavies se llevaban ladrillos de recuerdo.

“A los pocos días de caer el muro, el concejal nos metió otra inspección. Nos perseguía. Nos quería cerrar otra vez, porque odiaba a los heavies”, concede Rodríguez, que estuvo pagando 1.300.000 pesetas a fondo perdido (800.000 solo de alquiler del local) mientras Canciller permaneció clausurado. Aquí se le saltan las lágrimas: “Un secretario municipal me dijo: ‘Antonio, deje ya de batallar, hay un pacto entre el concejal y los vecinos para cerrar la sala. No gaste más dinero y energías, por su bien”. Jorge Barbadillo, el concejal del PP de Ciudad Lineal, fue condenado en 2011 por malversación de fondos públicos en la gestión del Campo de las Naciones. La sentencia le condenó a un año y seis meses de cárcel y dos años de inhabilitación para cargo público, según informó EL PAÍS.

Después de un año y medio con la discoteca cerrada, el público se había desacostumbrado y se desplazó a otras salas: Canciller perdió a mucha de su clientela. Coincidió con la decadencia del heavy en los noventa. “Entre esas dos cosas y la persecución del concejal, ya no tuve fuerzas. Me rendí y decidimos dejarlo. Moriré con este dolor”, apunta Antonio Rodríguez. Canciller cerró el 21 de mayo de 1995, después de once años. Ya tenían en marcha Canciller II en el barrio de San Blas, un local que funcionó a pleno rendimiento como recinto de conciertos, pero que no tuvo aquella magia del primer Canciller como centro de reunión de rockeros independientemente de los recitales. Esta secuela de Canciller cerró en 1998 con 166 conciertos celebrados.

Rodríguez nunca dejó su trabajo en el banco: llegó a ser un alto directivo del BBV, hasta que se jubiló. Hoy recuerda cómo en los ochenta salía de la sucursal bancaria con la corbata y se la quitaba en el taxi camino de Canciller para no desentonar con los rockeros. Actualmente, aquel espacio de música en libertad que fue Canciller lo ocupa un supermercado. La parroquia sigue intacta.

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