Jaume Claret Muxart, director novel nominado al Goya: “¿Que los jóvenes no van al cine? ¡Si llenan la filmoteca!”
Con dos nominaciones de la Academia de Cine y ocho a los Gaudí, ‘Estrany riu’, su debut en largo, triunfó en Venecia y en Reikiavik


Jaume Claret Muxart (Sant Cugat del Vallès, 27 años) dice que tiene tres familias: “Está en la que nací, la del programa educativo en colegios Cinema en Curs y la de la Elías Querejeta Zine Eskola (EQZE)”. De conversación superdotada y cargada de referentes, nieto de pintores de vanguardia e hijo de arquitecto y profesora de educación física, este cineasta iba para bailarín, pero se enamoró del cine cuando vio los entresijos de un rodaje a los 14 años. Así que se hizo crítico de cine en blogs y publicaciones especializadas para cubrir festivales, esquivar la universidad y convertirse en programador joven del gremio y colaborador de Cinema en Curs, el pionero programa pedagógico que ha acercado las formas de hacer cine a decenas de institutos y colegios. Fue a los 19 cuando decidió irse a estudiar a Donosti en la EQZE, un centro que no forma cuadros técnicos ni tiene profesores tradicionales y cuyo modelo se dirige a quienes buscan levantar un proyecto de largometraje.
Con cuatro cortos dirigidos para irse entrenando mientras preparaba un debut en largo que ha tardado siete años en sacar adelante, Claret Muxart ha fascinado a la crítica y enamorado a festivales con Estrany riu, su bella, enigmática y luminosa mirada sobre el despertar sexual de un adolescente a orillas del Danubio. La película se ha hecho con el Bisato d’Oro y el Gino Votano en el Festival de Venecia y el Frailecillo de Oro en Reikiavik. En los Gaudí, Estrany riu opta a 8 premios y en los Goya a dos más: el de dirección novel y el de actor revelación para su protagonista, Jan Monter Palau.
Pregunta. La película no es autobiográfica, pero parte de sus veranos en bicicleta con su familia.
Respuesta. Si iba a hacer una película que tardase años en sacar adelante, necesitaba algo que no me cansase, que saliera de las entrañas. La primera versión del guion la escribí cuando me fui a Donosti a estudiar, me entró la nostalgia y empecé a ver fotos de los veranos. Siempre supe que me alejaría de los personajes para descubrir unos nuevos. Por ejemplo, mi padre sí es arquitecto, pero mi madre no es actriz. Me gusta jugar con lo autobiográfico y profanarlo, empezar a fabular con sus posibilidades con una nueva familia.
P. ¿La de los personajes que crea?
R. Sí, pero también la que estableces creando la película. Meritxell Colell aportó mucho cuando entró en el guion y otros tantos han aportado durante el rodaje. En las películas es interesante preguntarse qué es lo personal y qué es lo autobiográfico. Para mí, lo personal es trabajar con un equipo que es una familia, personas que siempre procuramos trabajar juntas. Es bonito porque esa es una familia que va creciendo. Te diría que una de las razones por las que hago cine es para poder vivir un verano con amigos rodando una película.

P. Visto así, parece cierto eso de que ya no existe el director tirano.
R. Creo que el resto de Europa nos envidia en ese sentido. Aquí, la influencia de mujeres cineastas ha sido muy fuerte también en los hombres. Ha sido muy bueno, porque sus dinámicas, las de compartir proyectos, compartir cafés, dudas y futuras ideas, el poder hablar en los coloquios de forma transparente, nos ha influido para bien.
P. ¿No hay miedo a la copia, como pasaba antes?
R. La autoría se ha desacralizado para bien. Hay que defender una autoría que se pueda compartir y enriquecer. Es algo muy bonito, y pasa en colectivos como en Cinema en curs, donde se reúne a creadores como Jonás Trueba, Carla Simón, Celia Rico, Meritxell Colell con Alba Cros con programadores más anónimos. Ahí dentro, nadie está por encima de nadie. No hay jerarquías.

P. En Estrany riu el despertar sexual no es infeliz. Hay un momento en el que el padre le pregunta al hijo si es homosexual y le responde: “No me gustan los chicos, me gusta Gerard”.
R. Si algo tenía claro es que no quería que el conflicto estuviera en un supuesto trauma de Dídac, en descubrir que le gustan los chicos, que los padres lo rechazasen y que al final todos se reconciliasen, que es lo típico de las películas. También buscaba acercarme a una generación que ya es más joven que la mía, un adolescente de un entorno muy particular que, de repente, le diga a su padre que no le gustan los chicos, sino que le gusta uno en concreto, que es algo muy de esa generación. Es un tema que yo también intento comprender. Mi generación ahora tal vez sea así, pero en esa edad no lo era.
P. Las secuencias en las que Dídac se masturba se funden con la belleza y fuerza del paisaje. Hay que ser muy sensible para saber rodar bien ese gesto.
R. Las escenas íntimas nos plantearon muchas dudas. Con Pablo Paloma, director de fotografía, llegamos a la conclusión de que lo mejor era hacer un plano fijo a un metro de distancia, porque si lo rodábamos más alejados, por pudor, pareceríamos voyeurs.
P. ¿Hubo coordinación de intimidad?
R. Sí, y fue importantísima. La llevó a cabo Tábata Cerezo. Vino en varias escenas y la escena de masturbación la dirigió ella prácticamente. Es importante porque se rueda con tacto y entrenamiento.

P. Matt Damon dice que ahora en Hollywood la trama se debe explicar varias veces durante las películas porque la gente está mirando el móvil. En la suya eso no pasa, hay mucha metáfora y poca literalidad.
R. En el cine, para ser literal y salir airoso, tienes que ser muy bueno para decir: ‘Y ahora va a pasar esto’ y no caer en el tópico. Aquí no pasa. Esta es una película heredera del cine europeo de los noventa, de Oliver Assayas o de Claire Denis. Me interesa el cine como arte artesanal, no como arte industrial.
P. Pero sin industria no hay películas.
R. Claro, sin dinero no se levanta nada. Me interesa el cine artesanal con dinero. No podemos negar lo material en la creación. Es importante decirlo. Yo me acogí a la residencia para guionistas de la Academia del Cine catalán y a otras formas de financiación. Y los ahorros que tengo ahora he calculado que me darán para vivir unos meses. Doy clases, y en breve volveré a hacer vídeos para arquitectos por encargo para ir tirando mientras preparo el siguiente largo. Y si no me va bien, sé que mi familia me podrá ayudar. Pero para rodar de forma sana y en familia hay que estar bien financiado. Recuerdo mis primeras reuniones con los productores y decir: “Quiero hacer una película con dos millones de euros, pero que sea ambigua y artesana”.
P. Ambigua, ¿en qué sentido?
R. Con la ambigüedad el espectador acepta un reto. Cuando se lanza a la película, lo hace a un vacío en el que pueda rellenar los huecos de la trama con su propia vida. Eso también me salvaba al vender la película para conseguir financiación: Estrany riu también va sobre los amores de verano y no hay nada más universal que eso, ya sea real o imaginado.
P. ¿Lo de artesanal es por estar rodada en 16 mm?
R. Cuando ruedas con ese formato se genera una cosa muy bonita, que es la tensión que lo rodea. Con el digital te puedes emborrachar de tomas, pero aquí sabes que solo se van a poder tirar dos o tres. Se genera una concentración brutal y todo el mundo, desde actores al foquista, es consciente de que nadie puede fallar. Yo pido monitores pequeños en rodaje para que la gente no se obsesione con la imagen final del monitor, sino con mirar a los ojos de lo que tienen delante. Me gusta lo artesanal porque es mucho más ceremonial.

P. Aquí hay planos que parecen cuadros y travellings que emulan a coreografías de baile.
R. Eso me viene por dos lados. Por uno, la influencia de mis abuelos maternos, Jaume Muxart y Roser Agell, que eran pintores. Mi abuelo era expresionista abstracto y siempre decía: “¡El color, el color!”. Para mí, el color es importantísimo. La otra es la danza. La danza no es literalidad, es pura emoción. Y como no soy coreógrafo, pienso que a través del cine puedo hacerlo.
P. Con esa carga visual y auditiva, Estrany riu se vive de forma muy distinta en el cine que en casa. ¿Cómo lleva eso de que la gente espere a ver las películas en plataformas?
R. Por supuesto que ver cine en sala es distinto, y el Estado debe fomentar que esa mirada sigua existiendo. Creo que los dos modelos pueden convivir y no tienen por qué ser competencia. Lo que sí me irrita es eso de que la gente joven no va al cine. Es mentira. ¿Cómo que no van? ¡Si llenan la filmoteca! Lo que sí creo es que mucha gente mayor que antes iba al cine ha dejado de ir. En Estrany riu, casi todos los pases en sala han sido con gente joven y mujeres de más de sesenta años. La gente de entre 30 y 60 años no estaba. Ese público, ¿dónde está?
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