Paco León: “Mucha gente me quiere, pero dos ‘haters’ te pueden reventar la vida”
El cineasta se lanza a un ejercicio de comedia y autoficción en ‘Aída y vuelta’, filme que ironiza con la última semana de rodaje de la mítica serie

Se sienta Paco León (Sevilla, 51 años) a hablar a resguardo del frío matinal, en la sede de la distribuidora de su Aída y vuelta, y en algún instante resucita Luisma. Durante el éxito de la serie Aída (una década que se cerró en junio de 2014 tras 237 episodios), tampoco se dejó vampirizar por el personaje, y aprovechó aquel impulso no solo para dirigir cine, sino para experimentar además con los canales de distribución en Carmina o revienta (2012) y Carmina y amén (2014). “Como tengo mala memoria, soy cero nostálgico”, arranca. “Pero sí, la nostalgia es una gran arma”. Y de aquel final de etapa, se refugia en lo mismo: “No fue como en la peli. Nada de aquello pasó, pero podría haber pasado [risas]. Los personajes son versiones de nosotros mismos. Carmen Machi nunca ha ido a Tu cara me suena. Insisto en mi mala memoria, y eso me provoca malas jugadas, mezclando realidad con ficción. Me ocurrió con las Carmina. ¿Cuáles de sus momentos eran hechos reales y cuáles ficciones? No soy capaz de separarlos. Del final de Aída recuerdo que estábamos muy quemados, deseando acabar, y por otro nos daba mucha pena. Vamos, sensaciones de tristeza y alivio”.
Aída y vuelta, dirigida por él, coescrita con Fernando Pérez, y que se estrena el 30 de enero, es un hábil volatín de metaficción. “Cuando me propusieron el proyecto, no acabé de verlo. ¿Retomar Aída? Hasta que encontramos la clave: hacer no solo un ejercicio de nostalgia, sino un examen de conciencia. De analizar dónde estábamos y quiénes éramos, un poco un volver a los orígenes. Y yo creo que la nostalgia en Aída y vuelta está en la mirada, no en el discurso. Por eso hemos trasladado la acción a 2018, porque fue el año en que empezó todo: el MeToo, la corrección política, la cancelación...“. No todos sus compañeros lo abrazaron igual. Ana Polvorosa, que ya hace tiempo que dejó claro lo atrás que le había quedado la serie, no aparece en el largo. “Algunos en el rodaje se han dejado parodiar más y otros menos, y eso se nota en lo que salen en pantalla”.
Antes de entrar en otras materias, confiesa que ese examen de conciencia ha sido complicado. “Ahora estoy respirando un poco. Veo que hay algo que funciona. La película tiene muchas capas, y una es la directa, la fácil; funciona como comedia vodevilesca, con muchos tipos de chistes, fiel al espíritu y al tono de la serie. Por otro lado, también alberga otras capas que me interesaban. Y eso me ha asustado durante mucho tiempo”, como preámbulo a narrar ese interés ulterior.
El cineasta quería contar “el trabajo del cómico”. Ahí ahonda en sus experiencias y las de sus compañeros: “Alguien que pasa problemas tiene que hacer reír. Y eso conlleva una profesionalidad que a veces no se ve. Solo se observa el resultado, y este proceso es algo muy íntimo que compartimos todos los payasos y los cómicos del mundo. Eso lo llevo hasta el final”.
La risa, su necesidad, su disfrute, su uso como pegamento familiar, también aparece en Aída y vuelta. “Te une hasta con el público. Cuando haces que alguien se ría, creas un vínculo de por vida. Por supuesto, también está su labor terapéutica, como en la trama de Edu, que busca esa risa para narrar su problema [en diciembre anunció que tenía VIH]. Bueno, en el final, arriesgado porque no es narrativo sino emocional... catártico, todos reímos y lloramos”.

¿Nos faltan risas en la España actual? “Yo creo en los chistes que te colocan en tu lugar, me interesa la risa sobre uno mismo. Reivindico el humor como vehículo para contar cosas y para reflexionar sobre problemas. Reírse y dudar de uno mismo es un ejercicio sanísimo”. León no trae la lección aprendida de casa, sino que según va caminando verbalmente por la respuesta, va construyendo el discurso, buscando las palabras más precisas. Este parlamento acaba así: “Vivimos momentos en que triunfan el linchamiento, la cancelación, ese persistente ‘a ver quién lo está haciendo mal, a ver quién la caga’... La gente tiene el dedo muy rápido, todo el mundo coge la antorcha para quemar a Frankenstein demasiado muy pronto. Pues mírate a ti mismo: revísate y ríete de ti mismo y mejorarás. Por eso, muchos de los chistes en esta comedia nacen del concepto víctima o verdugo”.
¿Contra quién ha luchado Paco León? “Contra esa nostalgia mal entendida. Nos lo pasamos muy bien escribiendo Fer y yo. Había más miedo fuera, en los productores y los ejecutivos, que en nosotros. Yo confío mucho en mi sentido de la medida, del gusto, aun sabiendo que eso es muy relativo. Yo no salí muy traumatizado de Aída. Mi rol en la película, el de pegamento, es el que viví. Sé que muchos fans esperaban un capítulo largo, pero eso siempre ha provocado un producto fallido. Como un polvo de ex, que apetece aunque no conviene. Fíjate, al inicio no quería ni dirigir el proyecto. Luego se me ocurrió un Noche de estreno, de Cassavetes. Con todo, hubo que bregar para no sucumbir al miedo que generan los fans”.

Cada mañana, desgrana, León abre las redes y se encuentra un alud de “Hijo de puta, te has cargado Aída”. Y sin ver la película. Solo por los resúmenes de prensa. “Poseen Aída emocionalmente, la consideran sobre todo suya... y es suya relativamente. Fue complicado no ser complaciente. Más aún. Acabé el guion, se lo pasé al elenco y estuvieron dos días sin decir nada. Y a las 48 horas, Canco me llamó y me pidió que nos viéramos. Vino a casa y me contó sus miedos ante algunos chistes, como las quejas de hacernos fotos constantemente. Bueno, ahí estaba el reto. A ver cómo contaba, sin ser un quejica del éxito, sin convertirme en un tipo ingrato, esos momentos. Tranquilicé a Canco sin tenerlo yo claro. Porque sí, siento que mucha gente me quiere, pero esto no va de porcentajes. Dos haters te pueden reventar la vida. A mí las cosas me afectan, aunque, es curioso, no en el terreno creativo”.
Y con todo, hay cariño a Aída. “A esa comunidad le vamos a dar un regalo. No puedes ver al público como un cliente. Mucha gente en la estructura audiovisual solo le ve como... entradas. No lo entiendo así, sino que como creador, hasta que el público no disfruta de mi obra, no se ha terminado el proceso. La cosa no se acaba al hacer una película, la tienen que ver [se les escapa un golpe en la mesa]”.
Edu Casanova da vida a un Edu Casanova preocupado porque no sabe cómo se tomarán sus compañeros que tiene VIH. En la vida real, el cineasta lo hizo público el pasado 18 de diciembre. “Desde el principio, por supuesto, con él, sabía que tenía que estar ahí. Hay una frase que se escucha que conecta con su sentimiento: ‘Quiero ir al Pasapalabra a decirle a Cristian Gálvez que tengo el bichito’. Puede que se salga del tono, pero vehicula a la familia. Con todo, nace de la necesidad de Edu, pero se convierte en nuestro material de ficción”.
La otra gran trama, la de la agresión sexual que sufre Miren Ibarguren, y el embrollo en que la actriz se enreda (el juego antes mencionado de víctima o verdugo) habla tanto a la industria como al público. “Todos hemos acabado muy contentos porque es una película con mucho corazón y muy honesta. Y es difícil ver eso en productos tan mainstream como este. Aún menos en España”, aduce León.
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