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Premio Nadal
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El ‘caso Uclés’: éxito fulgurante, guerra editorial, insultos en redes y el Premio Nadal

El ascenso mediático del autor de ‘La península de las casas vacías’ no es un golpe de suerte, sino el fruto de dos años llevando su libro y su propio personaje a cada rincón del país

David Uclés posa con el Premio Nadal 2026, durante la entrega del galardón en Barcelona.

Ayer, el grupo Planeta le concedió el premio Nadal a David Uclés. Por la mañana he ido a nadar.

No, lo anterior no es verdad. Dado que la fuerza mediática que ha cogido el nombre de Uclés es colosal, hoy me ha tocado escribir estas líneas nada más levantarme de la cama. Adiós piscina, la actualidad manda. Sin embargo, la tentación de arrancar el artículo con esa frase (parodia de una famosa nota de Kafka en su diario, “hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”) se debe a dos razones: la primera, que el galardón es un episodio más de la guerra editorial en España. Ahora mismo, Uclés no necesita el premio, el empuje de su marca personal se basta para convertir una nueva novela en un acontecimiento, y aunque a los números del Nadal les sentará de maravilla uncirse al carro victorioso de La península de las casas vacías, la auténtica explicación del veredicto estriba en el fichaje de una estrella de la competencia. En este caso, del sello Siruela, donde Uclés publicó su afamada novela. Esto lo sabemos todos y la evidencia ya solo nos provoca la clásica punzadita de escepticismo que los doctores prescriben para estos casos.

La segunda razón por la que he recordado aquel contrapunto kafkiano es un cansancio preventivo, una empatía muscular: en cuanto comprendí que está a punto de arrancar otra campaña promocional de Uclés, la segunda sin solución de continuidad, enseguida me salieron agujetas y ganas de tomarme una semana de reposo. ¡Pero si este hombre no ha tenido tiempo de descansar! Y es que la historia de amor del escritor con el mainstream no es una casualidad ni un golpe de suerte, sino el fruto de un trabajo que ha de resultar agotador, dos años llevando su libro y su propio personaje a cada rincón del país, tocando el piano, cantando a capella en cuanto la audiencia se descuida, repartiendo sonrisas a diestro y siniestro, incólumes su boina de interior, su aspecto definitivo de buena persona y sus outfits de hipster levemente rural, un dispositivo generador de feel-good-reels en redes sociales cuya aceleración (quizá, tal vez, ejem, dicho sea entre nosotros, ay) lo ha arrastrado alguna vez a las puertas de la memeificación, es decir, de la conversión en meme.

En cualquier caso, los éxitos como el suyo no se explican ni dejan de explicarse por lo literario (o lo musical, cinematográfico, etcétera), sino por la construcción de una presencia pública. Esto no es exclusivo de Uclés, sino signo de los tiempos, y dice tanto de nosotros como de su protagonista convertido en espejo. A fin de cuentas, no sabemos quién hay realmente detrás de una celebridad más allá de lo que su personaje deja ver.

Pero sí sabemos que la sobreexposición es el precio a pagar para adquirir ese estatus (abrazado con entusiasmo, esto es indudable, por Uclés), y reconocemos las tendencias que laten en cada reacción que suscita: la envidia o el cinismo en los peores sarcasmos, tan distintos a la lucidez realista y legítima de las prevenciones más racionales, incluso si estas se expresan con humor; lo aspiracional de algunas formas de admiración, con sus elogios exageradísimos, en contraste con la genuina felicidad y generosidad que percibimos en otras; la utilización política o la capitalización simbólica por parte de terceros. Todo un abanico de emociones y estrategias que a menudo pasan, más que por las 700 páginas de una novela o su valor literario, por su simplificación en forma de contenido viral. Mucho ruido en torno a una persona que se dedica a algo tan silencioso como escribir.

Luego están los insultos y las amenazas fascistas en la red social X, otro signo de los tiempos, en este caso brutal, y todavía más demoledor si añadimos que Uclés ni siquiera tiene un discurso radicalizado. Sin negar que estén leve, pulcramente escoradas a la izquierda, en épocas menos tétricas sus posiciones políticas serían acogidas sin problemas como consenso general y blanco, normas cívicas de mínimos para toda la familia. Por desgracia, estamos donde y cuando estamos, y ante batallas así ninguno de nosotros debería anotar en su diario que se fue graciosamente a nadar.

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