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¿Pueden los árboles predecir un eclipse? Una trifulca entre el placer de una historia extraordinaria y el tedio de ceñirse a la ciencia

Un investigador disecciona los excesos de una publicación que sugiere que los abetos se comunican entre ellos por entrelazamiento cuántico

“En un valle patas arriba por el huracán Vaia y lentamente devorado por un escarabajo que deja en las cortezas de los árboles huellas parecidas a jeroglíficos, dos científicos poco convencionales exploran el código secreto del bosque herido”. Los científicos son Alessandro Chiolerio y Monica Gagliano, y la épica presentación de su trabajo es la que anuncia Il Codice del Bosco (El Código del Bosque), un documental que cuenta la investigación que realizaron en los Dolomitas italianos.

¿Tienen los árboles su propio lenguaje para comunicar cómo se encuentran? Y, de ser así, ¿podemos los humanos descifrarlo y utilizarlo para preservar los bosques? Estas preguntas son algunas de las que los dos investigadores, él físico y ella ecóloga, trataron de responder en 2021, tres años después de la intensa tormenta que azotó el noreste de Italia en 2018.

Chiorelio adhirió dispositivos eléctricos en un grupo de abetos rojos (Picea abies) en el bosque de Paneveggio, a casi 2.000 metros de altura, para tratar de escuchar a aquellas plantas que aún se recuperaban del huracán y debían enfrentarse al insecto Ips typographus. Gagliano, conocida por sus investigaciones sobre comunicación y percepción de las plantas, sueña con poder transmitir las señales captadas por estos dispositivos para advertir al bosque moribundo: “¡Hay un escarabajo de la corteza en la zona, defiéndanse!”.

Gagliano mezcla la ciencia de los cables y la medición precisa con los conocimientos ancestrales y una inclinación chamánica que no oculta. “Estos árboles son el otro. Son diferentes a mí. Esta experiencia es la puerta de entrada a otra experiencia un poco más profunda que dice: tú ya eres el árbol, tú ya eres el bosque, tú ya eres todo y, por lo tanto, el otro no existe”, discurre en el tráiler del documental mientras mira tumbada las copas de los árboles.

En 2022, cuando los científicos recogían las señales eléctricas del bosque y medían las interacciones de los abetos, se produjo un eclipse de Sol parcial. Los resultados de esa observación, que también muestra Il Codice del Bosco, se publicaron en la revista científica Royal Society Open Science. Si la interpretación fuese correcta, sacudiría nuestra comprensión de la naturaleza de las plantas.

Los sensores detectaron una sincronización de la actividad bioeléctrica de los árboles 14 horas antes de que el eclipse fuese visible en Italia. Según su interpretación, los abetos más viejos actuaron como centros de una red de comunicación y respondieron antes que los más jóvenes. La anticipación, piensan los investigadores, descarta que fuese la oscuridad o el frío repentino lo que produjese ese cambio, porque el Sol y la Luna estaban en el otro lado de la Tierra.

La conjunción de observaciones impulsa a Chiorelio y Gagliano a una hipótesis asombrosa. Los abetos mayores, gracias a su experiencia, habrían podido identificar con antelación las sutiles señales gravitatorias provocadas por la alineación entre la Tierra, el Sol y la Luna, y habrían transmitido la información a los más jóvenes, para que se preparasen para el fenómeno.

Como mecanismo para explicar la sensibilidad a la alineación astronómica, los investigadores recuerdan que los árboles están compuestos, en gran parte, por agua, y que las fuerzas de marea tienen un efecto sutil pero medible sobre los fluidos. “Proponemos que las posiciones relativas de la Luna y el Sol en el cielo, que determinan la magnitud y las variaciones de la fuerza gravitatoria total y de las mareas gravimétricas lunisolares —cuyos efectos se sabe que regulan varios aspectos de la vida vegetal— podrían proporcionar una señal fiable del evento celeste inminente”, escriben.

La interpretación de las señales eléctricas recogidas por el sistema de Chiorelio adquiere tonos esotéricos cuando se introduce la teoría cuántica de campos. Los árboles estarían entrelazados cuánticamente a través de una sincronización que no requiere intercambios de materia, ”por ejemplo, a través de fluidos y de intercambios moleculares mediante las raíces, o por corrientes de aire”. Según los autores, sus resultados abren “sobre una base científica sólida, una nueva comprensión del bosque, alejándose de la imagen de una colección de árboles y acercándose a la imagen de una comunidad de individuos correlacionados en fase, que actúan colectivamente como en una orquesta en sincronía con la vida del ecosistema”.

Aquel estudio extravagante tuvo un efecto igual de excepcional a miles de kilómetros de distancia. En el desierto del Négev (Israel), Ariel Novoplansky, un veterano del estudio de la comunicación entre plantas, había recibido el artículo de un periodista que le pidió comentarlo. “No merece la pena ni escribir sobre él”, le recomendó, pero al releerlo comenzó a sentir un enfado “epistemológico”. Conocía desde hace años a Monica Gagliano y sus interpretaciones chamánicas de la ciencia de las plantas, pero esta vez creía que había ido demasiado lejos. “No tengo nada en contra de Monica, nos llevamos bien, pero esto era demasiado; no es solo chamanismo, simplemente no es ciencia”, dice a EL PAÍS por videollamada.

Novoplansky, que dirige el Instituto Suizo para la Investigación Ambiental y Energética en Zonas Áridas de la Universidad Ben Gurion, es conocido por experimentos que demuestran cómo las plantas se comunican entre ellas a través de señales transmitidas por las raíces para responder a amenazas como la sequía o los herbívoros. Sus hallazgos también suscitaron debate cuando se presentaron y requirieron de un trabajo científico sólido para ser aceptadas. “Este tipo de artículos manchan nuestro trabajo y hacen que, ante otros científicos, el nuestro parezca un campo de lunáticos”, lamenta. Eso le animó a responder a un trabajo de este tipo por primera vez en su vida, en un detallado artículo de opinión que se publica este viernes en la revista Trends in Plant Science.

Una primera crítica es que no existe un desafío que empuje a los árboles a desarrollar la capacidad de predecir eclipses. En el evento de 2022, el ocultamiento del sol fue parcial y solo redujo la luz solar un 10,5% de media durante dos horas. “En esa misma región o en los bosques que tenéis en España, es común que nubes pasajeras o días parcialmente nublados reduzcan la luz solar en porcentajes mucho mayores, entre un 30% y más del 90%, durante varias horas o incluso días”, explica el científico. ¿Por qué iban a desarrollar los árboles un sofisticado método de anticipación ante un fenómeno irrelevante para su bienestar?

Otro defecto señalado por Novoplansky es que los datos se interpretan buscando en lo extraordinario una respuesta que puede ser más simple. El incremento de la actividad eléctrica observado 14 horas antes del eclipse se podría explicar por una tormenta que se produjo en ese momento. Los rayos que cayeron, algunos a menos de diez kilómetros, generan perturbaciones electromagnéticas en los árboles que podrían estar detrás de las señales recogidas por los sensores de Chiorelio. Esa explicación es más simple que una anticipación basada en los recuerdos de los árboles de una leve perturbación gravitatoria que se produjo hace décadas.

El investigador israelí va más allá en su crítica cuando afirma que “la actividad eléctrica no muestra ninguna evidencia de nada adaptativo ni de nada en absoluto”. “Si sabes algo sobre electricidad, por la presencia de iones en el agua, puedes encontrar actividad eléctrica medible incluso en una toalla mojada en el suelo”, señala. “A veces, esa actividad estará elevada, pero eso no implica que la alfombra esté viva o comunicándose”, añade. “En el caso de los tocones muertos [que también se observaron con sensores en el estudio], no es biología, es física. [...] Esto no es evidencia de que haya ocurrido algo adaptativo. Ellos lo asumen, pero no lo es”, concluye

Alessandro Chiorelio cree que la reacción de Novoplansky es excesiva y lamenta que no se reconozca su esfuerzo para recoger datos y presentarlos a la comunidad científica para su discusión. Defiende que su estudio es exploratorio y que hipótesis como la del entrelazamiento cuántico se plantean “como una posibilidad, no la única”. Reconoce que hay factores que no midieron, como los campos eléctricos atmosféricos, que podrían influir en las señales que observaron, pero cuestiona que los rayos tuvieran la intensidad necesaria para generar el patrón que detectaron. Argumenta, además, que la sincronización bioeléctrica no es constante, sino que aparece en momentos específicos, como el eclipse, lo que sugiere una interconexión activa entre los árboles y no solo una respuesta pasiva a un estímulo ambiental común. Novoplansky contesta que un evento externo que afecte a todos los árboles a la vez, como un rayo, provocará una respuesta coordinada sin necesidad de comunicación entre ellos.

En el corazón de la discrepancia entre Navoplansky y los investigadores italianos está la forma de entender la ciencia y se resume en la cita Benjamin Bayly con la que el israelí adorna su artículo: “Siendo estos asuntos muy extraordinarios, requerirán pruebas igualmente extraordinarias”. Chiorelio y, sobre todo, Monica Gagliano se agarran a cualquier resquicio en los datos para apoyar con argumentos científicos lo que ya sienten como verdadero en su corazón.

Gagliano ha contado la metamorfosis que experimentó cuando trabajaba con los peces damisela en la Gran Barrera de Coral. Durante su investigación doctoral y postdoctoral, Gagliano pasó meses observando parejas de peces y a sus crías. Según ella, llegó a conocer sus personalidades individuales y se ganó su confianza hasta el punto de que los peces se posaban en su mano. Esa conexión hacía insoportable para ella lo que le demandaba la ciencia convencional: matar a los animales para medir los niveles de cortisol provocados por el estrés que ella ya había percibido en su trato con ellos.

Durante la crisis que siguió a su experiencia con los peces, Gagliano sintió que las plantas de su jardín le hablaban: “Puedes trabajar con nosotras”. A diferencia de los animales, podría tomar una hoja de aquellos seres sin causar su muerte. Las mismas plantas disiparon sus dudas cuando admitió que no sabía nada sobre biología vegetal. “No te preocupes, nosotros te enseñaremos”, le respondieron. Desde entonces, considera a las plantas coautoras de su trabajo, y dice que le ayudan a diseñar sus experimentos y que le explican cosas con paciencia cuando no logra entenderlas.

Novoplansky compara el enfoque de Gagliano con prácticas religiosas personales, que considera un asunto privado. Y bromea: “Si sus conversaciones con los árboles le dan buenas intuiciones e ideas para la ciencia, no tengo problema, yo solo miro el resultado final, pero si las plantas diseñaron el experimento, quizá olvidaron incluir controles esenciales”. Para el investigador, las revelaciones narradas por la ecóloga le llevan a interpretar cualquier dato que confirme sus creencias iniciales. Su caso, opina, es un ejemplo claro de cómo un enfoque místico invade y distorsiona el proceso científico, llevando a conclusiones que no son válidas.

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