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¿Lo dejas todo para luego? Unos científicos japoneses han encontrado el motivo en el cerebro

La procrastinación tiene un nombre: se llama circuito VS-VP, y este equipo de investigadores tiene ideas para desactivarlo

¿Por qué en lugar de hacer lo que sabes que es necesario para conseguir tus objetivos, te entretienes mirando vídeos absurdos en TikTok? ¿Por qué te pones a barrer un suelo que no lo necesita en lugar de estudiar, si además odias barrer? ¿Por qué dejamos para mañana lo que debemos hacer hoy y tendremos que hacer de todos modos?

Durante mucho tiempo, la motivación se ha explicado como un problema de incentivos: si una persona no actúa, es porque no valora lo suficiente la recompensa. Sin embargo, un estudio detallado de lo que sucede en el cerebro cuando procrastinamos parece contradecir esa idea. Hoy, en un artículo publicado en la revista Current Biology, un grupo de científicos liderado por Ken-Ichi Amemori, de la Universidad de Kioto, propone que es posible que el cerebro valore bien la necesidad de una acción y, aun así, impida que se inicie.

Para conocer cómo funciona el cerebro cuando se enfrenta a una tarea que puede dar beneficios, pero que también supone afrontar incomodidades, los investigadores trabajaron con monos, un modelo útil porque su sistema motivacional se parece al humano. Los animales, a los que se mantuvo sedientos fuera del experimento, se enfrentaron a dos pruebas. En una, podían accionar dos palancas y recibir dos cantidades de agua diferentes, midiendo así la implicación de cada circuito en la motivación. Después, podían beber en dos condiciones: un pequeño sorbo sin tener que enfrentarse a ninguna incomodidad o uno mayor, pero que venía acompañado de un desagradable soplo de aire en la cara.

Como nosotros cuando vamos a comenzar un trabajo y pensamos en la recompensa, el mono evaluaba si valía la pena soportar este soplo de aire en la cara para obtener esta cantidad de agua, o era mejor conformarse con el sorbo seguro. Ese experimento permitió identificar un circuito cerebral que funciona como un freno a la motivación: no decide si la recompensa merece la pena, sino si merece la pena empezar. Se trata de la conexión entre el estriado ventral (EV) y el pálido ventral (PV), que se encuentran en los ganglios basales, una parte profunda del cerebro donde ocurren el placer o la motivación.

El grupo de Amemori ha detectado que hay dos variables implicadas en la motivación, pero que están codificadas por sistemas neuronales distintos. Por un lado, está el cálculo del coste-beneficio para evaluar el peso de recompensa y castigo, y por otro la probabilidad de no querer iniciar una acción, ambos mecanismos conservados tras millones de años de evolución porque mantuvieron con vida a nuestros antepasados.

El estriado ventral se activa ante la expectativa de que algo va a ser incómodo, difícil o emocionalmente exigente, sin evaluar cuál será la recompensa final. El pálido ventral es como un interruptor para comenzar a actuar y sostener esa acción. El estudio del cerebro de los monos permitió primero observar con electrodos cómo cuando se podía elegir recibir más agua y una ráfaga de aire el estriado ventral, que nos protege contra la incomodidad, estaba más activo, y cuando solo se podía elegir entre distintas cantidades de agua, el que estaba más activo era el pálido ventral.

Cuando las dos regiones estaban conectadas, la advertencia de incomodidad del EV podía bloquear el inicio de la acción del PV, pero cuando apagaron la comunicación entre los dos grupos de neuronas con una técnica quimiogenética, vieron que era suficiente para soltar el freno motivacional. En ese momento, los monos comenzaron a afrontar con menos reticencias la tarea que tenía premio, pese a la incomodidad prevista.

Dividir la tarea

Esto supone un giro importante respecto a los enfoques habituales. Prometerse grandes recompensas, recordarse la importancia de la tarea o aumentar la presión externa actúa sobre el circuito del valor percibido, pero deja echado el freno que pone el EV. “Cuando la motivación está alterada al nivel de la iniciación, reducir las señales que impulsan el desenganche —como el coste anticipado de comenzar— puede ser más eficaz que simplemente aumentar los incentivos”, dice Amemori como consejo para superar el bloqueo. Dividir la tarea en pasos menores o reducir la exposición al juicio o la amenaza de evaluación pueden ser estrategias útiles en esos casos.

El investigador también cree que un entorno laboral estresante y las notificaciones constantes de correos o mensajes en el móvil, “pueden mantener activado continuamente el circuito estriado ventral que procesa las señales que nos producen rechazo”. “A largo plazo, eso puede producir cambios plásticos y, posiblemente, cambios estructurales en la vía EV-PV, desequilibrando el sistema hacia una desconexión excesiva, un trastorno que clínicamente se conoce como abulia”, dice.

Desde una perspectiva social, reducir la señalización continua del estrés podría ayudar a prevenir la sobrecarga crónica de este circuito que acabaría dejando echado el freno de la motivación. Para Amemori, una priorización más clara de las tareas o la creación de entornos laborales o escolares que permitan la recuperación después de tareas exigentes pueden ser tan importantes para combatir este problema como las intervenciones a nivel individual.

Durante el experimento, no todos los monos se comportaron igual. Algunos se bloqueaban más que otros ante la posibilidad del soplido desagradable. Esas observaciones sugieren que la parálisis por estrés puede tener una base neurobiológica identificable y no ser simplemente una cuestión de personalidad o carácter. Este conocimiento puede ser útil para quienes la incapacidad para actuar es un problema grave.

“Nuestros hallazgos indican que la abulia en la depresión podría reflejar un desequilibrio en el circuito VS–VP”, explica Amemori. “En principio, sería posible desarrollar terapias que modulen este equilibrio. Un enfoque potencial es la estimulación cerebral profunda (DBS), aunque esto requiere intervención neuroquirúrgica y solo sería apropiado para casos cuidadosamente seleccionados”, ejemplifica.

“También existe un desarrollo activo de técnicas de neuromodulación menos invasivas que pretenden influir en las estructuras cerebrales profundas, incluidas la estimulación magnética transcraneal (TMS) y los enfoques basados en ultrasonidos. Estos métodos podrían volverse más prometedores en el futuro, pero requerirán una validación adicional sustancial en cuanto a seguridad, especificidad y beneficio clínico”, añade. Además, se podrían utilizar fármacos, ya que el pálido ventral contiene receptores opioides, pero estos medicamentos no afectarían solo a esa región cerebral y podrían tener muchos efectos secundarios indeseados.

Por último, Amemori enfatiza que el freno motivacional “probablemente cumple una función adaptativa y evolutivamente conservada, al ayudar a los individuos a evitar involucrarse en situaciones excesivamente costosas o dañinas”. “Debilitarlo de manera indiscriminada podría aumentar la vulnerabilidad al agotamiento, la asunción de riesgos excesivos o la dificultad para desconectarse de contextos excesivamente estresantes. Cualquier intervención terapéutica necesitaría, por tanto, ser cuidadosamente calibrada y evaluada dentro de un marco ético riguroso” concluye.

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Sobre la firma

Daniel Mediavilla
Daniel Mediavilla es cofundador de Materia, la sección de Ciencia de EL PAÍS. Antes trabajó en ABC y en Público. Para descansar del periodismo, ha escrito discursos. Le interesa el poder de la ciencia y, cada vez más, sus límites.
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