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¿Un beso esquimal? La ciencia explica el contacto nariz con nariz en los mamíferos

Un artículo analiza por qué este gesto social es importante a nivel de información y supervivencia, incluso en animales no sociales

Contacto nariz con nariz

Al inicio de la película Materialistas (2025), de la coreano-canadiense Celine Song, una pareja primitiva roza sus frentes y narices, en un acto que parece concentrar toda la intención del amor. Este contacto nariz con nariz, conocido popularmente como beso esquimal, se ha registrado en muchos otros mamíferos. Una investigación reciente afirma que, más que un acto de afecto, es un elemento importante en la comunicación social de los animales, incluso en especies solitarias.

La bióloga Sophie Lund Rasmussen, autora del artículo, que acaba de publicar la revista Evolution and Human Behaviour, cuenta que su interés surgió a raíz de los besos boca a boca, observado en humanos, chimpancés y bonobos. Lund había publicado junto con su esposo en la revista Science el artículo La historia antigua de los besos, una investigación sobre si los seres humanos siempre se han besado. “Fue muy divertido porque investigar sobre esto no es algo normal en ciencia”, recuerda esta bióloga asociada a la Universidad de Oxford y al Museo Nacional de Historia Natural de Dinamarca. Al observar animales pensó que, aunque no se besan como los humanos, muchos se tocan la nariz. “Creo que la mayoría de nosotros hemos sido testigos de eso alguna vez”, dice. Le pareció lógico que existiera literatura científica al respecto, pero se equivocó. El comportamiento aparecía mencionado brevemente dentro de investigaciones cuyo objetivo era otro.

Si en humanos el beso se asocia a la excitación sexual, al vínculo de pareja, a la intimidad o al intercambio de información química, Lund se preguntó si podría estar ocurriendo algo similar entre los animales. Decidió recopilar ejemplos de distintas especies.

En su texto, esta investigadora sostiene que el contacto nariz con nariz puede cumplir funciones muy distintas según la especie y el contexto. Por ejemplo, en animales sociales, el gesto parece tener más usos que en los solitarios. Y entre la información que podría intercambiarse están el estado reproductivo, la salud, la pertenencia al grupo o incluso la fortaleza de un posible rival. “Si las señales químicas indican que el otro individuo es muy fuerte y saludable, quizá deciden no pelear”, señala.

Para la bióloga, este tipo de contacto en especies sociales ayuda a mantener la cohesión del grupo y puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Un breve roce de hocicos puede evitar conflictos, reforzar la confianza o facilitar la cooperación.

Saludos, vínculos y poder

En murciélagos, una especie social, el contacto nariz con nariz funciona como un saludo y refuerza los lazos dentro de la colonia, comenta. Algunos estudios sugieren que este acto ayuda a distinguir quién pertenece al grupo y quién no. Pero en general, admite la autora, la ciencia aún no ha analizado qué sustancias químicas concretas se intercambian. “Sería sumamente interesante estudiar eso”, afirma.

En castores, se observa entre parejas, padres e hijos y hermanos, lo que evidencia una función de reconocimiento y cohesión familiar. Sin embargo, en los cerdos ocurre algo distinto, el gesto se traduce en bienestar físico y éxito reproductivo. Estudios citados en la revisión de Lund muestran que los lechones que reciben más contactos nasales crecen más rápido y tienen mayores probabilidades de sobrevivir.

El caso más extremo es el de la rata topo desnuda, uno de los pocos mamíferos eusociales (el nivel más alto de organización social animal). En estas colonias subterráneas, la reina utiliza empujones nariz con nariz para mantener su dominio y suprimir la reproducción de los subordinados, afirma la experta.

Una sobrecarga sensorial

Entre los menos sociales, el significado cambia radicalmente. El erizo europeo, un animal solitario y nocturno, es uno de los casos más llamativos. Durante observaciones de campo, Lund documentó encuentros inesperados en los que dos erizos, al olfatearse, terminaban tocándose las narices por accidente. Lo mismo con los gatos. Tras el contacto, ambos animales quedan inmóviles durante varios segundos, con las pupilas dilatadas y aparentemente desconectados del entorno. El intercambio químico parece tan intenso que obliga al animal a procesar la información antes de reaccionar. “Es como una sobrecarga sensorial”, describe la investigadora.

Para Carmen Agustín Pavón, investigadora española en neurobiología, el que dos animales se acerquen y se huelan cara a cara no es un gesto trivial. Todo lo contrario. Ese contacto activa mecanismos cerebrales implicados en la regulación del comportamiento social y emocional de los mamíferos. “La mayoría de los mamíferos no tienen un solo sistema olfativo, sino dos”, señala. Por un lado, cuentan con un sistema olfativo principal, encargado de detectar los olores volátiles presentes en el aire, similar al que utilizan los humanos. Por otro, existe el sistema vomeronasal, especializado en captar feromonas, sustancias químicas menos volátiles que requieren un contacto estrecho para ser detectadas.

La estructura cerebral compartida por mamíferos, reptiles y otros vertebrados, está estrechamente implicada en el comportamiento social y emocional, subraya Agustín Pavón, quien fue investigadora postdoctoral en la University of Cambridge. “La señal olfativa, en solo dos conexiones neuronales, alcanza el centro emocional y social del cerebro”, afirma.

A diferencia de los humanos y otros primates, que dependen en gran medida de la vista, la mayoría de los mamíferos se guían principalmente por el olfato. “No se fían de lo que ven, sino de la señal química que reciben”, explica la investigadora valenciana. Y en especies como ratones, erizos o ratas topo desnudas, el olor es la vía principal para interpretar el entorno social.

Prácticas culturales similares

Para Lund, no es descabellado pensar que el beso humano sea una transformación cultural de un comportamiento sensorial mucho más antiguo. El contacto cara a cara aparece en distintas culturas humanas, desde el frotamiento de narices en Hawái y Nueva Zelanda hasta prácticas similares entre los inuit de Groenlandia. “El hecho de que este comportamiento siga existiendo sugiere que cumple una función importante”, sostiene. De lo contrario, cree, habría desaparecido.

Lund espera que otros investigadores profundicen en este comportamiento, lo analicen experimentalmente y descubran qué se transmite realmente en esos breves encuentros nariz con nariz. “El mundo necesita buenas historias ahora mismo”, sentencia.

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