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Los 10 lugares favoritos de Alejandra Costamagna: “Duele, pero hallo necesario cada tanto visitar el Museo de la Memoria”

La escritora y periodista chilena, que presentará su nueva novela ‘Dónde puedo dejarlo’, este martes, recuerda sus vivencias en el bar ‘Las Lanzas’ y que en el Teatro La Comedia vio una de sus primeras obras que la sacudió

Alejandra Costamagna y el letrero publicitario de Valdivieso.Cristóbal Venegas

Pasillos de la Universidad de Santiago. En realidad los pasillos que recoge mi memoria son los de la UTE: la Universidad Técnica del Estado, como se llamaba la actual Usach hasta 1981, y donde llegaron a trabajar mis padres argentinos en 1967. Ellos fueron parte de una diáspora de científicos de la Universidad de Buenos Aires, que salieron de su país tras el golpe de Estado de Juan Carlos Onganía. A veces no tenían con quién dejarnos y nos llevaban, a mi hermana y a mí, a pasar las tardes en la universidad. Era mediados de los años 70. Mientras ellos daban clases, nosotras jugábamos en ese laberinto de edificios que era —o así lo recuerdo— una especie de Santiago en miniatura. Éramos muy chicas para saber entonces que por esas mismas baldosas, esos patios, esa histórica aula magna había circulado Víctor Jara. (Avenida Libertador Bernardo O’Higgins 3363, Estación Central).

Esquina de las calles Huérfanos y Libertad. Recuerdo que en un viaje a Bogotá me dediqué a anotar nombres de calles del centro, fascinada por su aire antisolemne. Calles De la Fatiga, Del Consuelo, Del Aseo, Del Descuido o De la Cajita de Agua. Lo comenté con una amiga colombiana y me hizo ver la gracia que a ella le causaban ciertas calles de Santiago, como Monjitas. ¿Unas religiosas diminutas? ¿Unas monjas adolescentes? O Placer, en el barrio Franklin. O Tranquila, una calle corta en Providencia. Cuando volví, me dediqué a rastrear Santiago cazando intersecciones de calles. Huérfanos con Libertad se llevó todas mis preferencias. Además de ser una esquina que conserva la arquitectura de fines del siglo XIX, hay en las dos palabras juntas la posibilidad de una historia inesperada. Huérfanos con Libertad: una orfandad que se emancipa.

Teatro La Comedia. En ese teatro de pocas butacas pero firmes y cómodas, cargadas de historia, vi una de las primeras obras de teatro que me sacudieron: Primavera con una esquina rota, del grupo Ictus. Era 1985, plena dictadura, y acababan de secuestrar a Santiago Nattino, Manuel Guerrero y José Manuel Parada. El padre de este último, Roberto Parada, era uno de los protagonistas. En la obra interpretaba a un padre cuyo hijo estaba detenido. Recuerdo haber pensado que el teatro era una herida y una tregua, las dos cosas juntas. (Merced 349).

Zoológico de Santiago. Condeno el cautiverio animal y soy partidaria de la abolición de los zoológicos, pero admito—con una importante dosis de contradicción— que el de Santiago se instala en mi memoria por un doble vínculo. El primero viene de la infancia, de cuando mi papá me llevaba a dibujar animales y yo pasaba horas retratando faisanes, guanacos, cebras o el bicho que fuera. Quizás ese ejercicio, que implicaba observación atenta y paciencia, haya sido mi antesala de la escritura. Y el segundo vínculo es por un recuerdo más reciente: la escritora argentina Hebe Uhart quiso conocer el zoológico y tuve la fortuna de acompañarla. Fue su último viaje a Chile, un año antes de su muerte. Aún la veo hechizada con los monos, entendiendo a la perfección la lengua de los primates. (Pío Nono 450, Recoleta).

Letrero de Valdivieso. Lleva más de setenta años en la azotea del edificio ubicado en General Bustamante 96 y hoy es Monumento Histórico. No imagino Santiago sin esa botella ni esa copa espumosa en colores, que se encienden y se apagan al ritmo que dictan las luces de neón. Antes el tapón de la botella saltaba y veíamos el movimiento del líquido burbujeante caer en la copa, pero aún sin esa gracia el letrero sobresale y funciona como un pequeño faro: una señal de que la ciudad palpita. Ahora le decimos espumante, pero en mi memoria el letrero siempre va a mostrarme una botella de champagne. (Esquina de Bustamante con Rancagua, Providencia).

Persa Biobío. Del amplísimo universo de este mercado popular del barrio Franklin, mi rincón predilecto es el taller del artista visual, escenógrafo, muralista y premio Nacional de Artes Plásticas, Alejandro Mono González que él mismo atiende. Me encanta pasar a ver (y a veces comprar) los afiches, grabados, serigrafías, postales o dibujos suyos y de artistas emergentes que exhibe. González es historia viva, un ícono del arte urbano. Fundador de las Brigadas Ramona Parra, los muros de la ciudad han sido su página abierta desde hace más de sesenta años, y es hermoso verlo en su taller, como si el espacio fuera la continuación de una clase pública. Que esté en el persa y no en algún circuito exclusivo de la ciudad dice mucho de su visión del arte y del mundo.

Caracoles comerciales. Si al ser creados, a fines de los años 70 y comienzos de los 80, anticiparon una efervescencia del consumo donde la novedad y la última moda encandilaban, muchos de los servicios que ofrecen hoy responden a la lógica opuesta: el reparador de zapatos, la zurcidora, la depiladora, el relojero, la fotocopiadora y el bazar que vende aspirinas, gotitas para el dolor de estómago, agendas de papel, calculadoras, lápices Bic y un sinfín de objetos que escapan a una lógica de la obsolescencia. Pero algunos caracoles han mutado y hoy son también lugar de encuentro para otakus, usuarios de videojuegos y expertos en nuevas tecnologías. Me gusta lo que hay de residual ahí: un tiempo hecho de esquirlas.

Las Lanzas. “Aquí fumamos todos”, decía el cartel en la barra de este bar, restaurante, fuente de soda y “comarca”, como la llama Manolo, su actual dueño. Pero el cartel era de los tiempos en que don Manuel, padre de Manolo, atendía en la caja. Tiempos en que comensales como Carlos Jorquera, exsecretario de prensa de Allende y sobreviviente del bombardeo en La Moneda, o el sociólogo Tomás Moulián, ocupaban con frecuencia una mesa de este local que existe desde 1955. Atendía don Manuel un mediodía de 1985 cuando hicimos la cimarra y tomamos, con una amiga, nuestra primera cerveza. Era malta con huevo, en realidad. Y aunque ya no nos guste la malta y nadie fume adentro del local, seguimos saboreando cazuelas, tortillas de papa, choros maltones, callos a la madrileña, completos italianos o ensaladas que solo encontramos en Las Lanzas. (Humberto Trucco 25, Ñuñoa).

Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Duele, pero hallo necesario cada tanto visitar el Museo de la Memoria. Duele pensar que los vejámenes y las atrocidades exhibidas hayan ocurrido en nuestro país y hayan sido perpetradas por agentes del Estado. Duele pensar que, si nos descuidamos, podrían volver a ocurrir. Por eso, más que necesario, me parece urgente que existan espacios como este, en el que está documentada la tortura de la madre de una amiga, el fusilamiento del tío de un vecino, el exilio de mi profesora de matemáticas y cientos, miles de casos para los que las cifras no alcanzan a dar cuenta de su barbaridad. Cuando mi mamá ya no trabajaba en la Usach, la llevé a recorrer el museo. Le dije que dolía, pero que era importante. (Avenida Matucana 501)

Río Mapocho. El río estaba antes que nosotros y es todo: el núcleo de Santiago y una de sus fronteras, con lo bello y lo fiero que eso implica. Nutre a la ciudad, pero hace también de cloaca. Ha dado vida y alojado cadáveres. Es un torrente de fantasmas que habitan el presente. Así lo veo, lleno de contrastes, como Santiago mismo.

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