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Amanda Céspedes, neuropsiquiatra infanto-juvenil: “No comparto el concepto de violencia escolar. Esta es una violencia social”

La divulgadora científica chilena se refiere a los episodios de violencia en colegios, marcados por el asesinato de una docente a manos de un estudiante en Calama. “Existe una minoría que llega del colegio a hacer las tareas y a jugar, pero hay un porcentaje enorme que llega a meterse de lleno a las pantallas”, dice

Amanda Céspedes el 1 de abril.Cristóbal Venegas (© Cristóbal Venegas)

Han pasado unos pocos días desde que Hernán M. L. —estudiante de 18 años y, por lo tanto, mayor de edad— asesinó con un cuchillo a una docente de su colegio en la ciudad minera de Calama, 1.500 kilómetros al norte de Santiago. El joven, hoy en prisión preventiva, también hirió durante la jornada escolar a otra funcionaria y a tres estudiantes. La policía chilena determinó que se habría inspirado en las matanzas de escuelas en Estados Unidos e ideó su acción por cuatro meses. A este hecho le han seguido otros incidentes en distintos puntos del país sudamericano, como el lanzamiento de bombas mólotov en liceos emblemáticos de la capital, que han vuelto a poner en la discusión pública la violencia que se vive dentro de los colegios. Y al analizar este panorama, lo primero que hace Amanda Céspedes (78 años, Iquique), reconocida neuropsiquiatra infanto-juvenil chilena, es sacar de la ecuación al entorno educativo: “Yo no comparto el concepto de violencia escolar, siento que es erróneo y peligroso porque traslada el problema al interior de los colegios. Y la verdad es que es una violencia que se lleva desde afuera y se ejerce en el colegio porque es donde los chicos pasan la mayor parte del tiempo”, señala a EL PAÍS.

Estos episodios son reflejo de una realidad más grande y que permea distintas esferas, dice: “Esta es una violencia social. Pensemos en lo que ha ocurrido en los últimos años con el aumento de delitos violentos, de la violencia intrafamiliar, de la cantidad de droga que circula por el país, de la violencia en los estadios”, ejemplifica la directora de la Fundación Amanda, una organización sin fines de lucro que tiene como objetivo llevar el conocimiento de las neurociencias a las aulas por medio de talleres a docentes y apoderados.

La autora de 13 libros sobre educación de niños y adolescentes también apunta a otra causa subterránea: la falta de vínculos. “Hoy los niños no reciben suficiente atención cuando son pequeños y es fundamental esa atención por parte de los adultos (...) Y necesitan una atención que sea plena, que sientan que sus padres están en la casa para ellos: para conversar, jugar, ponerles el pijama cantando una canción, leerles un cuento. Son acciones pequeñas, pero de gran valor formativo y que les dan seguridad emocional, que en el fondo es la garantía de una emocionalidad sana”, explica.

Pero estas prácticas muchas veces se tornan difíciles por el ritmo de vida que se lleva en la actualidad, sostiene: “Hay un deterioro enorme de los vínculos familiares que tiene que ver precisamente con un sistema laboral que es muy despiadado. Y sobre todo en las ciudades grandes, en las que desplazarse del trabajo a la casa puede significar una hora y media de trayecto, aun cuando haya mejorado el transporte público. Entonces, los niños están bastantes horas solos. Y existe una minoría que llega del colegio a hacer las tareas y a jugar, pero hay un porcentaje enorme que llega a meterse de lleno a las pantallas”.

Y ese entorno digital omnipresente es un factor crucial a considerar al momento de hacer un análisis de estos casos de violencia, subraya la neuropsiquiatra. “Todavía no logramos dimensionar bien, por lo ignorante que somos, los mundos virtuales por los que están paseando los chicos todos los días y que son mundos virtuales que el adulto desconoce. Hace un tiempo atrás eran los videojuegos violentos, pero hoy es mucho más que eso. Es un mundo oculto, el del internet profundo, donde se incuban la venganza y los discursos de odio”, dice.

En ese punto, vuelve al asesinato perpetrado por H M. L. en Calama, considerado por la Fiscalía como el primer caso de Violencia escolar dirigida (TSV) detectado en Chile: “Sin duda, él comenzó a investigar en internet estas matanzas que se han hecho en otros lugares y probablemente encontró un nicho de discurso de odio a través del cual se vio reforzado (...) Entonces, tenemos dos factores que se unen. Por un lado, un chico con una emocionalidad muy alterada y, por otro, internet”.

Con relación a aquello, Amanda Céspedes considera una buena medida la reciente prohibición en Chile del uso de celulares en colegios a través de la promulgación de la Ley 21.801, que tiene alcance en los niveles de educación parvularia, básica y media. “Tenemos un problema que ya está instalado, con una adicción tremenda a las pantallas y redes sociales, y, por lo tanto, hay que actuar”, apunta.

Sin embargo, advierte que esta regulación debería comenzar mucho antes, teniendo consciencia de los efectos que producen estas tecnologías sobre niños y adolescentes. “En la primera infancia, las pantallas interactivas pequeñas producen un daño irreversible en el desarrollo de habilidades sociales. Por ejemplo, en la capacidad de mirar a los ojos y leer el contexto, que está relacionada con la empatía, que se desarrolla en los primeros cinco años de vida”, advierte.

Por su parte, en la adolescencia explica que las redes sociales han afectado la interacción real que se vivencia a través de la comunicación verbal y no verbal. Además, han generado situaciones modeladoras de la personalidad: “Por ejemplo, el narcisismo, en el que yo valgo según mi físico. Entonces me tomo una selfie, pero tengo que arreglarla para aparecer mejor y me valoro según la cantidad de likes que recibo”, explica.

Todas esas conductas y nuevos patrones llevan a un consenso social que afirma que los niños ya no son los mismos que antes. Nada más errado, dice la neuropsiquiatra: “Los niños siempre son los mismos. Lo que pasa es que nosotros los modelamos de manera distorsionada. Pero el niño tiene una esencia que es la misma desde hace 3.000 generaciones y que debemos preservar”. Esa esencia está ligada a la compasión, agrega: “Los seres humanos estamos hechos para ser bondadosos, pero en algún momento se distorsiona eso. Y llegamos a Hernán M. L. y su asesinato. ¿Cómo se fue distorsionando? Porque la esencia de ese chico era ser un niño bueno, ser un adolescente bueno y después un adulto bueno. Pero los caminos retorcidos, mientras más temprano comienzan, más difíciles son de corregir”.

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