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Literatura
Opinión

La literatura como campo de batalla (o, ¿se puede disentir del feminismo literario?)

En su afán excesivamente combativo, un injusto anacronismo y su falta de inclusión de criterios complementarios, las autoras vuelven a ‘No somos boom’ en un libro cojo, una descripción deforme de la escena literaria en lengua castellana que dice más de sus sesgos y obsesiones que de aquello que buscan describir

Ilustración de una mujer con libros.Malte Mueller (Getty Images)

Hay un dicho que señala que cuando solo se tiene un martillo, todo tiende a verse como un clavo. Con esa frase se denuncia la reducción de problemas complejos a fórmulas simplistas, poco indicadas para encontrar matices y detalles allí donde necesitaríamos una caja de herramientas más poblada. En No somos boom (FCE, 2025), Lorena Amaro y Fernanda Bustamante describen el actual panorama de la literatura latinoamericana desde las claves del feminismo y la escritura de mujeres. Aunque podría haber permitido comprender mejor algunas dimensiones del campo cultural reciente —en el que las escritoras han adquirido mayor protagonismo que sus antecesoras—, su afán excesivamente combativo, un injusto anacronismo y su falta de inclusión de criterios complementarios lo vuelve un libro cojo, una descripción deforme de la escena literaria en lengua castellana que dice más de los sesgos y obsesiones de sus autoras que de aquello que buscan describir.

El libro comienza disputando que el actual auge de literatura escrita por mujeres en América Latina sea un nuevo boom, equivalente al que durante los 1960 y 1970 dio visibilidad a ciertos novelistas bajo aquel anglicismo que —aquí parecen olvidarlo las autoras— también fue ocupado de modo reduccionista y despectivo. Sin esquivar las polémicas, Amaro y Bustamante denuncian que bajo la reutilización del concepto ha existido una estrategia para simplificar el campo, desligar la escritura de mujeres de sus predecesoras y neutralizar las demandas políticas que muchas de ellas empujan. “No somos boom, dirán, porque no tenemos nada que ver con el patriarcado que a fines de los 60 se hizo lectura masiva desde Barcelona; no somos boom, porque este no es un episodio espontáneo, transitorio o efímero, que viene y se dirige hacia la nada; no somos boom, ya que somos algo más que una etiqueta con la que apilar libros en una tienda; no somos boom, dado que nuestra escritura no es homogénea; no somos boom, porque esa idea descarta todo lo que hubo antes: escritoras, textos, genealogías”. Señora Amaro, señora Bustamante: el boom original tampoco puede reducirse, sin traicionarlo o convertirlo en otra cosa, a las tres o cuatro dimensiones que aquí señalan.

La descripción que realizan del campo literario es tendenciosa: las cuestiones de la literatura ocurren en un espacio “enrarecido y misógino” donde prima el patriarcado. Si hablamos de escritura de mujeres, denuncian que se prefiere “a las autoras de narrativa, blancas, muchas jóvenes, en su mayoría de clase media alta, con estudios universitarios y provenientes principalmente de países como Argentina, México, Uruguay y Chile”, en desmedro de escritoras de otros géneros, razas o clases sociales. Todo esto, además, en una época donde prima un capitalismo que “ha devaluado la actividad intelectual, blanco preferido de los fascismos de nuevo cuño, y nos ha hecho volver a pensar el tema de los cuidados y los afectos, tal vez en una de las eras más violentas que la humanidad haya vivido en toda su historia”. Más allá del temerario juicio sobre la violencia de nuestra era (¿más violenta que la primera mitad del siglo XX y sus totalitarismos, más que el siglo XIX europeo y americano con sus guerras civiles e independentistas, más que…? Y podríamos seguir), se va configurando un escenario dicotómico donde, frente al neoliberalismo extractivista, violento y misógino, ellas se sitúan de lleno en el plano de la hermandad, la sororidad, la colaboración, la preocupación por los cuidados y el respeto por el medioambiente.

Las autoras del ensayo se empeñan en establecer grandes diferencias con el boom original. A fin de cuentas, “es precisamente la etiqueta del boom, que buscamos impugnar en este ensayo, quizás una de las formas más rebuscadas de esa misoginia”, pues la escritura de mujeres se convierte, así, en un objeto de publicidad y se ignoran sus filiaciones estéticas y políticas. Citan a Cabezón Cámara, que afirma que “ahora no hay una agencia o una editorial que esté armando de un modo u otro el fenómeno” (aunque en los 60 tampoco fue tan sencillo); a Guadalupe Nettel señalando que “este [nuevo boom que no existe] ha sido un fenómeno más natural. Este boom femenino se ha gestado solo. Nadie se propuso hacer un fenómeno comercial con nosotras”, y así, todo es bueno, espontáneo, puro, resistente al mercado y al extractivismo; en fin, a ese tan brutal patriarcado al que lo único que le preocupa es sacar réditos económicos de la gratuita creatividad humana. Amén.

El deseo por diferenciarse del boom de los 60 y 70 las lleva a dibujar un mono de paja. Aunque García Márquez, Vargas Llosa o Cortázar simpatizaron con la Revolución cubana y las causas de liberación, afirman que “los propósitos comunalistas o colectivos están lejos, muy lejos de la etiqueta del boom. Esta, por el contrario, obedece a la lógica del capital, de la competencia, del éxito”. A pesar de que en su momento fue una camarilla que (aunque sus detractores la clasificaban como una “mafia”) reconoció a padres y abuelos literarios —basta leer las descripciones que Rama, Rodríguez Monegal o Donoso hicieron de él—, las autoras afirman que “el boom, con su estallido, no une a las escritoras: las separa. Las separa de su tiempo, las separa de una idea de comunidad. Separa a Latinoamérica, la somete nuevamente a una mirada, a una episteme colonial que etiqueta, clasifica”.

La denuncia, de tan radical, se vuelve descabellada. En medio de una jerga posmoderna que ve la literatura como puro campo de poder y no como un lugar en el que el arte también irrumpe, dedican muchas páginas al que quizás sea el asunto más corrosivo en estas materias: la presencia (o ausencia) de mujeres en el canon literario hispanoamericano. Al tiempo que reconocen que “hoy existe una mayor acogida editorial a la producción femenina”, afirman que la desproporción entre hombres y mujeres persiste. Con todo, puestos a comparar, no cabe duda de que tanto en la presencia editorial y mediática de las autoras como en el número de premios y galardones, estamos en un escenario radicalmente distinto. Ya no encontramos antologías como las de Fuguet y Gómez donde no había voces femeninas, y a pesar de que el premio Nacional de Literatura en Chile haya recaído apenas media docena de veces en mujeres, son muchos más los espacios donde hoy sí se reconocen sus trayectorias y obras.

Sin embargo, luego de denunciar, y con razón, su ausencia en el pasado, se afirma que aquellos desequilibrios no son el único problema: hay también “micropolíticas” que buscan “silenciarnos una vez más. Estas prácticas, que combinan paternalismo, aleccionamiento, devaluación, agresión y exclusión hacia las autoras, reflejan la persistente desautorización de las escritoras”. Si esas acusaciones no fueran suficientes, se cita a Joanna Russ, quien afirma que aquellos son “patrones que se repiten en las técnicas para acabar [sic] con la escritura de mujeres”. Acabar; sí. Terminar, eliminar del horizonte; borrar del mapa, silenciar del todo. Porque la crítica patriarcal, neoliberal y ultraderechista quiere a las mujeres fuera de las plazas y las calles, las quiere de vuelta en el espacio doméstico… ¿Es posible tomarse en serio un libro que hace al voleo denuncias de ese calado?

Distanciarse de las tesis de No somos boom significa caer en una trampa de la que no nos podemos librar. Si destacamos el talento de algunas escritoras, somos cómplices de la misoginia al resaltarlas como excepciones; si aceptamos las descripciones de la crítica literaria, contribuimos a la invisibilización de sus antecesoras; si elogiamos la preponderancia que han alcanzado Schweblin o Enriquez, nos rendimos a las frías lógicas del mercado; si celebramos los galardones que ellas han recibido en las últimas décadas, ocultamos que “la misoginia y el rechazo a las mujeres escritoras continúa existiendo, aunque con nuevas formas de operar” y que hay muchas autoras, de otras razas y clases, que no han sido reconocidas. ¿Se puede salir de este laberinto?

Queda claro que para Amaro y Bustamente importa más el lugar desde donde se escribe que aquello que se escribe; la preocupación central reside en la identidad más que en la creación. Para ellas no se trata de valorar novelas, cuentos o poemarios que den cuenta de otras experiencias, razas y geografías; se trata de que las autoras representen —cual organismo internacional—, aquellos sectores todavía desplazados por la banal mercadotecnia. A fin de cuentas, se trata de dar aquí también la siempre bella y justa batalla por la inclusión.

No somos boom termina siendo un alegato por sacarse de encima una etiqueta que no les acomoda, porque —¡vaya sorpresa!— las etiquetas reducen y simplifican (acusan de fascismo el uso de la etiqueta de lo raro, tan cara al periodismo literario desde hace algunos años). Termina siendo una queja que no evalúa el arte ni se pronuncia en torno a las trayectorias que han transformado el panorama de las últimas décadas, donde las mujeres parecen llevar la voz cantante. Elabora un diagnóstico político incompleto y partisano, al tiempo que es incapaz de hacer justicia al campo que observa. Es, a fin de cuentas, un provocador e injusto panfleto al que le interesa poco, muy poco, la literatura.

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