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Energías renovables
Tribuna

Los impulsores sorpresivos que ‘irán’ acelerando la descarbonización

La guerra que la Administración Trump inició está haciendo más por acelerar la transición energética que cualquier política climática reciente. Cada dólar que sube el barril hace más competitiva la energía renovable, más atractiva la electrificación

Turbinas eólicas en el desierto de Atacama, en Calama, Chile, el 28 de agosto de 2022.John Moore (Getty Images)

El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel atacaron Irán. En menos de dos semanas, el barril Brent subió 36%, tocando los 119 dólares. El estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del petróleo mundial, quedó bloqueado. El precio del gas natural en Europa saltó 92%. El diésel en España, 27%.

El 11 de marzo, en ese mismo contexto, el Climate Change Committee (CCC) del Reino Unido publicó un informe que casi nadie leyó fuera del mundo ESG (ambiental, social y de gobierno corporativo, por la siglas en inglés). Deberían haberlo leído los ministros de Hacienda y los CFOs (drectores de finanzas). La conclusión es tan simple que desconcierta: llegar a cero emisiones netas en 2050 le cuesta al Reino Unido, en términos netos, lo mismo que un solo shock de precios como el que vivimos hace unos días.

La cifra: la trayectoria net zero cuesta en promedio 4.000 millones de libras al año, después de descontar ahorros en eficiencia, energías renovables más baratas e importaciones de gas que dejan de ocurrir. Eso es el 0,2% del PIB proyectado. Cuando se incorporan los beneficios en salud y daños climáticos evitados, por cada libra invertida los beneficios la superan entre 2,2 y 4,1 veces. Los números positivos empiezan en 2029. Para comparar: el shock energético tras la invasión rusa a Ucrania le costó al Reino Unido 183 mil millones de libras en cuatro años. El camino completo a net zero cuesta lo mismo que ese único episodio.

Nigel Topping, presidente del CCC, comentó hace unos días: “Es importante que quienes toman decisiones usen información precisa para informar los debates”. Y es que tras evaluar distintos escenarios, en todos, la descarbonización sale más barata que seguir dependiendo de los combustibles fósiles.

Hay algo que los números del CCC no capturan del todo. Irán no exporta paneles solares. Su principal activo geopolítico es el crudo, y su herramienta de presión más eficaz es amenazar con cortar el suministro del mismo recurso del que depende su propia supervivencia fiscal. Del otro lado, la administración que ordenó los ataques lleva meses cuestionando las políticas de descarbonización. Lo que es menos obvio: la guerra que esa misma administración inició está haciendo más por acelerar la transición energética que cualquier política climática reciente. Cada dólar que sube el barril hace más competitiva la energía renovable, más atractiva la electrificación, más cara la dependencia fósil. El argumento más convincente para la transición de los últimos años no salió de una COP. Está saliendo del Golfo Pérsico.

El problema de fondo es que el debate sobre net zero siempre se planteó con el denominador equivocado. Cuando alguien dice que la transición es cara, nadie hace la pregunta obvia: ¿comparado con qué? La alternativa no es un precio estable. Hace unos meses, Kemi Badenoch, líder del Partido Conservador, declaró que net zero era “imposible” y “costeable solo en teoría”. En América Latina circulan versiones parecidas: que es un lujo de países ricos, que hay que esperar tecnología más madura. Esta semana la realidad respondió eso con el barril a 100 dólares y facturas que ningún modelo de negocio tenía presupuestadas.

¿Qué hacer desde la perspectiva de una empresa o directorio en la región?

Primero: reconocer que la exposición a commodities energéticos fósiles es un riesgo de balance y operacional. Cualquier empresa latinoamericana con costos denominados en energía carga un pasivo implícito que no figura en sus estados financieros: la próxima turbulencia geopolítica.

Segundo: tomar decisiones concretas que muchas empresas siguen postergando. Calderas a diésel o gas, flotas de distribución, maquinaria de patio, procesos con consumo térmico: en todos estos casos existe tecnología madura —bombas de calor industriales, vehículos eléctricos, contratos de largo plazo con renovables— que recupera la inversión en menos de cuatro años con los precios actuales. El diferencial de costo operativo entre eléctrico y diésel, que ya era favorable, se acaba de ampliar considerablemente. Ninguna de estas decisiones requiere esperar regulación, sino más que el directorio haga la pregunta correcta: ¿cuánto nos está costando no decidir?

Tercero: América Latina tiene recursos renovables entre los mejores del planeta, litio, potencial real de hidrógeno verde y una base industrial que podría capturar cadenas de suministro de tecnologías limpias que el mundo necesita con urgencia. Mientras el mundo mira el estrecho de Ormuz con angustia, la región debería mirar sus propios activos con una ambición que todavía no aparece en la agenda pública ni en la mayoría de los planes estratégicos corporativos.

El argumento de que net zero es demasiado caro siempre tuvo un defecto de fábrica: nunca incluyó el costo de no hacerlo. La pregunta ya no es si podemos permitirnos la transición. Es si podemos seguir costeando no hacerla.

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