Humor político: una larga tradición en crisis
En 1987, la portada de la revista Apsi fue ‘Las mil caras de Pinochet, mi diario secreto’, con una imagen del dictador como Luis XIV. La edición fue requisada bajo la acusación de “asesinato de imagen” y los editores detenidos

En 2006, en la Universidad Diego Portales se creó el Instituto de Estudios Humorísticos a cargo del escritor Rafael Gumucio. Uno de sus primeros frutos fue el Premio Nacional del Humor.
Los primeros premiados por la UDP fueron Andrés Rillón y Alejandro Montenegro, Rufino; iniciando una serie cuyo último exponente (2025) es el actor Julio Jung. No son muchas las mujeres, la más destacada de las cuales es la actriz Delfina Guzmán. Hay personajes de la televisión, varios de recordados programas del pasado y otros del presente, como Pedro Peirano y Álvaro Díaz, creadores de 31 minutos.
Un lugar prominente en la lista lo ocupan tres caricaturistas políticos de las llamadas revistas de oposición durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990): Rufino y Hernán Vidal, Hervi, y Guillermo Bastías, Guillo.
Junto a ellos mercería estar Agapito, nom de guerre de Hernán Millas. No dibujaba, pero su manejo irónico y siempre divertido de la pluma (en realidad, la máquina de escribir y el computador) le ganó el Premio Nacional de Periodismo… y una relegación cuando Pinochet todavía se no asomaba en el horizonte.
También tuvo el Premio Nacional de Periodismo Guillermo Blanco, fino cultor de la crítica no solo política, quien no fue relegado, pero sí ganó aplausos y quejas, como corresponde.
Estos humoristas —y varios más— representan la última gran etapa de la sátira política en Chile.
El último en desaparecer de escena fue Hervi, quien colaboró en el diario La Tercera hasta comienzos de este año.
Una larga historia
La primera caricatura política que se conoce en nuestra república es una caricatura de Bernardo O’Higgins de 1819. Aparece como un burro sobre el cual cabalga el prócer argentino José de San Martín.

En los dos siglos siguientes, una numerosa cofradía de dibujantes y escritores (incluso poetas) han puesto en solfa a la clase gobernante. El humor político siempre se alimenta de los errores, los excesos e incluso los defectos físicos de quienes ostentan el poder.
No se trata de un ejercicio fácil ni gratuito. Generalmente la autoridad cuestionada es la misma que tiene el poder de decidir la suerte de un humorista irreverente. Puede castigarlo quitándole sus herramientas de trabajo mediante la censura o relegándolo, exiliándolo e incluso dándole muerte. Es la razón que podría explicar por qué la cruda caricatura de O’Higgins, atribuida a Manuel José Gandarillas y Guzmán, no tiene firma.
En el resto del siglo XIX hubo muchos seguidores de Gandarillas que hicieron su agosto en tiempos difíciles, especialmente durante las tensiones que precedieron a la Guerra Civil de 1891.
Pero, sin duda, el siglo XX fue la mejor época de la caricatura política. Florecieron los semanarios o quincenarios. Zig-Zag (1905-1964) puso una alta vara desde el comienzo por su calidad editorial, el nivel de sus redactores y la amplitud de su contenido. Más abiertamente políticas fueron las publicaciones contemporáneas como Sucesos (editada en Valparaíso entre 1902 y 1932) y Corre-Vuela (1908-1927).
Junto con ellas surgió una larga lista: El Peneca, para los niños; Selecta y Familia para los mayores. Más tarde se agregaron las publicaciones femeninas, desde las tradicionales Margarita, Confidencias y Eva, hasta Paula, la innovadora. En los años 30 y 40 apareció un tipo de semanarios principalmente informativos: Hoy, creada por Ismael Edwards Mate y revivida con el mismo nombre entre 1977 y 1998; Ercilla, fruto del empeño de un grupo de exiliados españoles, y Vea, dedicada a la crónica policial.
En este nutrido historial sobresale la legendaria revista Topaze, “el barómetro de la política chilena”. Creada por Jorge Délano (Coke), fue un semillero de caricaturistas y comentaristas aplaudidos no solo en Chile sino también en el extranjero por su originalidad y audacia.
En enero de 1938 Topaze vivió su peor tropiezo: el presidente Arturo Alessandri (El León de Tarapacá) ordenó requisar la edición N° 285, “indignado por la alusión que se hacía a su supuesta falta de valor”. El “domador” era su viejo adversario Carlos Ibáñez.

Lo que nunca faltó, ni entonces ni después era el valor de los humoristas para correr riesgos. Bajo la dictadura de Augusto Pinochet vivieron su época más gloriosa. Fue también la más dura: sufrieron censuras, prohibiciones y encarcelamientos. Por supuesto no solo se persiguió al humor, pero claramente era el blanco favorito.
Fueron incontables las publicaciones —algunas clandestinas— que en esos años hicieron (o trataron de hacer) reír a los atribulados chilenos. Ejemplo sobresaliente fue una portada de la rervista Apsi. En agosto de 1987 se puso a la venta un número caratulado como Las mil caras de Pinochet (mi diario secreto). En la portada aparecía una imagen del dictador como Luis XIV. La edición fue requisada en los quioscos bajo la acusación de “asesinato de imagen”. Los editores Marcelo Contreras y Sergio Marras fueron detenidos.
En esos años, cuando se ejerció la censura, además de los caricaturistas los damnificados eran quienes estaban a cargo de las diferentes secciones, incluyendo no solo la política sino también cultura y noticias internacionales. Más de una vez se incurrió en decisiones grotescas: como eliminar una nota porque, según el censor, el titular podía esconder un mensaje subversivo. Fue lo que sucedió con un pequeño párrafo sobre los “jardines escolares de transición”: en un tiempo, hablar de “transición” era ofensivo para el deseo de eternizarse en el poder del régimen. Otra vez, una página del dibujante Hervi fue suprimida por ser una versión, considerada subversiva, del cuento de Caperucita Roja y el lobo.
La venganza del autor fue una serie larga, probablemente más larga de lo que él mismo imaginó, pero que tuvo —para él y la oposición, al menos— un final feliz.
Durante semanas, el dibujo principal de la página fue una torre, de vago parecido al edificio Diego Portales. Era evidente que desde allí se impartían órdenes y también se sufrían reveses. En algún momento el edificio empezó a presentar graves daños estructurales. Fue necesario apuntalarlo y logró resistir.... hasta que después del triunfo del No [a la continuidad de Pinochet] en el plebiscito de 1988, quedó reducido a escombros.
El 10 de octubre de 1988, la revista Hoy publicó la imagen de los restos de la torre, aplastada por un gigantesco NO mientras sobre la ciudad brillaba un esplendoroso arcoiris. Desde entonces el diálogo se mostraría a ras de tierra o, incluso, desde más abajo.
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