Estampas del crimen y el ocaso
En ‘Casos reales’, de Yasmina Reza, van pasando criminales sanguinarios, políticos corruptos, esposas desesperadas o padres destrozados por la pérdida. Todos son observados desde el punto de vista de quien escruta desde el fondo de una sala de tribunal

En la estela de las series de true crime, con un ojo atento a los detalles nimios y los gestos sutiles, Casos reales (Alfaguara, 2026), el más reciente libro de Yasmina Reza, nos entrega una colección variopinta (y a ratos irregular) de escenas vistas en tribunales franceses durante más de quince años. La escritora gala —dueña de una amplia trayectoria como novelista y, sobre todo, como dramaturga— entreteje aquellas escenas con estampas de su propia vida, donde el paso del tiempo, la vejez, las amistades y las caminatas por Venecia, ciudad en la que ella habita, se vuelven protagonistas. Aunque el diálogo entre los relatos judiciales y las estampas biográficas no siempre fluye del todo, en el volumen abundan pequeñas joyas que hacen de Casos reales una lectura amena y atractiva.
En medio centenar de capítulos brevísimos —algunos fragmentos de pocos párrafos, escenas mínimas que caben en una página— van pasando personajes de la más variada laya: criminales sanguinarios, políticos corruptos, esposas desesperadas o padres destrozados por la pérdida. Todos ellos son observados desde el punto de vista de quien escruta la situación desde el fondo de una sala de tribunal. Allí, en el lugar encargado de impartir justicia, vemos aparecer las razones que llevaron a hombres y mujeres a romper el equilibrio precario de un mundo que pareciera siempre estar a punto de caer por el despeñadero. La gran virtud de Casos reales es que se nota el talento de Reza para armar con eficacia las escenas dramáticas: con pocas pinceladas —un guiño, un tono de voz, una prenda de vestir— logra construir de cero las tensiones involucradas en cada caso, despertar la empatía del lector con ciertos personajes y, no pocas veces, sorprender con un humor inteligente que obliga a observar de nuevo la situación que tenemos delante de nuestros ojos. Asimismo, más que en lo sobrecogedor u horrendo de los crímenes que relata, el énfasis del volumen está puesto en la capacidad de lograr contar una historia de manera eficiente, pues como dice de manera aforística, “cuando la intriga es simple, soberana es la narración”.
Reza, nacida en 1959, le otorga un especial protagonismo a la vejez. No solo la de su amigos y conocidos que se enfrentan al ocaso de sus vidas, sino también a la de los personajes que observa en diversos procesos judiciales, ya sea como víctimas o victimarios de aquellos casos reales que le sirven como material literario. Así, la mujer que vendió un departamento con condición de habitarlo hasta su muerte, pero que afronta un intento de homicidio por parte de su comprador; la anciana cuyo vecino parecía tan atento, a quien incluso llamaba “su ahijado”, pero no era sino un embaucador que quería robarle; la de esos padres que perdieron a su hija y enfrentan sus luto de modo hierático y maquinal; la de aquella heroína de la Resistencia convertida en una débil y mañosa anciana… Allí, en las postrimerías de la vida parece haber una preocupación particular de la autora. Reza escruta el modo en que el olvido, la vulnerabilidad o la pérdida van afectando una trayectoria vital que se acerca a su fin y que debe adecuarse, de paso, a que el mundo a su alrededor haya cambiado las reglas y hábitos de manera radical.
La escenografía judicial ha demostrado siempre una enorme vitalidad y plasticidad literaria. Ya sea desde textos fundamentales como Los hermanos Karamazov y sus profundos juicios antropológicos, el examen de los criminales en A sangre fría, de Truman Capote, hasta clásicos contemporáneos como El adversario, de Emmanuel Carrère, los procedimientos por medio de los cuales el Estado moderno intenta impartir justicia y restablecer el orden roto por el crimen resulta sumamente sugerente para la novela. Los tribunales, con sus acusados, fiscales, jueces y jurados, dan cuenta de la teatralidad del mundo y permiten profundizar en las razones que llevan a los hombres a actuar en un sentido u otro. Allí, frente a la reconstrucción de los hechos y la exposición desnuda de las motivaciones que han permanecido ocultas en la intimidad, es posible hundirse en las grandes preguntas de la existencia, su relación con el bien y el mal y las razones por las que el asesinato, el engaño o la violencia surgen en los contextos más dispares.
Uno de los puntos altos de Casos reales radica en su capacidad de mostrar sin juzgar, de hacer evidentes las tensiones y ambigüedades que implica todo acto humano, por horroroso que parezca ante el baremo de la justicia institucional. Con ello, la autora no resta un ápice de gravedad a los crímenes ni intenta exculpar las faltas cometidas, pero sí nos permite hurgar en lo insondable de toda alma humana que intenta explicar sus acciones y enfrentarse así, más que al tribunal del Estado, de la moral o de Dios, ante sí mismos y nosotros, los comprensivos lectores.
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