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POPULISMO
Opinión

El populismo: crisis del concepto y desborde de la realidad

Si Trump es populista, ¿en qué sentido lo es? ¿Podemos sostener tan fácilmente que Trump es lo mismo que el presidente electo de Chile José Antonio Kast? Más profundamente, los proyectos que sustentan al populismo de derechas, ¿son equivalentes?

Donald Trump

Desde hace alrededor de un cuarto de siglo, buena parte de la investigación en ciencias sociales ha girado en torno al concepto populismo, y con muy buenas razones. Si bien el fenómeno que describe no es completamente nuevo (formas de liderazgo individual o colectivo que se originan en una separación entre una elite y un pueblo tendencialmente unificado por su aversión a quienes nos gobiernan), en el tránsito al siglo XXI el populismo hacía cada vez más sentido. La multiplicación de experiencias de gobierno encabezadas por líderes providenciales y partidos populistas consolidaban la pertinencia del concepto, el que era precisado mediante el análisis de la naturaleza de su ideología: ya no relatos intelectualmente densos, sino el predominio de una ideología delgada organizada por supuestos simples y coherentes. Lo que nunca quedó claro, por fallas en el razonamiento conceptual, es si el populismo requería o no de liderazgos carismáticos, un adjetivo que refiere a un concepto weberiano que no es fácil de utilizar en investigaciones orientadas a medir a cualquier precio. Este era el lado de la oferta populista, la que se encastraba con una demanda (o tal vez, una recepción electoral) hecha de actitudes, creencias y comportamientos que son cada vez mejor conocidos a través de encuestas y experimentos.

Este modo de operación del fenómeno populista y su concepto funcionó razonablemente bien por bastante tiempo, hasta que empezó a irrumpir en la realidad y en el universo conceptual de las ciencias sociales otra terminología: el así llamado iliberalismo, un término que fue acuñado por Fareed Zakaria en 1997 en un célebre artículo en la revista Foreign Affairs, aunque sin alcanzar el mismo éxito que la investigación sobre populismos.

Es solo en los últimos diez años que la investigación sobre iliberalismos encontró sus condiciones políticas e históricas de posibilidad, cuando el líder populista y ahora iliberal Viktor Orban reivindica para sí mismo el iliberalismo: su proyecto político es el de una “democracia iliberal”, lo que fue refrendado en una conversación con Zakaria en 2014 en la Universidad de Verano de Bálványos. Esto significa que el fenómeno Orban y todo lo que entendíamos por populismo se comprenden mejor bajo la lógica del iliberalismo, un tipo de régimen que involucra formas de pensar, prácticas de gobierno, rescates del pasado, restauraciones, retóricas y políticas. Ha sido tal el éxito y la centralidad del iliberalismo que en 2021 fue publicado un Routledge Handbook of Iliberalism (bajo la conducción de András Sajó, Renáta Uitz y Stephen Holmes), seguido por un Oxford Handbook of Illiberalism en 2023 (bajo la dirección de Marlène Laruelle): entre ambos libros, suman 2100 páginas de estudios.

Todo esto que suena muy académico y un asunto que solo puede interesar a especialistas tiene una bajada muy concreta, eminentemente política. Si en el concepto de populismo encontraban cabida sin necesidad de entregar mayores explicaciones sobre lo que los une liderazgos tan distintos como los de Orban, Erdogan, Le Pen, Bukele o Trump, eso se transforma en un problema bajo claves iliberales. Si en la literatura sobre populismo Kast, Milei, Bolsonaro, Trump, Abascal y Meloni son expresiones de un mismo fenómeno, la literatura sobre iliberalismos ve en ellos profundas diferencias: los periodistas tanto chilenos como europeos ya están viendo un problema en el efecto homogeneizador que es ejercido por el concepto de populismo, puesto que tras el reporteo les pena amalgamar liderazgos tan distintos no solo en estilo, sino en proyectos políticos y prácticas de gobierno. El problema se complejiza aun más con la inclusión de populismos de izquierdas (desde Podemos hasta Syriza, pasando por Hugo Chávez y el sandinismo de Daniel Ortega), en donde el denominador común del pueblo contra la casta y todas las actitudes asociadas es demasiado vago para detectar diferencias e interesarse en ellas. Convengamos que esta misma dificultad se observa en el espinudo problema que plantea el iliberalismo de izquierdas: el fenómeno evidentemente existe, pero plantea la pregunta por su desigual recurrencia entre izquierdas y derechas, así como lo que distingue a ambos tipos de iliberalismos (y lo que los diferencia al interior de cada una de estas categorías espaciales). Dicho de otro modo: el “populismo” y el “iliberalismo” no son igualmente sensibles a las sinuosidades de lo real.

Pongamos el ejemplo de la derecha en Estados Unidos. El corpus de textos doctrinarios que sustentan a la derecha radical estadounidense es lo suficientemente diverso para no resentir la necesidad de distinguir entre distintos tipos de liderazgos y, llegado el caso, distintos proyectos iliberales. Definitivamente no es lo mismo la alt-right que la ilustración oscura (cuya primera historia acaba de ser publicada por Arnaud Miranda), o la derecha religiosa de corte evangélico y el aceleracionismo escéptico de Peter Thiel u optimista de Marc Andreesen. Si Trump es populista, ¿en qué sentido lo es? ¿Podemos sostener tan fácilmente que Trump es lo mismo que el presidente electo de Chile José Antonio Kast? Más profundamente, los proyectos que sustentan al populismo de derechas, ¿son equivalentes? Si el fenómeno populista es homogéneo desde sus premisas (ideología delgada, el pueblo contra la élite), ¿no hay un reduccionismo del enfoque al no incorporar elementos iliberales que los diferencian? Si el populismo homogeneiza, el iliberalismo pluraliza: a escala de la internacional reaccionaria en la que coexisten diversos tipos de derechas radicales y ultra, los festivales Europa Viva que son organizados por el partido Vox cumplen una importante función de articulación política de expresiones distintas, la que no es capturada por el concepto de “populismo”. En este sentido, la investigación sobre iliberalismos es mucho más sensible a las diferencias, a lo heterogéneo.

¿Cómo explicar esta crisis conceptual del populismo? Varias razones concurren. La primera de ellas es la excesiva rutinización del concepto y sus métodos de estudio: desde un inicio el concepto era demasiado gelatinoso, plástico si se quiere, adaptativo ante sus objetos políticos de estudio, lo que se prolongaba en una pasión positivista por la medición que no ayudaba a transformar la heterogeneidad del objeto en un problema de investigación. Pero más profundamente, es el propio objeto histórico de investigación el que evolucionó, desbordando el concepto con el que se quiso capturarlo para siempre: el populismo.

Esto no es científicamente extraño: es una expresión de cómo el objeto de estudio, en este caso el populismo, muta, evoluciona y se transforma de tal modo que desborda al concepto que lo nombra, abriendo paso a otras formas de pensar. El iliberalismo no es ni será la panacea, pero hoy es mucho más sensible a las diferencias que configuran a un fenómeno tan inquietante como heterogéneo.

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