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Literatura
Tribuna

Un enigma vacío

La mixtura genérica de ‘El corazón revolucionario del mundo’, de Francisco Serrano, entre thriller político-revolucionario y fantasía, podría haber dado resultado si los personajes hubiesen tenido cierta profundidad más allá de un acartonamiento simplón

‘El corazón revolucionario del mundo’ - Francisco Serrano

Recuerdo haber visto hace muchos años Ed Wood, una película protagonizada por Johnny Depp que relataba la historia de un pésimo director de cine de terror. Tanto el personaje en cuestión como la película misma tenían cierta distancia de sí a la hora de mostrar la deficiencia del creador, su chapucería y falta de talento, lo que producía empatía en nosotros, los espectadores. De ese modo, las pésimas producciones cinematográficas que dirigía el personaje encarnado por Depp conservaban un aura desapegada, una tierna pantomima que impedía tomarse el asunto demasiado en serio. La película simulaba una mala factura para mostrar el trabajo de Wood, y esa misma simulación y conciencia de artificio producía una gracia que arreglaba todo entuerto. A diferencia de esa película, El corazón revolucionario del mundo —reconocida con el XXI Premio Tusquets de Novela a fines del año pasado— tiene uno solo de los ingredientes que hacían de Ed Wood una buena película: lo acartonado de los personajes, escenografías y tramas. Le falta, sin embargo, ironía y distancia de sí misma; de ahí que la solemnidad con que aborda la trama revolucionaria (y unas inexplicables variantes esotéricas u ocultistas), la gravedad con que insufla los gestos de los personajes y el poco vuelo de su prosa (y a ratos su sobrecarga empalagosa) solo dan como resultado una novela mediocre, olvidable y vana.

El corazón revolucionario del mundo, la cuarta novela del autor extremeño Francisco Serrano, relata la historia de Valeria, una veinteañera huérfana que ha sido rescatada por Joel e introducida en la estructura clandestina del Frente de Acción Revolucionaria (FAR). Al comienzo de la novela vemos a ambos personajes en Londres, en un departamento sencillo, pero sofisticado, lleno de libros, donde él funge de maestro, escribe un largo manifiesto y la instruye en los principios que guían su organización. Ella es una discípula obediente, que acompaña su proceso educativo con una especie de servidumbre que se da por hecha, y que incluye no solo las tareas domésticas sino también encuentros sexuales cuya naturaleza sentimental no es siempre nítida.

El carácter subversivo de su misión, que al comienzo de la obra está rodeado de un aura de misterio, lleva a Valeria y a Joel a Francia, a la región ficticia de Averoigne. Allí deben realizar una importante tarea que planifican con minuciosidad en una casa de campo, en conjunto con “los alemanes”, miembros de la Facción Roja Revolucionaria (FRR) que se asocia a ellos. En ese nuevo destino, en tierras donde antaño se quemaron brujas y druidas —y con guiños a la fantasía metafísica de Lovecraft y Clark Ashton Smith—, la trama va tornándose fantasmática y mágica. Allí, la célula del FAR lleva a cabo un secuestro cuyos motivos políticos terminan siendo, para la protagonista, mucho menos relevantes que los metafísicos, y donde Valeria y Joel se abren a una dimensión teosófica que excede cualquier ideología subversiva. En ese proceso, mientras Joel y sus colegas del FRR interrogan al secuestrado para averiguar sobre unas asociaciones secretas, Valeria traspasa sus límites, ejecuta acciones que creía no poder llevar a cabo y adquiere habilidades que la hacen, al parecer, acceder a una realidad incognoscible para todo su entorno.

Las debilidades del libro pueden sintetizarse en una escena que se encuentra hacia el final de El corazón revolucionario del mundo. En ella, Valeria lee una novela que compró en una librería de viejo, Estación espacial Enigma, un ajado volumen sin portada y mal impreso. Carlos Reseda, un mercenario que acompaña a los revolucionarios y que produce una atracción intensa sobre Valeria, le pregunta qué está leyendo, y al decirle ella el título vuelve a inquirir: “¿Y en qué consiste el enigma, Valeria? / Ella negó con la cabeza. / No lo sé, dijo, no logro comprenderlo”. Algo similar nos pasa leyendo esta novela de Francisco Serrano: a pesar de su pretendida profundidad, de su apariencia de misterio y su cariz metafísico, no logramos comprender qué nos quiere relatar la historia de Valeria y su célula revolucionaria.

Las falencias de la novela son de diversa naturaleza. La mixtura genérica, entre thriller político-revolucionario y fantasía, podría haber dado resultado si los personajes hubiesen tenido cierta profundidad más allá de un acartonamiento simplón; la dimensión ideológica podría haber funcionado con una mínima verosimilitud y atención a los detalles de qué implica ser parte de una célula revolucionaria, pero las concesiones sentimentales hacen del FAR (y de sus compañeros del FRR) una basta caricatura que habría caído apenas comenzado el combate; y, en fin, las preguntas éticas que plantea toda revolución —el precio a pagar por buscar la utopía, la culpa y la responsabilidad de la violencia, la manipulación psicológica por parte de superiores inescrupulosos— podrían haber sido sugestivas si la reflexión en torno a la moralidad hubiese contado con un mínimo de profundidad conceptual o de matices a la hora de mostrar aquellas tensiones.

No es primera vez que los premios literarios entregados por grandes grupos editoriales recaen en obras de escasa calidad. Sin embargo, son más evidentes las razones para entregar el suculento premio Planeta a un animador de televisión —como sucedió hace poco con Juan de Val— que destacar una novela mediocre que hace aguas por los cuatro costados. Podría esperarse que, al menos en los sellos de cierto prestigio literario, como Tusquets, se conserve un estándar más elevado que el que demuestra el reconocimiento de El corazón revolucionario del mundo con tan importante galardón.

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