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El milagro del vino chileno en el desierto más árido del mundo

En los suelos salinos de la Pampa de Tamarugal se cultivan cinco cepas de uvas, las que son usadas para producir vinos tintos, rosa, naranja y blanco en condiciones climáticas extremas

Celestino Cruzpaco, trabajador del viñedo Doña Franitza de los Puquios, en la comuna de La Huayca, región de Tarapacá, Chile

En el desierto más árido y seco del mundo, el de Atacama, crecen hectáreas de parras. “Es un milagro”, dice Tomás Salazar, un venezolano de 37 años que trabaja en una de las nuevas viñas plantadas sobre los terrenos arenosos del municipio de Pica, en la región norteña de Tarapacá.

Las uvas son cultivos sensibles, pero en esta zona de Chile consiguen florecer cinco variedades a pesar de la extrema radiación solar, los vientos intensos, los suelos salinos y la escasez del agua: país (listán prieto), gros colman (originaria de Georgia, antigua Unión Soviética, y ahora solo cultivada en Tarapacá), ahmeur bou ahmeur (autóctona de Argelia), torrontés riojano y tamarugal. En 2016, esta última fue declarada una cepa chilena, la primera y única registrada en el país sudamericano por el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG), después de que científicos realizaron comparaciones, bajo estándares internacionales, con 7.000 patrones genéticos y no encontraron similitudes con otras ya existentes.

Sus descubridores, un grupo de investigadores de la Universidad Arturo Prat (UNAP), la bautizaron con el nombre de la localidad donde florece con mayor fuerza, la Pampa del Tamarugal. Y, en los últimos años, por su alta calidad, ha obtenido medallas de oro y puntajes máximos en concursos, como Catad’Or Wine Awards, y en guías especializadas; catalogándolo como un vino “súper premium”. Sin embargo, su historia aún pareciera estar detrás de bastidores o, al menos, no resuenan tanto como, por ejemplo, la del carmenere que vio su renacimiento en Chile (pero no es autóctona de este país) en 1994 después de creerse extinguida durante un siglo.

Se presume que el origen de tamarugal está en una mutación genética de otras vides ya existentes en la región de Tarapacá desde finales del siglo XVI, comenta Marcelo Lanino, ingeniero agrónomo que lidera el proyecto Vino del Desierto de la Facultad de Recursos Renovables de la UNAP.

Los españoles introdujeron esta bebida en Chile para la liturgia, produciéndolo también en el norte del país, en oasis como las poblaciones de Pica y Matilla, donde la vid prosperó y dio origen a una industria que abasteció incluso a Potosí (noreste de Bolivia), un importante polo minero sudamericano. Con la crisis del salitre, que ocasionó un declive económico, y la expropiación de aguas para destinar a la ciudad de Iquique, los viñedos fueron desapareciendo entre 1937 y 1949. Según registros históricos, los alemanes Heinrich Fröehlich y Petter Muffeler fueron algunos de los últimos agricultores en cultivar uvas antes de que se abandonara esta actividad en la región durante casi 80 años. De aquello solo quedaron documentos archivados, lagares –uno de ellos hoy convertido en un museo– y vides centenarias que sobrevivieron sin casi agua y bajo altas temperaturas.

“Solo queremos diferenciarnos”

La ingeniera agrónoma Ingrid Poblete, académica e investigadora de la UNAP, fue quien dio los primeros pasos que lograron resucitar a las parras olvidadas en Tarapacá, mediante la combinación de diversas técnicas. El hallazgo ocurrió cuando esta chilena inició una investigación para una tesis doctoral que derivó en el inicio de un programa para la recuperación de las antiguas cepas en 2003 y la creación de un jardín de variedades, en 2004, en el Centro Experimental de la UNAP, en la provincia de Tamarugal.

Ahí, en ese espacio que es visitado eventualmente por turistas y estudiantes universitarios desde 2019, todas las parras llevan el nombre de quienes las han plantado, incluyendo el de los pioneros del programa Vino del Desierto, que busca rescatar la tradición de la viticultura en el norte de Chile: Poblete, Lanino y Belén Sepulveda, egresada en Agronomía.

Cultivar uvas en condiciones extremas no es una cuestión dejada al azar. Los que deciden levantar viñedos en el desierto son apoyados por la UNAP que, gratuitamente, los capacita, otorga semillas y otros materiales, y les ofrece acompañamiento técnico para mantener el cultivo en el tiempo.

Poblete asegura que tratan de potenciar algunos valores, como la preservación del medio ambiente, con los agricultores de la región. “Lo ideal es que se establezca un modelo de negocios boutique. Es decir, el uso de poca superficie, pero obteniendo productos con alto valor agregado”, explica la investigadora.

Otra de las recomendaciones es que los procesos sean sustentables. Por ejemplo, todas las plantaciones reciben aguas dulces milenarias, de 9.000 años de residencia que son extraídas del subsuelo de la Pampa de Tamarugal, que reciben recargas de las lluvias del altiplano. Por el riesgo del agotamiento de este recurso, los que viticultores del desierto utilizan un sistema de riego presurizado de alta eficiencia.

“No queremos competir con nadie. Solo queremos diferenciarnos, tenemos otro foco. Como universidad no tenemos fines de lucro, pero sí tratamos de entregar todas las herramientas a los agricultores”, dice Poblete. Su objetivo es que el desierto sea un laboratorio de innovación agrícola y un posible nuevo terroir para el vino mundial, agrega.

No solo brotan uvas de colores rojo oscuro, violetas, rosadas, verde amarillento y cristalinas; sino también otros frutos, como limones, mangos y guayabas, usados para la preparación de destilados.

“Hay que ser valiente para levantar un viñedo en el desierto”

Celestino Cruzpaco, un boliviano de 52 años, riega hasta tres veces al día, cada vez durante una hora, los cuarteados suelos del predio “Doña Franitza de los Puquios”, ubicado en medio de la población de La Huayca. “En toda la vida que llevo trabajando como agricultor, nunca había visto algo así [plantaciones frutales en el desierto]”, indica.

La misma impresión tuvieron Christopher Frank y su padre, Jim, que inviertieron en predios de uvas en la localidad rural de La Tirana. “Hay que ser valiente para levantar un viñedo en el desierto”, reconoce Christopher Frank, de 45 años, y agrega que apostaron a esta iniciativa porque vieron una “oportunidad de potenciar una cepa que es única en el mundo y se genera en Chile, tamarugal”.

Lo que ocurre en su predio podría ser una esperanza para los grandes viñedos, históricamente localizados en las regiones centrales de O’Higgins y Maule, y otros productores que desafiados por el calentamiento global exploran alternativas, como moverse hacia las costas y el sur del país en busca de condiciones más favorables. El interés no es solo nacional, puesto que académicos de Oriente Próximo se acercaron recientemente a los desarrolladores de los vinos en el desierto de Atacama con la aspiración de establecer futuras colaboraciones. “De tanto mirar al centro y sur de Chile, hoy hay una opción para mirar al norte”, concluye Poblete.

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