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Desarrollo urbano
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La brecha verde que divide nuestras ciudades

Democratizar el acceso al verde no puede seguir siendo una política secundaria. Hay que entender que el verde urbano es infraestructura crítica, tan esencial como el agua potable o el transporte público

Santiago, Chile, en una imagen sin datar.

En América Latina, la crisis climática no solo se manifiesta en sequías, incendios o inundaciones. También se expresa —de manera silenciosa pero persistente— en la forma en que están construidas nuestras ciudades. El acceso al verde urbano se ha transformado en una nueva frontera de la desigualdad: mientras algunos barrios disfrutan de sombra, parques y aire limpio, otros quedan atrapados en paisajes de cemento, altas temperaturas y contaminación.

La evidencia es contundente. Estudios del Banco Interamericano de Desarrollo muestran que las zonas con mayor cobertura vegetal pueden registrar entre dos y cinco grados menos que los sectores densamente pavimentados durante episodios de calor extremo. En ciudades donde las olas de calor son cada vez más frecuentes, esa diferencia no es menor.

En Chile, esta desigualdad adopta una forma particularmente aguda. Un estudio reciente de la iniciativa Barrios por el Clima reveló que en el Gran Santiago la cobertura vegetal cayó desde un 44% en 2000 hasta un mínimo de 30% en 2015, producto del crecimiento urbano, la pérdida de suelos naturales y la sequía.

Datos satelitales de la NASA y la ESA muestran una recuperación paulatina durante la última década, alcanzando un 38% en 2025 -cifra cercana a la de 2005- gracias a iniciativas públicas, privadas y comunitarias.

Sin embargo, esa recuperación no ha sido equitativa: las comunas de mayores ingresos concentran la mayor parte de la vegetación urbana, mientras que las más vulnerables presentan hasta 11 veces menos cobertura verde: Pudahuel pasó de 40% a 20% de vegetación, Quilicura de 39% a 20% y San Bernardo de 50% a 32%. En contraste, comunas del sector oriente como Lo Barnechea (81%), Vitacura (77%) y Las Condes (75%) mantienen niveles muy elevados de cobertura vegetal urbana.

Esta es la llamada brecha verde: la distribución desigual de árboles, parques y vegetación dentro de una misma ciudad. Y sus impactos son múltiples. Según la Organización Mundial de la Salud, las áreas verdes urbanas reducen hasta en 20% el riesgo de enfermedades cardiovasculares y están asociadas a menores niveles de estrés, depresión y patologías respiratorias. Además, un solo árbol adulto puede capturar hasta 150 kilos de CO2 al año y reducir la temperatura del aire circundante en varios grados.

En América Latina, donde más del 80 % de la población vive en ciudades, la brecha verde es también una brecha de salud pública. En barrios con baja cobertura vegetal se concentran mayores tasas de mortalidad asociada a altas temperaturas. En un continente que ya registra algunas de las ciudades más desiguales del mundo, el clima está amplificando esas inequidades.

El diseño urbano tradicional muchas veces ha expulsado la naturaleza de la ciudad, con consecuencias directas cuando enfrentamos olas de calor y eventos extremos. Ciudades como Valdivia o Puerto Montt, con coberturas vegetales superiores al promedio urbano nacional en Chile, muestran que otras trayectorias son posibles y que el verde urbano puede integrarse desde la planificación inicial.

Por eso, democratizar el acceso al verde no puede seguir siendo una política secundaria. Integrar infraestructura verde —arbolado urbano, corredores ecológicos, parques de barrio, suelos permeables y soluciones basadas en la naturaleza— debe convertirse en una prioridad de la planificación urbana. No solo como estrategia ambiental, sino como una inversión directa en bienestar y resiliencia climática.

Las ciudades latinoamericanas aún están a tiempo de cerrar esta brecha. Pero hacerlo exige cambiar el paradigma: entender que el verde urbano es infraestructura crítica, tan esencial como el agua potable o el transporte público. Mientras sigamos aceptando que la sombra, el aire limpio y el alivio térmico dependan del código postal, estaremos normalizando que el cambio climático también discrimina.

La brecha verde es, en el fondo, una radiografía de cómo distribuimos el bienestar en nuestras ciudades. Reducirla no solo es una tarea ambiental: es una obligación ética y una inversión en un futuro urbano más saludable, justo y habitable para todos.

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