De ser un vertedero ilegal a acumular premios: así es el monumental jardín a pies de la alcazaba de Almería
La memoria, la defensa del medio ambiente y el respeto a la arqueología marcan los Jardines Mediterráneos de La Hoya, trabajo firmado por KAUH Arquitectos que acapara reconocimientos desde su inauguración


Hagan la prueba. Cierren los ojos, respiren profundamente e imaginen un parque. En la imagen que se representa es muy probable que aparezca un extenso manto verde en forma de césped, zonas de sombra, flores, quizá una fuente o un lago. Es a lo que estamos más que acostumbrados a ver en las ciudades de estas latitudes. En Almería, sin embargo, hay un lugar completamente diferente. Inesperado. La vegetación es escasa, los pocos árboles aún están creciendo, hay una fuerte presencia de piedra y domina una paleta de colores ocres, desérticos. Son los Jardines Mediterráneos de La Hoya, a pies de la alcazaba almeriense. Proyecto de atmósfera árida que desde su inauguración a finales de 2023 no para de acumular reconocimientos: de los Premios Andalucía de Urbanismo a los +Historia de National Geographic, pasando por los Gubbio 2024 además de ser finalista de la Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo, entre otros muchos.

Que este espacio, ubicado junto al barrio de La Chanca, haya sido galardonado en repetidas ocasiones no es casualidad. A pesar de la rareza que pueda causar como primera impresión, todo en él está pensado para respetar la memoria del lugar, proteger las especies de flora y fauna autóctonas, rendirse ante la monumentalidad del recinto árabe y abrirse a nuevas funcionalidades: desde conciertos hasta la posibilidad futura de realizar trabajos arqueológicos en su subsuelo. Es un trabajo realizado por el estudio Kauh Arquitectos, con sede en Granada, formado por Vincent Morales y Juan Antonio Sánchez, quienes han desarrollado una larga trayectoria de más de dos décadas con numerosos trabajos de edificación pública y privada, con un especial interés por el paisajismo. Y que han sabido armarse de paciencia: el concurso público para la actuación almeriense se lanzó en 2009 y se resolvió a principios de 2010, pero no fue hasta 2020 cuando se retomó. Las obras arrancaron a inicios de 2022 y finalizaron 18 meses después. “Probablemente el proyecto haya salido mejor ahora que si lo hubiéramos hecho entonces, porque hemos aprendido mucho en este tiempo”, reconoce Sánchez, profesor de la Penn State University de Pensilvania (Estados Unidos) y de la Universidad de Granada.
El arquitecto relata que para dar forma a este proyecto ellos mismos se preguntaron qué significa un parque en el siglo XXI. Para responderse tiraron, primero, de memoria. Repasaron el momento álgido de Almería allá por los siglos XI y XII, después de la construcción de la alcazaba. También su posterior decadencia, el barrio medieval que surgió a sus pies, su abandono. Investigaron sobre la construcción del canal de San Indalecio en el siglo XIX, una red hídrica que permitió llevar agua hasta la rambla donde hoy se asienta el parque. Entonces nació un cortijo dedicado a la agricultura, que pasó momentos buenos y malos hasta su ruina. Hubo árboles frutales, parrales de uva, un huerto de chumberas, todo regado gracias a un sistema de canales y albercas. “Nos dimos cuenta de que el proyecto ya estaba allí, solo había que hacerlo emerger”, explica el profesional, que recuerda cómo en los últimos años el lugar, sin uso, se había convertido en un vertedero ilegal donde, además de coches aparcados, había prostitución y tráfico de drogas. Apunta igualmente cómo desde los primeros bocetos que dibujaron el estudio hasta la obra final la actuación ha seguido siempre un mismo mantra: el lugar manda. Así, ante cada pregunta, buscaban la respuesta a partir de esa premisa.

Del paisaje heredado al futuro
El respeto a ese paisaje heredado es el principal punto de partida del proyecto, con un presupuesto total de 4,2 millones de euros. El segundo, la apuesta por la regeneración medioambiental, de ahí que de los 42.000 metros cuadrados de superficie solo se haya actuado en algo más de la mitad: las laderas se han limpiado y mejorado, pero se han dejado libres de uso humano para respetar, por ejemplo, a animales como los camaleones o plantas como el arto (Maytenus senegalensis). “Queríamos que tuvieran el mismo nivel de protección que las propias murallas de la alcazaba”, indica Sánchez. El tercero ha sido rediseñar el lugar para uso de residentes y visitantes. Algo que hicieron obviando los usos programáticos para dejar que todo fluya en todas partes de manera más inesperada: desde los juegos de los niños hasta los recorridos de quienes pasean por allí, pasando por la opción de realizar eventos a partir de construcciones efímeras —sillas, escenario— para que no dejen huella, como ocurre en los ciclos culturales que se realizan en lugares como el Alcázar de Sevilla, la Alhambra de Sevilla o el jardín botánico de Madrid. E igual que esos espacios, dispone también de iluminación nocturna.

El espacio cuenta, a un lado, con el llamado paseo de las gacelas —que toma su nombre de los animales que el CSIC recupera en sus instalaciones más allá de la muralla de Jayrān— y, al otro, una configuración agrícola donde se han recuperados las paratas —terrazas— y más de 1,2 kilómetros de balates —murallas— restaurados con piedra de Alhama. “Fueron realizados por una cuadrilla marroquí, porque nadie más sabía hacer la técnica de piedra seca, considerada Patrimonio Inmaterial por la Unesco en el año 2017”, destaca el arquitecto, que señala que se mantuvo la configuración original, pero con más conexiones para hacer accesible el sistema aterrazado y, claro, permitir infinitos recorridos. “Cualquier elemento singular ha sido asumido y celebrado: desde los muros medievales sobre los que se construyó el cortijo que se ubicaba ahí hasta el aljibe de agua o la vegetación de la huerta”, afirma Sánchez. El sistema hídrico acompaña y refresca mientras que da de beber a la fauna. En el centro existe un valle central marcado por numerosas islas de vegetación, pobladas con especies autóctonas de baja necesidad hídrica: estrella de mar, palmito, siempreviva, esparto o tomillo andaluz. Entre ellas hay invitadas desde diferentes ámbitos mediterráneos como el iris africano o la salvia roja y otras que pueden vivir en distintas partes del planeta —plantas denominadas cosmopolitas o vagabundas— como la malva real.

El valle, llano, sin obstáculos, se creó con la acumulación de materiales a partir de un terrizo compactado que huye del hormigón y cuya árido base procede de la obra de extracción del suelo para construir el IKEA de Almería, aunque también hay pavimento terrizo con travertino almeriense procedente de Macael para evitar el polvo. Todos tienen, además, una paleta de colores muy almeriense e inspirada en sus territorios desérticos, las plantas secas o los edificios de arquitectura vernácula. En esa zona no hay árboles —sí hay moreras en el perímetro o frutales en la antigua zona agrícola, que requerirán de paciencia para que crezcan y den sombra a los bancos para sentarse y otras áreas— para que sus raíces no dañen el barrio medieval que hay en el subsuelo. “Esa capa arqueológica es invisible, pero es fundamental para entender el proyecto, que es totalmente reversible: queríamos prometer a los almerienses del futuro que si dentro de cien años quieren realizar una intervención arqueológica, pueda hacerse”, concluyen los arquitectos sobre un parque que es ya el orgullo de Almería.
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