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Izquierda chilena
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El Socialismo Democrático y cómo salir del laberinto

Debe dejar de ser un culto a sus mártires para volver a ser un referente de progreso que le hable al Chile de hoy

Con el triunfo de José Antonio Kast, Chile tendrá en marzo un Gobierno inspirado en el libreto global de la derecha radical. Llegará ofreciendo orden y “medidas de emergencia” a un país que, paradójicamente, goza de indicadores, aunque frágiles, todavía robustos, y lo hará tras el fracaso electoral más inapelable de la izquierda desde el retorno a la democracia. Esto nos debe invitar a reflexionar con seriedad. Sostener que dicho fracaso se debe a que “se cambiaron las reglas” para los votantes —como ha dicho el exministro Giorgio Jackson— o que fueron “razones de coyuntura” lo que los llevó a votar en esta elección sería eludir la autocrítica e insistir en el veneno que Noam Titelman ha llamado “fachopobrismo”.

Esto no es solo un giro a la derecha. Es, como apuntan Jordán y David Altman, una rearticulación de los clivajes que definen la lucha por el poder, donde distinciones como gente/élite o apruebo/rechazo parecen haber desplazado al tradicional binomio democracia/dictadura. Y en este contexto la izquierda ha quedado offside, percibida como parte de una élite desconectada e inmovilizada tras un fallido intento refundacional que terminó regalándole el sentido común al adversario. Hoy, tras décadas de hegemonía cultural, la izquierda es percibida encarnando un sistema de valores añejo, con líderes que hablan un lenguaje extemporáneo. Mientras una parte de la juventud adopta interpretaciones abusivas de la historia —como que la UP fue una dictadura o que los crímenes de Pinochet fueron necesarios—, la izquierda continúa levantando lo que Daniel Mansuy llama una “muralla cognitiva”, construida sobre años dorados y figuras inexpugnables.

En este escenario, el Socialismo Democrático, enfrentado al desafío existencial de recuperar su relevancia, debe emprender una modernización doctrinaria que, contrario a lo que dirán algunos puristas, constituye la única lealtad posible con su histórica vocación de mayorías.

En este sentido proponemos cuatro giros estratégicos. En primer lugar, distinguir lo primario de lo secundario. La informalidad, el desempleo, el impacto de la migración y el aumento de crímenes violentos son urgencias legítimas de sectores que la izquierda busca representar. Insistir en la prioridad de otras agendas no sólo invisibiliza el deterioro de la vida en los barrios, también refleja el sesgo de una élite hidropónica incapaz de imaginar las consecuencias de todos estos factores en aquello que denominan “territorio”. Esto exige una doctrina de seguridad democrática robusta, entendiendo que ejercer la autoridad del Estado —y promover el respeto por ésta— es una condición habilitante para alcanzar un Estado de bienestar. Porque un Estado social y democrático de derecho, primero debe ser un Estado de derecho.

En segundo lugar, conectar con la aspiración de bienestar y revalorizar los mecanismos de compensación del esfuerzo individual. No se trata de caer en la trampa de Franco Parisi de reducir a las personas a sus aspiraciones de consumo, ni tampoco de volver a una forma de meritocracia insensible a diferencias de origen o de resultado. Se trata, en cambio, de diseñar o retomar políticas públicas tan sensibles como sea posible a las circunstancias materiales, el esfuerzo individual y la diversidad de planes de vida de las personas. Definir una posición política apropiada para hablarle sin complejos a la mayoría del país y no solo a una base histórica de electores, reivindicando una institucionalidad que contribuya a que la satisfacción de las aspiraciones de progreso no depende de la clase, apellido, comuna de residencia, etnia, género u otras.

En tercer lugar, realizar una herejía necesaria y reemplazar la nostalgia por un proyecto de futuro. El Socialismo Democrático debe dejar de ser un culto a sus mártires para volver a ser un referente de progreso que le hable al Chile de hoy. Los universos simbólicos en la izquierda están seriamente limitados por anclajes en el pasado, que van desde el Gobierno de la UP hasta la lucha contra la dictadura y los gobiernos de la Concertación. Nada de esto le hace sentido a la mayoría, y el triunfo de un candidato pinochetista es la prueba fehaciente de esa desconexión. Es urgente elaborar un nuevo imaginario progresista, porque para proponer un futuro primero hay que ser capaces de concebirlo.

Finalmente, todo lo anterior requiere una dimensión comunicacional y para eso hay que refrescar la imagen y disputar los algoritmos. La derecha radical ha crecido globalmente porque entendió que también hay batallas que se libran a través de videos de 15 segundos, estéticas trabajadas y mensajes confeccionados a medida. El progresismo se beneficiaría de recoger aprendizajes del éxito de republicanos para habitar el plano digital, entendiendo que la forma es parte también del fondo y que el sentido común se disputa allí donde se produce. Esto no significa volcar toda la energía a lo digital, ni constituye un atajo para desarrollar un mensaje de fondo; nuestra generación, de hecho, ha demostrado que es posible conjugar el éxito en redes sociales con fracasos políticos sonoros. Pero, aunque las malas ideas no mejoran con videos en TikTok, las buenas ideas los necesitan.

Si las fuerzas del socialismo democrático no son capaces de ofrecer un proyecto moderno capaz de interpretar las aspiraciones de la ciudadanía —y no solo la idiosincrasia militante—, podrían colaborar con el enraizamiento de la “nueva derecha” en el poder. Hoy la centroizquierda debe pensar en frío, desafiar su propia inercia y diseñar una estrategia de largo plazo si quiere volver a ser mayoría y reconquistar el sentido común.

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