Cóndor y sus consecuencias: después de 50 años, la historia de la operación es relevante
Las pruebas fehacientes de las atrocidades coordinadas contra los derechos humanos cometidas por los regímenes militares del Cono Sur nunca podrán negarse, encubrirse ni justificarse

El 25 de noviembre de 1975, día en que el general Augusto Pinochet cumplía 60 años, cuatro delegaciones de oficiales de la policía secreta del Cono Sur se reunieron en Santiago de Chile, por invitación del servicio de inteligencia chileno, la DINA. Su misión: “establecer algo similar a la INTERPOL”, según la agenda confidencial de la reunión, “pero dedicado a la subversión”.
Durante su reunión clandestina de tres días celebrada en la Academia de Guerra de Chile, los oficiales militares de Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay acordaron formar “un sistema de colaboración” para identificar, localizar, rastrear, capturar y “liquidar” a los opositores izquierdistas de sus regímenes. Al concluir la conferencia, el 28 de noviembre, un miembro de la delegación uruguaya se levantó para brindar por el país anfitrión y propuso que la nueva organización recibiera el nombre de la majestuoso ave nacional de Chile: el cóndor andino.
Según un resumen secreto de la reunión, la propuesta fue “aprobada por unanimidad”. Así nació el “sistema Cóndor” transnacional, un símbolo flagrante de los abusos de poder del pasado que el autoritarismo puede traernos en el futuro.
Hace medio siglo, la inauguración del Cóndor desencadenó una ola de terrorismo patrocinado por el Estado en todo el hemisferio occidental y más allá. La "Operación Cóndor“, como la identificó la CIA en informes de alta confidencialidad, se convirtió en una agencia multinacional de “represión transfronteriza”, como ha escrito el periodista de investigación John Dinges en su exhaustiva historia, Los Años del Cóndor, “[cuyos] equipos fueron mucho más allá de las fronteras de los países miembros para lanzar misiones de asesinato y otras operaciones criminales en Estados Unidos, México y Europa”.
Durante el período activo de la operación del Cóndor, entre 1976 y 1980, Dinges y otros investigadores registraron al menos 654 víctimas de secuestros, torturas y desapariciones transnacionales. La mayoría de esos crímenes contra los derechos humanos se cometieron en la región del Cono Sur. (En 1976, Brasil; en 1978, Perú y Ecuador se juntaron también.) Pero una subdirección del Cóndor, cuyo nombre en clave era Teseo —por el heroico rey guerrero de la mitología griega— estableció una unidad internacional de escuadrones de la muerte con sede en Buenos Aires que llevó a cabo 21 operaciones en Europa y otros lugares para asesinar a opositores de los regímenes militares del Cono Sur.
Creación en Chile
La creación del Cóndor debe atribuirse al régimen de Pinochet, más concretamente al jefe de la DINA, Manuel Contreras. Según declaró un miembro del Cóndor a la CIA, él fue “el hombre que originó todo el concepto del Cóndor y ha sido el catalizador para su puesta en marcha”. Contreras invitó personalmente a sus homólogos de Argentina, Bolivia, Uruguay y Paraguay a asistir a la reunión inaugural en Santiago en noviembre de 1975. Chile también acogió la segunda reunión, celebrada en Santiago el 31 de mayo de 1976, en la que se creó la subdirección del Cóndor para asesinatos internacionales, Teseo. Para seleccionar los blancos a “liquidar”, según un informe secreto de inteligencia de la CIA, Contreras “coordinaba los detalles y las listas de blancos con el presidente chileno Augusto Pinochet”.

“Chile tiene muchos blancos (no identificados) en Europa”, señalaba otro informe de la CIA. Fuentes de la CIA también indicaron que “algunos líderes de Amnistía Internacional podrían ser seleccionados para la lista de blancos".
Santiago también sirvió como sede de la oficina central de datos y archivos del Cóndor. Pero la división operativa, de mando y control del Cóndor, conocida como Condoreje, tendría su sede en Buenos Aires. La unidad especial del escuadrón de la muerte Teseo, integrada por agentes especialmente entrenados de Chile, Argentina y Uruguay, también utilizaba una base en Buenos Aires.
“Cada representante presentará su elección de objetivo en forma de propuesta”, establece el acuerdo Teseo, de septiembre de 1976, obtenido por la CIA. “La selección final de un blanco se realizará por votación y por mayoría simple”. En la sección Ejecución del blanco, el texto del acuerdo continúa: “Esto es la responsabilidad del equipo operativo, que (A) interceptará al blanco (B) ejecutara la operación y (C) escapará”.
Los costes operativos de estas misiones de asesinato se estimaron “en 3.500 dólares por persona durante diez días, con 1.000 dólares adicionales la primera vez para gastos de ropa”.
El papel de Estados Unidos
Conocemos estos detalles banales de tales operaciones terroristas porque los funcionarios del Cóndor los compartieron en secreto con la CIA; y más de 40 años después, los documentos de inteligencia ultrasecretos de la CIA fueron finalmente desclasificados. La agencia de inteligencia parece haber tenido conocimiento de la existencia del Cóndor en marzo de 1976, pero sus esfuerzos de recopilación de información se intensificaron tras la segunda reunión del Cóndor en Santiago, después de que se enterara del plan Teseo.
A menudo se ha acusado a Estados Unidos de fomentar la Operación Cóndor, pero esas acusaciones son inexactas. Sin duda, funcionarios como el secretario de Estado Henry Kissinger no tenían ningún problema con las “guerras sucias” en el Cono Sur; Estados Unidos ayudó a llevar al poder a esos regímenes militares represivos, apoyó a las fuerzas policiales secretas del Cono Sur y fomentó el intercambio de inteligencia entre ellas.
Sin embargo, los funcionarios estadounidenses sí tenían un gran problema con las operaciones de asesinato internacionales, en particular en las calles de las naciones aliadas de Europa, precisamente porque Washington estaba muy estrechamente vinculado a las juntas militares que estaban detrás de la Operación Cóndor. “A nivel internacional, los generales latinos parecen nuestros muchachos”, se le informó a Kissinger el 3 de agosto de 1976, en un documento informativo secreto sobre la existencia de la Operación Cóndor. “Nos asocian especialmente con Chile. Eso no nos beneficia en absoluto”.
Cuando los funcionarios estadounidenses se enteraron de las operaciones Teseo, la CIA se encontraba en medio de un escándalo por asesinatos masivos, generado por la publicación de un informe especial del Senado en Washington que revelaba la historia de la agencia en cuanto a complots de asesinatos contra líderes extranjeros, como Fidel Castro, Patrice Lumumba y el general chileno René Schneider. Por ello, los funcionarios de la CIA consideraban que estos complots del Cóndor eran una bomba de relojería para la agencia. “Los planes de estos países de emprender acciones ofensivas fuera de sus propias jurisdicciones plantean nuevos problemas para la Agencia”, advirtió el jefe de la división latinoamericana de la CIA, Ray Warren, a finales de julio de 1976. “Se deben tomar todas las precauciones para garantizar que la Agencia no sea acusada injustamente de participar en este tipo de actividades”.
De hecho, la CIA estaba tan preocupada por lo que Warren denominó “las ramificaciones políticas adversas para la Agencia en caso de que el Cóndor llevara a cabo asesinatos” que tomó medidas proactivas para adelantarse a las operaciones del Cóndor en Europa. Un estudio desclasificado del Senado de los Estados Unidos, basado en informes ultrasecretos de la CIA, afirmaba que “la CIA advirtió a los gobiernos de los países en los que era probable que se produjeran los asesinatos —Francia y Portugal— que, a su vez, advirtieron a los posibles blancos".
Lamentablemente, la CIA no logró detectar ni impedir la más dramática de las misiones del Cóndor: el asesinato con un coche bomba, el 21 de septiembre de 1976, del ex embajador chileno Orlando Letelier y su joven colaboradora, Ronni Moffitt, en el centro de Washington D.C. Para salvaguardar el secreto de esta audaz operación, el General Pinochet, quien según la CIA “ordenó personalmente” el asesinato de Letelier, y el Coronel Contreras evitaron la estructura Teseo, pero utilizaron la colaboración del Cóndor. Según la confesión del asesino de la DINA, Michael Townley, se le informó que había una agrupación de servicios de inteligencia, “Red Condor”, que incluía a Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y que los paraguayos les iban a dar “pasaportes oficiales y conseguir las visas oficiales para entrar a EE UU”.

Justicia y responsabilidad
Es una “ironía histórica”, como señala John Dinges, “que estos crímenes internacionales de las dictaduras dieran lugar a investigaciones, incluida una que culminó con la detención de Pinochet en Londres, que finalmente llevarían a cientos de militares responsables ante la justicia”. De hecho, los crímenes del Cóndor volvieron para atormentar a quienes los cometieron. El primer juicio por derechos humanos en Chile tras el retorno al gobierno civil condujo a la condena del coronel Contreras y su adjunto Pedro Espinoza por su participación en el asesinato de Letelier-Moffitt. El propio Pinochet fue detenido en Londres en virtud de una orden de la Interpol emitida por España en virtud del Convenio Europeo contra el Terrorismo. Un importante juicio que concluyó en mayo de 2016 en Buenos Aires condujo a la condena de 15 militares argentinos por los crímenes del Cóndor. En septiembre de 2018, el juez chileno Mario Carroza condenó a 20 exmiembros de la DINA por su participación en las atrocidades del Cóndor.
Estas investigaciones y procedimientos judiciales han creado un registro histórico dramático y revelador del Cóndor y sus consecuencias criminales. Sin duda, aún queda mucho por saber: los Ejércitos de los antiguos Estados del Cóndor han obstaculizado la divulgación de sus archivos de inteligencia; otros países, como Francia, Gran Bretaña y Alemania, siguen conservando archivos secretos sobre el Cóndor, y Estados Unidos ha censurado en gran medida los documentos de la CIA, ocultando información sobre los responsables de los crímenes del Cóndor.
Todos estos archivos deben ser divulgados. Como señala Francesca Lessa, autora de The Condor Trials, “cientos de familias de víctimas siguen esperando conocer la verdad sobre lo que les sucedió a sus seres queridos. Merecen respuestas cuanto antes”.
A pesar de los actuales esfuerzos de políticos en países donde operó Cóndor, como Chile, Argentina y Brasil, por borrar el pasado y fingir que estas atrocidades nunca ocurrieron, la documentación disponible sigue proporcionando el veredicto indiscutible de la historia: Culpables. 50 años después de la creación del Cóndor, las pruebas fehacientes de las atrocidades coordinadas contra los derechos humanos cometidas por los regímenes militares del Cono Sur nunca podrán negarse, encubrirse ni justificarse.
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