‘La separación’, el desamor como viaje
En la novela de Martín Kohan, es notoria la intención de reproducir la energía “de muerte” que genera siempre una separación, pero también “de vida”


Creo que es en El mar, el mar donde Iris Murdoch afirma con gran contundencia que la primera experiencia de la madurez de todo ser humano es la experiencia del desamor. Sea eso cierto o sencillamente ben trovato, lo que parece incontestable es que las personas que tardan en llegar a él son presas de una estupidez tan irritante como la que a veces tienen también las personas de una salud de hierro. La sabiduría (ya no digamos la empatía), cruza necesariamente la experiencia de la fragilidad. Abandonar/Ser abandonados.
Martín Kohan, probablemente uno de los dos o tres mejores escritores argentinos en activo —y una joya aún por descubrir para muchos lectores españoles— plantea esta separación como una especie de tríptico: en los paneles exteriores está el viaje, lo móvil; en el panel central, el dolor, lo estático. La historia es bien sencilla, como ya es habitual en Martín Kohan (tramas más simples, junto a un estilo cada vez más minucioso y detallista, como si se tratara de curvas divergentes): un abogado de Buenos Aires emprende un viaje en autobús a un pequeño pueblo de la provincia de Córdoba para visitar a su hermano, que acaba de separarse de su mujer, en un contexto en el que él mismo tampoco parece pasar por el mejor momento de su relación con la suya.
El viaje se plantea desde el inicio como una visita al fantasma de las Navidades futuras. La separación es una novela de ambiente, de textura, porque es notoria la intención de reproducir la energía “de muerte” que genera siempre una separación en su entorno, pero también “de vida”, por la apertura al misterio inevitable: qué sucedió, quién fue el culpable, de quién es la responsabilidad. También es una novela de viaje: porque todo desamor inevitablemente lo es. El viaje hacía una nueva criatura, la que nace de las cenizas de la relación. Todo abandonado es un Ulises.
Obviamente —como en la vida—, en la novela de Kohan el desamor está contagiado del mismo misterio que su opuesto. Y no solo porque dejamos de amar por motivos tan indiscernibles como los que nos llevaron a hacerlo, sino porque Kohan plantea aquí con bastante audacia el desamor como una nueva fórmula del amor romántico, del amor rendido e imposible. “El verdadero amor imposible no es el que jamás podría ser en el futuro, sino el amor que ya fue y se agotó en el pasado. El amor imposible es el desamor”.
Un cínico comentó una vez que nunca se está tan vivo como cuando se contempla una desgracia ajena, declaración que tiene la dificultad de ser totalmente mentirosa y dolorosamente astuta. Esta novela es la contemplación pausada —a ritmo de viaje en autobús— de la angustia inmóvil de quien no sabe por qué ha sido abandonado y de la preocupación de quien no sabe si algún día llegará a serlo. Una contemplación de la que se sale reconfortado, no tanto porque acabe mejor o peor para los amantes, o porque la suerte nos haga sentir temporalmente a salvo de la desdicha, sino por la humanidad sin respuestas, sin buenos ni malos, sin likes, que ofrece siempre la gran literatura.

La separación
Anagrama, 2026
232 páginas. 18,90 euros
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