¿Tener hijos hoy es moral o inmoral? Apuntes sobre ‘La vida o la nada’, de Marianne Durano
Desde una perspectiva cristiana y ecologista, la filósofa se enfrenta al juicio pesimista de que “traer niños a este mundo es condenarlos a sufrir”

Marianne Durano es filósofa, anticapitalista, decrecentista: aboga por reducir nuestro consumo para favorecer la sostenibilidad. Y madre treintañera. De cuatro hijos.
En este valioso ensayo, La vida o la nada. ¿Por qué tener hijos en tiempos de colapso?, cuenta con humor que ha tenido que escribir este libro porque la gente (amigos, desconocidos, normalmente de izquierdas, y hasta su propia madre) no para de decirle: “¿Pero tú no eras ecologista? Un hijo, vale; dos, bueno, al menos sigues por debajo de la tasa de reposición poblacional; ¿pero más?, ¿cómo se come?” Su texto es una explicación (¿una autodefensa?) de su condición de madre de muchos. No obstante, como filósofa que es, aporta más: una fundamentación ética de la procreación.
Su tesis es la siguiente: los humanos del presente tenemos la responsabilidad de evitar que el planeta siga hecho un asco. También de facilitar que los humanos de ahora y del mañana podamos vivir “vidas auténticamente humanas” (haciendo uso de nuestras facultades “propias”: moralidad, libre albedrío). Esta responsabilidad se condice, para la autora, con los ideales anticapitalistas y decrecentistas (este ensayo no le dirá mucho al lector que no comparta estos anhelos, pues se dan por sentados). Dicha responsabilidad implica, por fuerza, que siga habiendo niños: ganas de futuro. Sin hijos no tiene sentido mejorar el mundo o dejar de maltratarlo: sin hijos ni siquiera es coherente tener propósitos morales. ¿Para qué querer “hacer el bien” si no hay “a quien”?
El libro despliega pasajes inspirados. Se apoya en Marx, Hannah Arendt, Hans Jonas, Michel Foucault, entre otros, para responder a algunas de las críticas que, desde el antinatalismo, se les hace a quienes siguen teniendo progenie en este mundo arruinado. Claro está que si no fuera porque los humanos (unos más que otros) estamos devastando el planeta, para perjuicio de millones de humanos y de casi todas las otras criaturas, la duda de si está bien o mal generar más humanos (que seguirán asolando el mundo y/o que sufrirán un mundo asolado) no tendría sentido. Pero lo tiene.
Durano arguye que el problema no es la superpoblación sino la concentración de la riqueza. Que tener hijos no es ni un “tener” (un poseer) ni un “proyecto” (su noción de “transmisión” me ha recordado a la de la rabina Delphine Horvilleur). Que sin hijos no hay política: hay la nada. En el capítulo 5 se enfrenta, de la mano de Epicuro, al juicio pesimista de que “traer niños al mundo es condenarlos a sufrir”: el sufrimiento no impide la alegría. Pulula por aquí, como dato al que seguir dándole vueltas, esta información: “(…) La Franja de Gaza es una prisión a cielo abierto. (…) Y, sin embargo, con 7,7 hijos por mujer, el índice de fecundidad en Gaza es el más alto del mundo, a pesar de que las mujeres palestinas tienen un nivel educativo particularmente alto”.
Vale mucho la pena este libro. ¿Porque la autora convence? El lector sacará sus conclusiones. Tal vez la de Durano no sea la única manera de defender el tener hijos en esta época (o siempre). Tal vez no convence, si uno no comparte algunos de sus presupuestos. Tal vez sí convence, a pesar de ciertas trampas o lagunas que lastran su exposición. Por mi parte quiero apuntar algunos problemas en su argumentación. No creo que invaliden su núcleo. Me ha conmovido su propuesta y me ha dejado pensando, que es lo mejor que se le puede pedir a cualquiera. Sin embargo, creo que la autora (si tuviera a bien ofrecernos otro bello libro de filosofía como este, a saber, abocado a proporcionar razonamientos) también debería seguir pensando. Su libro podría haber sido mucho más inclusivo.
Claro está que si no fuera porque los humanos estamos devastando el planeta, la duda de si está bien o mal generar más humanos no tendría sentido
En primer lugar, para ella “la procreación es (…) una aquiescencia a un ‘impulso vital’ que nos atraviesa, (…) a todas las generaciones por igual”; como instinto, “se manifiesta como pulsión sexual”. Si juntamos esta idea con aquella otra ya apuntada de que (cito) “es nuestra fertilidad lo que nos convierte en seres morales” (aunque, al mismo tiempo, reconoce de pasada que sí hay otras maneras, sin tener hijos, de luchar por la dignidad colectiva), las objeciones me parecen claras. a) ¿Significa esto que la sexualidad no reproductiva (¡que es la gran mayoría, en los humanos y otros animales!) es menos moral que la reproductiva? b) ¿Significa esto que ha sido o es “una vida con menos sentido de la vida” la vida de los humanos que, por su propia constitución íntima, han quedado excluidos de antemano de la posibilidad de procrear biológicamente? Por infertilidad u otras afecciones. O por no ser heterosexuales. Millones y millones de personas, a través de los milenios. c) ¿Qué tiene que decir ante el hecho objetivo de que muchos humanos, al ser padres o madres, no se han convertido en mejores personas o “animales políticos” más “virtuosos”? Los ejemplos abundan. (Ella misma menciona a Elon Musk).
En segundo lugar, su ecologismo, al menos en este libro, se queda en la superficie. No se ocupa de considerar algunas de sus contradicciones (o retos), importantes para la cuestión que nos ocupa: conciliar humanidad y planeta. Y aquí vale la pena revelar algo que no se aclara hasta el final del libro: la autora profesa la fe cristiana. Es desde su ecologismo cristiano que da por supuesto (la autora no lo afirma; es mi interpretación) que, dado que Dios ama a todas sus criaturas, la armonía entre todos los seres vivos es lo natural. (Por cierto, también es desde su fe cristiana que para ella parecen quedar vinculados, ¡diríase que soldados!, moralidad, sexualidad, hijos y quizás hasta matrimonio. No sé si le hace mucho hueco a otras opciones). Pero mi pregunta es: ¿cómo propone este ecologismo cristiano abordar el hecho objetivo (con y sin capitalismo) de que hay intereses contrapuestos entre las distintas especies, y desde luego entre los humanos y los otros animales? (Al respecto pueden leer a Richard Girling, Will Kymlicka y Sue Donaldson o Jason Hribal, o sobre el parasitismo, o sobre ciertos procesos de domesticación animal). Durano no expresa de manera explícita que, en caso de conflicto, son los intereses de los humanos los que deberían prevalecer porque “somos superiores” y “más divinos” que los demás seres vivos. Sí me parece que lo hace de manera tácita al repetir y repetir que sólo los humanos somos capaces de moralidad y libertad. Libertad no sé, es complejo. Pero en cuanto a la moralidad, eso no es cierto. Muchos otros animales tienen sentimientos morales. Y recordemos, en todo caso, que nosotros también somos animales y que ninguna cualidad se crea ex nihilo. (Lean a Marc Bekoff o a Ashley Ward o a Frans de Waal aquí o aquí. Para reflexionar sobre cómo concertar m/paternidades humanas con conciencia animalista, les recomiendo a Jonathan Safran Foer y el ensayo gráfico recién publicado, delicado y profundo, sobre lobos y papás-lobo, La espera, de Mario Trigo).
En tercer lugar, Durano, aunque se ocupa de refutar bastantes ideas antinatalistas, se centra en algunas más bien ridículas (Ruwen Ogien, David Benatar…) y ni siquiera menciona la que creo que es la pregunta antinatalista más digna de meditarse con seriedad: ¿hay, éticamente hablando, algo “mejor” en las madres biológicas en comparación con las “alomadres”? (Investiguen sobre estas figuras: han contribuido a sostener nuestras vidas desde hace millones de años). O: ¿por qué no adoptar?
Hay más problemas: su obcecación con que el Estado sí se inmiscuye coercitivamente en la intimidad de las personas pero que la Iglesia Católica “ya no” (doy fe de que se equivoca); su suposición de que, si ella ha podido dejar de pelearse con sufrir gracias a ciertas enseñanzas epicúreas, cualquiera podría si quisiera… Porque volvemos a su problemática noción de libertad: ¿todo (¡menos la procreación, casualmente!) es cuestión de voluntarismo? Así, sobre quienes malviven con un nivel tan alto de malestar psíquico que llegan a manifestar que “desearían no haber nacido”, la autora se contenta con aseverar que estas personas “caen en una contradicción lógica” y que deberían más bien… ¡“o suicidarse o callarse”! Sin querer darse cuenta de que a) la realidad es incongruente, lo demuestran nuestras emociones y la física cuántica… y b) hablar de nuestro sufrimiento (hiperbólicamente incluso) puede, de hecho, aliviar el dolor.
¿Podría sostenerse la tesis de Durano si uno no es católico? ¿Si no puede (o no quiere) vivir en una ecoaldea? ¿Si tiene depresión? ¿Podría mejorarse la invitación de Durano a “consentir nuestra fecundidad” abriéndonos a una perspectiva anticapaticista, queer y animalista? ¿Incluso atea o agnóstica?
Un libro sugestivo que, por suerte, no zanja las preguntas que conlleva vivir.
Bueno, las falacias del pronatalismo de la ultraderecha sí que las zanja.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.


























































