Mayte Martín preserva el fuego: el regreso de la cantaora al flamenco después de 25 años
La barcelonesa vuelve al género con ‘In illo tempore’, un doble álbum en el que revisita, con voz propia, una selección de canciones populares y cantes tradicionales

Sorprende comprobar que Mayte Martín llevaba más de un cuarto de siglo sin grabar flamenco, sobre todo porque ella nunca ha dejado de cantarlo. De hecho, la cantaora barcelonesa, de 60 años, siempre ha mantenido una muy fiel legión de aficionados que acude a sus conciertos con una devoción casi litúrgica, la que corresponde a la también devota entrega de la artista y a su compromiso con el cante. Martín bien podría haber publicado cualquiera de los directos de sus muchos y memorables recitales que ha venido encadenando, pero siempre se resistió.
“No era mi momento, no he flaqueado nunca”, nos cuenta la cantaora, que atribuye su fortaleza a una probable “causa mística” y a que tiene que “sentir las cosas”. Con la seguridad que exhibe, se muestra ufana de haber sobrevivido todo ese tiempo como cantaora y sin haber grabado un disco. “He aguantado estos 25 años creciendo, aprendiendo, madurando. No puedo hacer las cosas de otra manera”, afirma.
Desde 1994, año de su revelador debut con Muy frágil, la artista acumula nueve grabaciones, pero solo dos son flamencas: ese primer disco y la memorable Querencia (2000). Entre una y otra, publicó junto al trío del pianista Tete Montoliú, el inolvidable FreeBoleros (1996), ampliando su vocación de cantaora con la de cantora de boleros, baladas o canciones, prestadas o de composición propia, empeño con el que ha entregado media docena de discos más. Uno y otro registro se encuentran unidos y teñidos por la voz propia de Martín, que aúna serenidad y delicadeza en el tratamiento de lo cantado.
A esos atributos añade ahora conceptos como solemnidad y, de nuevo, misticismo, inspirados por el propio título del trabajo, In illo tempore (Nuevos Medios). “Es mi manera de ver la música: no es un divertimento, sino un acto místico que se produce entre músicos y público”, afirma. Y recalca que, ya sea con el flamenco o con cualquier otra cosa, se lo toma muy en serio: “Siempre he hecho lo mismo: poner mi filtro, mis propias herramientas para ser vehículo entre pasado y presente, actualizar las cosas y honrarlas con decoro, más que con respeto. Y, por supuesto, libertad”.
Todos esos preceptos se pueden encontrar aplicados al cancionero que integra su décima entrega discográfica: 17 temas en un álbum doble, Entreverao, el primero, y Puro, el segundo. Los dos, de distinta forma, remiten a la tradición, que, en palabras de Gustav Mahler, al que se cita en la portada, “no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego”. Para la selección se ha servido del filtro del tiempo, canciones que han quedado en la memoria colectiva por encima del paso de los años, porque “no hay nada más grande que lo que el pueblo hace suyo”. Con una característica, para ella, fundamental: “Su nobleza, que es lo que convierte las cosas en trascendentales o no, por encima del momento en que fueron concebidas”.
Los siete cortes de Entreverao tienen orígenes diversos e integran hitos que tienen el poder de la permanencia. Los hay de carácter más popular o más flamenco, como los tangos que grabó Morente sobre el poema lorquiano ‘El lenguaje de las flores’ o ‘Los Campanilleros’, interpretada en memoria de “La Niña de la Puebla”. También encontramos una zambra, ‘La Tana, que cantó Carmen Amaya, y la ‘Milonga del Solitario’ de Atahualpa Yupanki, con el acompañamiento de José Luis Montón y Ángel Flores. Estos dos guitarristas protagonizan los dos temas más abiertos a la experimentación: la denominada ‘Sevillana lírica’, con los reconocibles arreglos de Manuel Pareja Obregón, que se acompañan de pasajes de la chacona de J.S. Bach. La petenera es doble, mejicana y andaluza, y se presenta sobre la zarabanda barroca que interpretan Antonio González y el citado Flores. Por último, no falta un clásico de sus conciertos, el bolero ‘Un compromiso’, que suele cantar por bulería y que Chicuelo ha vestido aquí para la ocasión.
Puro bien podría ser una muestra y compendio de sus recitales, que han ido cambiando de contenido o denominación a lo largo de estos años de silencio discográfico. En todos ellos ha reinado y reinará el fervor casi religioso que la cantaora confiesa tener “al flamenco que me parió y a quienes han hecho de él este tesoro que venero”, en sus propias palabras. Aborda así los cantes con el clasicismo que siempre la ha definido, en unos casos con la autoría anónima de la tradición oral, que ella refresca, y los más con nombre propio. Así, la taranta que inaugura el segundo volumen, es la conocida de Fernando de Triana, ‘Eres hermosa’, que completa con minera y levantica, con la sombra de El Cojo de Málaga.
Para la guajira, se decantó claramente por la de Juan Valderrama. ‘Mi mulata’. En la variada tanda de soleares, se cumple lo que Mayte confiesa sin complejos: “Soy estudiosa, pero puedo hacer muchos estilos de soleá sin saber de quién son”. Así, con naturalidad, se escuchan ecos de Agujetas Viejo, Joaquín el de la Paula o Juan Talega. Lo mismo que, en la seguiriya, los de Tomás Pavón y Juanichi El Manijero. Hay también tientos, la malagueña de El Pena, y unos verdiales de los montes.
Con excepción de la guajira, que acompañan las guitarras de Antonio González y Ángel Flores, la guitarra en Puro corre a cargo del jerezano José Gálvez, que realiza un acompañamiento acorde con la exigencia, respetuoso y dominador tanto de los silencios como del compás. El propio de su tierra se revela en las bulerías finales que se rematan en cuplé con el ‘Romance de la Reina Mercedes’, otro de los clásicos de la artista.

In illo tempore
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