‘La grieta’: el aislamiento en un piso compartido
En la primera novela de Rodrigo Gervasi, el lector siente la claustrofobia del protagonista a medida que pasan las páginas y hasta su mismo desasosiego

No sé dónde leí que ha surgido un nombre para la clausura contemporánea: en Japón, se utiliza el término hikikomori para definir a la persona que elige un aislamiento social en el hogar, desde donde se relaciona con el mundo a través de la pantalla. El protagonista de La grieta, la primera novela de Rodrigo Gervasi (Madrid, 1998), no es un hikikomori, pero siente un impulso parecido: a lo largo de poco más de cien páginas, abandona la casa una sola vez, y observa las vidas de los otros desde su cama. Ese protagonista, Hugo, es un chico de unos (suponemos) veintipico que busca certezas en un mundo donde todo es precario y cambiante: los trabajos, las parejas y los compañeros de piso. Y a lo largo de una narración depurada, analítica y muy autoconsciente, parece que solo encuentra esas certezas en las habitaciones y los objetos de la casa, que describe obsesivamente: “La posición de la silla, mal colocada de espaldas al escritorio, parecía ser definitiva; sentía que si me decidía a devolverla a su sitio, alguna ley física me lo impediría. Blanca, de madera y plegable. No la había usado nunca y dudaba que fuera a hacerlo. Entendía su carácter simbólico: estaba ahí porque no podía ser de otro modo. Su función se limitaba a eso, a existir”.
He dicho que el protagonista vive en reclusión social, pero no es del todo cierto, porque como cualquiera de su edad en una gran ciudad, debe compartir piso. En distintos momentos, allí viven Paloma, Valentina, Andrés, Natalia, Gabriel y Santiago. Cada vez que uno llega para sustituir a otro, pasa una entrevista que podría ser de trabajo o de cita de Tinder, con la que los otros tratarán de adivinar si es limpio y ordenado, pero, sobre todo, un potencial amigo. Alejandro Zambra se ha pasado la vida escribiendo sobre la incomodidad de definir vínculos que aún no existen demasiado en la literatura, en su caso el que hay entre un padrastro y un hijastro. Me gustó pensar que estaba asistiendo al mismo fenómeno leyendo a Gervasi: “La mayoría de su ropa era negra, a excepción de los pijamas”, piensa el protagonista mientras su compañera tiende la colada, “acostumbrado a verla en casa con atuendos joviales, la imagen fría que proyectaba al salir a la calle me desconcertaba. ¿Quién de las dos era ella? De ser ambas, yo solo había interactuado con una”. Gervasi explora con lucidez esa mezcla entre familiaridad y extrañamiento que viven seres humanos que durante un tiempo comparten paredes; un vínculo más o menos nuevo, incómodo y cada vez más habitual ahora que se obliga a personas adultas a vivir en condiciones de adolescentes.
En La grieta, el fondo es la forma: no es tan importante lo que el narrador cuenta en sus horas de mirar el techo (“en casa no había más movimiento que el que yo ejercía con la mirada”) como la claustrofobia que uno va sintiendo a medida que pasan las páginas y siente su mismo desasosiego. Los dos libros que se pueden leer de Gervasi de momento (y esperemos que haya más) se inspiran en parte en Rachel Cusk, que en A contraluz, Tránsito y Prestigio quiso subvertir la lógica de la novela clásica con una trilogía sin trama, que consiste en retratar a la protagonista a partir de sus conversaciones con varios interlocutores. En Recorridos mínimos (Ediciones Menguantes, 2022) Gervasi reunió un conjunto de trayectos realizados por un mismo narrador. Y ahora perfila al protagonista a partir de las transformaciones de la casa, que se narran desordenadas en el tiempo, y también a partir del conflicto.
En unas diez páginas finales, el protagonista sale de casa y se desencadena el conflicto que se ha estado anticipando durante media novela, que no desvelaremos, pero, en línea con lo que si no estuviera tan manoseado llamaríamos “retrato generacional”, tiene que ver con el consentimiento. Gervasi afirma que “la grieta” son esos saltos en el tiempo de la narración, pero también podría serlo esa ruptura de la reclusión del hikikomori, cuando sale al mundo y debe asumir que no hay certezas sino una complicada mezcla de ambigüedad y responsabilidad individual.

La grieta
Sexto Piso, 2026
120 páginas. 17,90 euros
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