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Crítica Literaria
Crítica

‘Romanas’, las mujeres del imperio toman la palabra

Cristina Rosillo altera el enfoque androcéntrico de la historia y proyecta una mirada femenina sobre el imperio tras reunir multitud de cartas, epitafios, grafitos o textos literarios

Fresco romano de Pompeya que representa a Heracles y Ónfale, entre el año 1 y el 79 d. C. En el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.PHAS (UIG / Getty Images)

Durante largo tiempo, la historia de Roma —la historia en general— se ha explicado en masculino: tan solo emperadores y generales, oradores y juristas, historiadores y poetas enhebraron su relato. En esa narración monumental, las mujeres han aparecido siempre como prisioneras de ese mundus muliebris definido en masculino por Tito Livio. La agencia de las mujeres la definían los varones y las mujeres tenían dos opciones, o acatar púdicamente su dictado o asumir los riesgos de hacer sentir su voz y perseverar en su ser.

Todos sabemos que eso nunca fue así, ni en Roma ni en ningún lugar de la historia, porque, como seres de palabra que somos, hacemos uso de ella; otra cosa es que seamos escuchados. El libro Romanas. Voces rescatadas, de la historiadora Cristina Rosillo López, se propone alterar ese enfoque androcéntrico y proyectar una mirada femenina sobre la historia romana a través de las voces de las mujeres que vivieron en ella y que, aunque con frecuencia invisibles en las grandes narrativas de la historia, dejaron huellas en las grandezas y miserias del mundo romano. Mirada femenina por supuesto inclusiva, porque solo inclusiva puede ser la historia que se precie de tal.

No por sencillo y obvio en apariencia el propósito del libro es menos ambicioso: resucitar para una segunda vida testimonios femeninos dispersos en las fuentes reclama del saber al que nos tiene acostumbrados la autora. Se reúnen cartas y grafitos, conmovedores epitafios y testimonios literarios para ayudarnos a reconstruir la experiencia de mujeres desde múltiples espacios y distintos estratos sociales, esbozando una imagen más plural y coral de la sociedad romana.

Uno de los mayores aciertos del libro es precisamente el mostrar la diversidad de mujeres romanas. Es verdad que la historiografía ha tendido a fijar su atención en figuras excepcionales para bien y para mal —Lucrecia o Clodia, Livia o Mesalina— cuyas vidas han sido interpretadas a través del prisma moralizante de los prejuicios patriarcales, los de los autores antiguos y los nuestros. Rosillo López, por supuesto, no ignora a esas célebres mujeres, pero nos recuerda que hubo otras mucho menos conocidas y no siempre anónimas: comerciantes, artesanas, esclavas y libertas, hijas, esposas, madres o vírgenes Vestales que dejaron su nombre grabado en una lápida funeraria, en una estela, en el sello de un ánfora o en un muro y que aparecían entre bambalinas para recordarnos que no solo hilaron lana, fueron castas y se ocuparon de las labores domésticas, sino que participaron de la vida en todos los ámbitos del mundo romano.

La obra adopta un enfoque de género particularmente sugerente: más que estudiar a las mujeres como objeto de la historia, intenta devolverles su propia voz al rescatarlas como sujetos de la historia y en la historia

La obra adopta un enfoque de género particularmente sugerente: más que estudiar a las mujeres como objeto de la historia, intenta devolverles su propia voz al rescatarlas como sujetos de la historia y en la historia. Este enfoque metodológico tiene consecuencias importantes, porque obliga a reconsiderar la propia naturaleza de las fuentes, que siempre estuvieron ahí; las vimos, pero preferimos ignorarlas.

El libro muestra hasta qué punto las romanas participaron activamente en la vida política, cultural, económica y social del imperio. La redacción de una carta entre Claudia Severa y Sulpicia Lepidina nos conmueve con la memoria de dos amigas que celebran una fiesta de cumpleaños. Si un pedestal de una estatuta nos recuerda la grandeza de Cornelia, madre de los Graco, en un grafito de Pompeya, Caprasia pide el voto para dos aspirantes a edil. Si Sulpicia canta al amor en un bello poema del siglo I a.C., Pánfila escribe sobre filosofía en la época de Nerón. Si Felicia se jacta en un grafito de Pompeya de haber follado, Sentia Amarantis sirve vino en una taberna de Mérida y la madre de Celia Mascelina comercia por el imperio con aceite de la Bética.

Las voces que se rescatan hablan de afectos y de objetos, de relaciones familiares, de ambiciones personales y de conflictos políticos o domésticos. Estas historias, aparentemente menores por el hecho de ser historias en femenino, permiten comprender la historia de Roma reduciendo y ampliando la escala: de la microhistoria a la historia mixta.

La escritura de Rosillo López alcanza su principal objetivo: demostrar que la historia es incompleta si excluimos a las mujeres. Al recuperar sus voces no sólo se amplía nuestro conocimiento, sino que se nos invita a reconsiderar la manera en que se construyen las narrativas históricas del ayer y del hoy, a recordarnos que el pasado no pertenece únicamente a quienes lo escribieron, sino también a quienes lo vivieron y a quienes lo hemos recibido en herencia. Al escuchar esas voces —a veces poderosas, a veces apenas perceptibles— el lector descubre una Roma más compleja, más contradictoria, más plural y también más humana. Quizás ahí resida el valor del libro: mostrarnos que todavía podemos cambiar nuestra visión del pasado si cambiamos la perspectiva desde la que lo observamos, en este caso, una historia en femenino de una Roma en la que los proyectos personales formaron parte inseparable de la historia del Imperio.

Romanas. Voces rescatadas

Cristina Rosillo López
Desperta Ferro, 2026
384 páginas. 26,95 euros

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