Un fresco generacional: deseos, inquietudes y espacios de los jóvenes de 17 años
Una muestra colectiva de imágenes y sonidos reúne en el CCCB a más de 300 participantes para explorar la cotidianidad y las maneras de mirarse y pensarse de la generación que deja la adolescencia


En 1955, un joven de 17 años publicó un libro que incomodó a todo un país, Wij Zijn 17 (Tenemos 17). Su autor, el holandés Johan van der Keuken, a punto de terminar sus estudios en el Liceo Montessori de Ámsterdam, retrataba a su entorno más cercano a sus amigos, de entre 14 y 17 años. No había risas, ni juegos, ni promesas de un futuro luminoso, fumaban sin parar. Aquellos adolescentes no eran réplicas de generaciones anteriores. Reflejaban una actitud que contravenía el relato dominante que se esperaba de la juventud de una nación. Lo que escandalizó no fue solo la mirada del autor, sino el hecho de que por una vez, no estaban siendo representados desde fuera.







Los retratos eran en sí naturales y sencillos, sus protagonistas posaban sin hacer grandes cosas, dejando pasar el tiempo como si estuvieran esperando a que llegara el momento de dejar atrás una etapa para dar el primer paso hacia el futuro. Como apuntaba Simon Carmiggelt en el prólogo, aparecían “problemáticos, abatidos, posando con gravedad pero llenos de expectativas”. No reían pero tampoco estaban vacíos: había en ellos una intensidad contenida, una forma de estar en el mundo. “Con una cámara en la mano se puede amar y se puede odiar”, añadía el periodista holandés. Y Van der Keuken hizo ambas cosas: mirar sin idealizar.
En medio del escenario de posguerra, Wij Zijn 17 logró captar con precisión esa sensación de extrañeza, transición e incomodidad ante la emergencia de esta nueva identidad juvenil que desafiaba normas y viajas actitudes. El libro ha servido de inspiración principal para dar forma a Tenemos diecisiete años. Un retrato colectivo. La exposición se celebra en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) de Barcelona. Un fresco generacional en el que han participado más de 300 jóvenes de Cataluña, Lituania y Rumanía, impulsado por la asociación A Bao A Qu junto a la investigadora y comisaria Érika Goyarrola. A lo largo de dos años han trabajado con la fotografía, el cine, la escritura, con el acompañamiento de las fotógrafas Ingrid Ferrer, Tanit Plana, Mònica Roselló y Berta Vicente Salas, y de artistas visuales, cineastas y dramaturgos como Xavi Bobés, Albert Coma, Jaume Claret Muxart, Raquel Cors Munt, Pep Garrido, Mikel Gurrea, Martí Madaula, Sergi Portabella, Jaime Puertas Castillo y Núria Inés (Tinta Fina).

No se trata de un resultado cerrado ni homogéneo, sino de un proceso abierto y experimental, en que los propios jóvenes han buscado una forma de representarse en el que conviven miradas individuales y preocupaciones comunes. La exposición se despliega como un recorrido emocional e introspectivo. “Las instalaciones nos trasladan tanto por lugares como por estados emocionales, propios de ese momento vital tan fuerte que caracteriza los 17 años, en el que todo se vive con una intensidad única”, apunta Núria Aidelman, miembro de A Bao A Qu.
La exposición comienza con un autorretrato colectivo reflejado en un espejo, que plantea desde el primer instante una idea clave: mirarse y ser mirado forman parte de un mismo gesto. Más adelante, en otra sala, una serie de retratos individuales en pantallas verticales interpela directamente al espectador. La mirada de los jóvenes se encuentra con la del espectador, intensa y cercana; sus retratos cambian constantemente, obligando a sostener la mirada y haciendo que su presencia se sienta palpable, sin artificio.
Más adelante, las voces toman el espacio. Una instalación sonora construida a partir de horas de grabaciones —susurros, conversaciones, risas, dudas— introduce al visitante en un territorio íntimo. Son fragmentos de pensamiento en bruto: preguntas sobre el futuro, otras que cuestionan a los adultos, inseguridades, deseos, momentos de euforia y también de cansancio. Como señalaron algunos participantes, la sensación es de “entrar en sus mentes”.
El recorrido continúa hacia territorios más personales, habitaciones, lugares propios o imaginados, donde la identidad se construye lejos de la mirada pública. Un arco temporal recorre una jornada entera: del madrugón para ir al instituto a la fiesta, del ruido a la introspección. No se trata tanto de narrar un día como de condensar la intensidad propia de la edad, donde todo ocurre a la vez: la energía y el agotamiento, la euforia y la incertidumbre.

La exhibición incluye las 30 fotografías que dan forma al libro de Van der Keuken, estableciendo de alguna forma un continuidad en la que cambian los contextos, las condiciones, pero persiste una tensión, así como la distancia entre cómo se espera que sean los jóvenes y cómo realmente se muestran cuando tienen la oportunidad de hacerlo. “Del autor holandés me llamó la atención la intimidad y la naturalidad que desprende su obra”, señala Meritxell Feria, una de las jóvenes participantes. “Los rostros de los protagonistas me parecen muy antiguos, ahora vivimos una época en la que en las redes salimos siempre sonriendo. Tenían 17 pero parecían 25, tal vez la posguerra tuvo su efecto en ellos. Pero tenemos ciertos paralelismos: nosotros hemos vivido también tensiones geopolíticas, y crisis económicas. Vivimos contextos diferentes, pero las preguntas que nos hacemos siguen siendo las mismas: ¿Le gusto a ese chico, o no? ¿Qué haré el año que viene? Es una conexión muy humana, lo que nos hace sentirnos válidos frente a ellos”.
Las voces de los adolescentes atraviesan todo el proyecto. En ellas se refleja una idea: no es tan fácil poder representarse a uno mismo. Hace falta, paciencia, confianza. Nazar Romayuk describe el proceso como una forma “de deshacerse de ciertas normas aprendidas, de perder el miedo a no hacer un tipo de imagen predefinida”. Ari Morey y Paula Quimbayo, insisten en la dimensión colectiva: lejos de la lógica individual, el trabajo compartido permite sostener dudas, construir algo que no pertenece del todo a nadie, y por eso pertenece un poco a todos.
Antes de llegar a la última sala en la que suena la música y una pantalla nuestra a los jóvenes bailando, se atraviesa una sala donde los retratos se van iluminando como luciérnagas. “Podría ser ese momento que dura pocos minutos justo antes de que amanezca”, apunta Meritxell, “un momento efímero que alude a la reflexión antes del desmadre, antes de la euforia, y también al después de sus consecuencias”.
Wij Zijn 17 sigue resonando, tal vez por ello resultan necesarios proyectos como este. En el fondo la incomodidad no ha desaparecido. La imagen de los jóvenes nunca ha estado hecha para tranquilizarnos.
Tenemos diecisiete años. Un retrato colectivo. Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB). Barcelona. Hasta el 17 de mayo
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