La disfunción y la subjetividad del funcionariado según la fotógrafa Tanit Plana
En ‘Disfuncionàries’, la catalana utiliza la inteligencia artificial como una máquina que reproduce y deforma los sistemas de control y repetición de la burocracia, mostrando cómo atraviesan cuerpos y espacios


Desde sus inicios, Tanit Plana (Barcelona, 1975) ha sentido una atracción persistente por aquello que de algún modo permanece invisible; los lazos afectivos y las violencias encubiertas han alimentado su búsqueda como artista; su interés por las formas de la virtualidad la ha llevado desde intentar fotografiar el cuerpo de Internet hasta seguir la huella de un mensaje electrónico. En los últimos tiempos la inteligencia artificial se ha convertido en una herramienta decisiva para la fotógrafa, no tanto como un dispositivo capaz de “ver lo que la cámara no alcanza”, sino como una máquina que reproduce y deforma los mismos sistemas de repetición, control y normalización que estructuran la burocracia. De ahí surge Disfuncionàries, un proyecto que toma como punto de partida su experiencia en instituciones profundamente jerarquizadas para indagar en la figura del funcionariado como encarnación de la maquinaria del Estado y, al mismo tiempo, como sujeto atravesado por deseos, contradicciones y traumas.
El cuerpo del funcionariado se presenta como una figura atrapada en una tensión constante. Para cumplir con eficacia los requerimientos de la maquinaria institucional, debe asumir un grado de alienación que obliga a minimizar —o incluso reprimir— sus propias contradicciones, su ética y sus deseos. Ese proceso genera una violencia interna sobre la subjetividad individual y refleja cómo los cuerpos se moldean para funcionar dentro de un sistema que exige obediencia y conformidad.
Para dar forma visual a esta idea, la fotógrafa crea y entrena sus propios modelos de inteligencia artificial. Trabaja deliberadamente con sistemas antiguos, con modelos imperfectos que generan anomalías, cuerpos descompuestos, errores, repeticiones, que hacen visible cómo los sistemas producen subjetividad. En ese sentido, la IA no aparece tanto como una extensión técnica de la fotografía, sino como un dispositivo que comparte la lógica estructural de la propia maquinaria burocrática. A partir de la generación masiva de imágenes, entrena modelos que preservan estas anomalías y organiza posteriormente el conjunto siguiendo una narrativa de resonancias clásicas y cinematográficas, donde la claridad formal contrasta con la perturbación que emerge del contenido.
La serie se exhibe en el Centre de les Arts Lliures, Fundació Joan Brossa, en Barcelona. Plana ha seleccionado seis imágenes para Babelia y ha añadido comentarios sobre cada una.

1
“La imagen muestra una especie de fábrica. Delante del edificio, vemos a una disfuncionaria sumergida en un mar de papeles, en medio de un caos. Viste lo que podría ser un uniforme, dentro de una estética femenina, un poco romantizada. Casi podría decirse que pertenece a una fantasía kitsch o vintage con un toque erótico. El espectador entiende que está en medio de unas ruinas, de un sistema que ha explotado. Y ella permanece inalterable, como si no pasara nada, concentrada en examinar hojas. Parece que no hay terror sino la intención de seguir evaluando, registrando lo que pasa en estos documentos, como si se le hubiese encomendado la labor infinita, o utópica, de organizar el caos”.

2
“Al principio, no queda claro si estamos ante dos imágenes partidas por la mitad, dos mitades horizontales que se han unido. Vemos cuerpos disociados que no terminan de encajar, uniformados y repetidos con un ritmo marcado. La acción no es evidente, y lo fascinante es cómo la IA inserta códigos reconocibles al tiempo que elimina elementos esenciales: no hay mesas ni ordenadores, y no sabemos qué hacen. Esa ausencia genera incomodidad y funciona muy bien a nivel de estructura de contenido. Me gusta el ritmo, la acumulación y lo que podemos intuir más allá de lo que aparece en la imagen”.

3
“Nos encontramos ante un plano detalle. Podemos reconocer que se trata de una prótesis o estructura por el material con el que se ha generado. Recuerda a una vértebra, aunque su exactitud científica no es lo importante: funciona como un símbolo de lo que nos está contando. En el contexto del trabajo burocrático, donde las funcionarias alternan entre roles de obediencia y autoridad, los cuerpos sufren un desgaste constante, y estas prótesis representan el apoyo necesario para sobrevivir y sobrellevar un trabajo acumulativo y repetitivo. Me interesaba la idea de la vértebra que une la cabeza con el cuerpo: ese cuello que podría necesitar vértebras extras, imaginando que mantiene la cabeza baja o siempre agachada, pasando todo su tiempo frente a un ordenador o repasando papeles. La imagen transmite así tanto la tensión física como la carga emocional asociada a estas tareas, haciendo visible un desgaste que normalmente permanece invisible”.

4
“En el trabajo que desarrolló con la IA hay toda una elaboración de las arquitecturas: no solo de los cuerpos y su estética, sino también de superficies, texturas, luces y espacios. La disposición de los cuerpos dentro de estas estructuras es fundamental. Para esta idea, jugué con la imagen de una colmena, una arquitectura que cruza estanterías, cárceles, colmenas y oficinas convencionales. La serie profundiza en el universo de la logística laboral y lo corporativo, prestando atención a gamas de color, moquetas, cortinas y, especialmente, a la luz: cómo se define y se dispone para iluminar estos espacios de trabajo. En todas las imágenes siempre hay algo fuera de lugar o desbordado, a veces un simple detalle, que remite a lo rutinario, repetitivo y milimétrico que se sale de control, generando fricción y desborde frente a las ordenaciones y legislaciones del Estado, estableciendo mecanismos de contención más que de control”.

5
“Las disfuncionarias aparecen en fila; me interesa la repetición del pelo y de los zapatos, una estandarización que se da no solo en las estructuras, sino también en las formas corpóreas. Aparecen como seres que se mimetizan entre sí. Me interesan las proporciones y los cuerpos que se deforman frente a la imposibilidad de contención. Hay montones de papeles y hojas dispersas, creando una sensación de orden y desorden a la vez. Las imágenes están trabajadas a nivel cromático, con gamas muy concretas y definidas, pero también incluyen elementos extraños que generan tensión”.

6
“En la exposición hay un telón de 12 × 10 metros, una imagen abrumadora que refleja cómo pertenecer al funcionariado nos coloca en una situación de sumisión que, al mismo tiempo, puede generar placer. Vemos a una disfuncionaria abatida, rendida, pero si consideramos las dinámicas de poder y deseo, la posición de sumisa también implica recibir placer: no debe darnos pena, se trata de una elección, y eso es muy importante”.
“Soy antinostalgia, porque nos inactiva; sin embargo, en esta ocasión, pensando en lo que se avecina, la nostalgia surgió como un gesto continuo. La exposición incluye una pieza LED sobre una mesa de autopsia que representa al algoritmo como la disfuncionaria perfecta, con un cuerpo que desaparece y que refleja la pérdida de la posibilidad de volver a encontrarnos con unos ojos que nos miran o de mantener un diálogo. Constantemente señalamos cómo quedamos subordinados a los algoritmos y a los intereses de empresas privadas; nos preocupa el poder de las grandes corporaciones tecnológicas y el riesgo de que hagan un mal uso de la inteligencia artificial. Pero el problema no se limita a figuras como Elon Musk o Mark Zuckerberg: los Gobiernos también están transformándose frente a la IA y los algoritmos. Muchos han externalizado funciones clave de orden, control y gestión de datos a empresas privadas que diseñan y suministran el código. Quien controla el código controla parte del poder, y este debería ser un punto central en cualquier debate. En la discusión sobre el avance acelerado de la inteligencia artificial, no basta con cuestionar a los grandes empresarios: también debemos examinar la actuación de las instituciones públicas ante esta transformación.
Disfuncionàries. Centre de les Arts Lliures. Fundació Joan Brossa. Barcelona. Hasta el 29 de marzo.
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