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Crítica Literaria
Crítica

‘La sombra del padre’, de Antonio Monegal: hacer las paces con un fantasma

A partir de los documentos conservados en una maleta, asistimos a una investigación ética y honesta sobre la desconocida biografía paterna a la búsqueda de respuestas pendientes para legarlas a los hijos

El padre de Antonio Monegal, en una imagen sin datar del álbum personal del escritor incluida en 'La sombra del padre'. ALBUM PERSONAL ANTONIO MONEGAL (ACANTILADO)

Mientras leía La sombra del padre pensé que la clave de esta honesta indagación biográfica era una confesión que Antonio Monegal escuchó durante la posguerra en el ático familiar de una casa de la burguesía de la ciudad de Barcelona. Solo la pudo oír, sin ser muy consciente de su trascendencia, cuando era un niño porque quien hablaba con un amigo era su padre, y a su padre, que lo tuvo cuando ya era mayor, a los cuarenta y muchos, lo trató poco porque falleció a los 55. Juan Monegal Vergés murió el verano de 1966, cuando el autor de este libro de motor proustiano tenía tan solo 9 años. Aquella tarde, su padre estaba sentado en el sillón de siempre, en la sala de estar, detrás la radio de madera barnizada y el mueble bar. Y lo que rememoraba, al cabo de tres décadas, era un episodio de la Guerra Civil, luchando con los sublevados en Andalucía. “Oí a mi padre narrar que en una ocasión había recibido órdenes de entrar al asalto en un pueblo, a caballo, y pasar a sable a la población civil, incluidos ancianos, mujeres y niños”. Durante el resto de su vida, dijo después, tuvo pesadillas recordando aquel día. Todos convivimos con nuestros fantasmas. Algunas veces los encerramos en el armario de la conciencia y allí se quedan. En algunas ocasiones los miramos frente a frente.

El hoy profesor de Teoría de la Literatura Antonio Monegal no pudo preguntarle a su padre sobre aquella jornada de violencia. No tuvo tiempo. Para forjar su identidad adulta se quedó con un relato mítico de la peripecia paterna, la que podía fascinar la imaginación de un niño huérfano: el nómada, el aventurero, el seductor, el joven libre. ¿Habrían tenido esa conversación sobre ese día de 1936? Lo dudo. El tópico reitera que en las casas no se hablaba de la guerra durante el franquismo porque quienes combatieron y la sufrieron necesitaban olvidarla. Se entiende. Pero tal vez la cuestión cívica pertinente sobre la memoria democrática en nuestro país sería preguntarse por qué los hijos, en el momento de matar simbólicamente al padre tras salir de la adolescencia, no les inquirieron sobre su conducta pasiva o heroica, forzada o militante, comprometida o banal durante el momento trágico y central de la España del siglo XX.

Ese diálogo escamoteado, a diferencia de lo ocurrido en la Alemania de los sesenta, por ejemplo, dice más de la generación de nuestros padres que la de nuestros abuelos. Monegal se acerca ahora a ese agujero negro con ejemplar ponderación, buscando los documentos que no encuentra para reconstruir una peripecia más propia de un personaje de novela de aventuras que de un españolito de su tiempo.

¿Cómo lo hace? Contrastando la imagen mítica con objetos de una vida conservados en una maleta reconvertida en una caja donde el padre guardó papeles, fotografías y algunos objetos. Mirando con el microscopio los fósiles de una existencia. La maleta reaparece tras una mudanza y su promesa de significado se le impone cuando la paternidad, también de mayor, lo llevan a sentirse preparado para enfrentarse al fantasma. “Solo la edad, que es también una enfermedad de la conciencia, me ha habilitado para esta investigación”.

Desde el primer momento sabe que esos documentos no le permitirán construir la biografía completa. Ese desafío es una quimera epistemológica, como las geografías desérticas y desaparecidas que conoció su padre y con las que arranca el libro. A veces, esos viejos papeles incluso se le deshacen en las manos. Pero parte de allí. Lee y mira, contrasta y deduce, interpreta o ficcionaliza. Luego apenas progresará en los archivos oficiales, enfrentado a la vacuidad burocrática. Le servirán algunos intentos de pescar datos en la red, como cuando descubre un libro que su padre publicó en Portugal. También viejos manuscritos de un escritor amateur de estilo y sensibilidad demodé. Poco a poco, algunas huellas, contextualizadas, le permiten ir quitándole capas de yeso a una escultura borrosa que el hijo tampoco se había obsesionado en contemplar durante buena parte de su biografía. Descubre una vulgaridad funcionarial que le lleva a relativizar, con realismo, la imagen mítica que el padre había construido de sí mismo: el hombre que estuvo en la administración colonial de Marruecos, el adulto que tras la guerra vive en Portugal como profesor de natación y gran seductor, sin ganas de regresar a casa para vivir la vida tradicional de los suyos. El cuarentón que, al fin, pacta con la realidad y en pocos meses, tras muchas cartas de amor día a día, conoce a la mujer con la que se casará.

No es una vida excepcional. Tampoco es necesario que lo sea. La buena narrativa no se construye con héroes o villanos sino pensando literariamente la complejidad de las vidas, acechando su gracia y su misterio hasta intentar llegar a su médula. Este es el principal valor de La sombra del padre. No lo que descubre de la pequeña o la gran historia, que tiene un interés limitado, sino la actitud humanísima y el esfuerzo ético de un hijo por comprender al cabo de sesenta años quién era aquel hombre que desapareció un día mientras él veraneaba. Para realizar ese ejercicio, que hace por él y por sus hijos, todo lo aprendido como lector se pone al servicio de la investigación, es el conocimiento literario que le permitiría pensarse a sí mismo porque el padre siempre es un espejo para los hijos y el día que muere, como creía Simenon y me escribió hace pocas semanas un amigo, es el día más importante de la vida. Por eso la gran escena del libro no es la de la Guerra Civil, sino la que reconstruye la discusión con su madre y él contesta airado diciendo que él es quién es porque su padre murió. Hirió y le quedó una herida. Y ese libro es, precisamente, el de la curación del espíritu.

La sombra del padre

Antonio Monegal
Acantilado, 2026
272 páginas. 22 euros

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