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La punta de la lengua
Columna

La lengua muerta está muy viva: EL PAÍS se escribe en latín

Dos profesores traducen con el léxico de la Antigua Roma 60 artículos llenos de palabras que entonces no existían

'Escena de la Antigüedad romana' (1730-1750), círculo de Giovanni Paolo Pannini. Heritage ART Images / GETTY IMAGES

Resulta que hemos escrito en latín sin saberlo.

Los profesores Ramón Almela Pérez y Daniel Pérez Utzinger han publicado un libro con 60 artículos de EL PAÍS y su paralela traducción en la lengua de los romanos. Se titula Textos periodísticos en español y traducidos al latín; con su equivalente en el subtítulo: Textus ex actis diurnis deprompti et in sermonenda latinun conversi. (Universidad de Murcia, 2025).

Lo más interesante de la obra, muy útil para estudiantes de Clásicas, consiste en observar cómo se han llevado al idioma de Cicerón las palabras que no existían en su época; y comprobar que incluso una lengua muerta puede reanimarse con sus propios recursos. Esto permite imaginar de qué manera se habrían expresado en la Antigüedad esos conceptos conforme a las reglas internas del latín y cómo se habrían adaptado viejos significantes a nuevos significados (igual que ocurrió en los demás idiomas).

En los neologismos de las ciencias y de la técnica descubrimos rete sociale para “red social”, telephonum portabile para “móvil”, computatorium para “ordenador” o typographia donde se decía “imprenta”. “Portal de internet” se traduce como locus retialis; “correo electrónico” adquiere su equivalencia en nuntium electronicum y epistula electrónica; y un “carburador” es un gasificatrum.

En los transportes, la infraestructura se llama substructio; y la bicicleta, birota (bi-rota, dos ruedas), escrita con erre simple porque así figuraba en un diccionario de principios del siglo XIX). Por tanto, la moto se denomina ahora autobirota, de modo que un motociclista es un autobirutarius. El patinete, cuyas ruedas se impulsan con el pie, se dice a su vez pedirrota (aquí con erre doble porque se le supone una formación más reciente). Y además se puede parar un taxi desde la acera gritando ¡raeda meritoria! (“¡carro rentable!”).

Ciertos aparatos que no existían en Roma también hallan nombre actual en latín: un avión vuela como un aeroplanum, y una lavadora podría haberse anunciado como machina lotoria (máquina que lava). Por su parte, la pantalla del cine adquiere el nombre de album, porque es blanca.

En las críticas de música, vemos que un tambor suena como un tympanum, que el director de orquesta ejerce de praefectus musicus y que el piano se afina como claviarium (a partir de clavis: “llave”, pero también “nota”; y de ahí “clavecín”, “clavicordio”, “clavicémbalo”).

En otros órdenes sociales, la droga se expresa como venenum stupefactivum, viajar fuera de la UE requiere un syngraphus viatorius (o “documento de viaje”, es decir, un “pasaporte”), el fracaso escolar consiste en una scholastica frustratio, para ir a la piscina tomamos la vestis balnearia (traje de baño) y los futbolistas sudan la tunicula (camiseta). Que un disparo se llame ictus nos da idea de hasta dónde ha llegado la metáfora latina de “golpe”.

En el ámbito de la comunicación, vemos diurnarius (periodista), acta diurna (diario), orato radiophonicus (locutor) y visoapellatio (videollamada). Por su parte, “fútbol” da una traducción preciosa: pediludius; con su sinónimo pedifollis o “balompié” (follis es una bolsa de cuero). Y un lingüista es un glottologus. No por su afición a la comida (ojo, que esto derivaría de glutto, voraz) sino por estudiar la lengua (del grecismo glotta, de ahí “políglota”). Es más, los autores del libro no se han comido ni una sola palabra: todas tienen equivalencias comprensibles. Unas veces, la traducción latina necesita dos vocablos (“metro” se ofrece como ferrivia subterranea); pero también ocurre al revés (“medio ambiente” es circumiecta).

Gracias a esta original obra vemos, pues, que el latín puede traducir todo el castellano. Ahora hace falta creerse que el castellano es capaz a su vez de traducir todo el inglés.

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