‘Majareta’: chismes y declaraciones sobre un conserje secuestrador
Juan Manuel Gil perfecciona su fórmula metaliteraria en una novela polifónica en torno a un personaje supuestamente excéntrico y su implicación en un suceso que consternó al país

Cada vez tienen más interés las variaciones novelísticas que viene ensayando Juan Manuel Gil desde Un hombre bajo el agua (2019 y 2024) y Trigo limpio (premio Biblioteca Breve en 2021) a partir un mismo núcleo de elecciones formales y temáticas. Entre las primeras figuran el difícil equilibrio entre ironía y dramatismo (o entre burlas y veras), la composición fragmentaria o en mosaico, el gusto por las tramas que pivotan sobre un enigma y, en fin, el reflejo especular del acto de escritura. Con esos mimbres técnicos suele poner de relieve el carácter escurridizo de la verdad factual, reflejado en una pluralidad de perspectivas divergentes que revelan la parcialidad de cada una de ellas pero que, confrontadas entre sí, permiten barruntar una verdad plausible. El método, que es el propio de una investigación (científica, periodística o policial), asegura, cuando se ejecuta con destreza, que el lector quede prendido de la telaraña. Es lo que ocurre en Majareta, donde se perfecciona una fórmula que ya era eficaz en las novelas anteriores. Y, como en ellas, la trama está enraizada en la vida de barrio, en la memoria dúctil de la comunidad, en la chismografía circulante y en las declaraciones sesgadas de casi todos, que son las que configuran, como vidrios de distintos colores, lo que el autor ha llamado con sorna “una vidriera imponente”.
La imagen de la vidriera —lo que sucede— se va formando gradualmente con la sucesiva aportación de los testigos a los que entrevista el “autor” para esclarecer un suceso que consternó al país: el secuestro de una veintena de niños por parte de Leo, el conserje de la escuela, el “majareta”. Cada testimonio ocupa un capítulo, de modo que seguimos las averiguaciones del trasunto ficcional de Gil sin que este tome la palabra en ningún momento. El que sí la toma es el cervantino “amigo necesario del autor”, que le provee de ideas, especula sobre los misterios que rodean al protagonista y llega a enojarse con el autor por su descortesía con él, siendo como es el eje irónico de la primera y última parte de la novela. En paralelo a esta línea metaliteraria, muy bien engastada en el cuerpo de la novela, va emergiendo entre infundios y desmentidos la compleja personalidad de Leo Almada. Esta progresiva iluminación de su drama existencial por medio de una astuta polifonía —aunque haya que aceptar la licencia de que ciertos personajes se expresen con inverosímil elocuencia— es uno de los atractivos de la novela. El concepto desvirtuado que los otros se han hecho de Leo se desmonta poco a poco para dejar ver un hombre inteligente, taciturno y cultivado, que arrastra la herida profunda del suicidio de su madre y el conflicto irresuelto con su padre farmacéutico.

La cadena de declarantes —un carrusel de hablas y acentos sociales— va instilando con calculada parsimonia los datos que amplían y modifican lo que sabemos y nos apremian a seguir adelante. En esa regulación informativa Gil se desenvuelve como un maestro, situando, por ejemplo, en el ecuador exacto de la novela el testimonio clave, el del hermano mellizo del farmacéutico, que da un vuelco a la fábula y abre caminos que solo en tercera parte se entrelazan cobrando todo su sentido. El lector, ubicado junto al autor y su amigo, es impelido a armar por su cuenta su versión de lo acontecido y su concepto de la excentricidad patológica (o no) del conserje. El majara es el punto ciego de la historia, él no habla, es el ángulo muerto hacia el que todo converge y desde el que nada se ve. Porque lo que se oculta en él admite poca broma y se parece mucho a un cuento tenebroso inconcluso, que es lo que Juan Manuel Gil ha acabado contando con admirable pericia literaria.

Majareta
Seix Barral, 2026
336 páginas, 20,90 euros
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