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El enigma cultural de la ‘rave’: ¿utopía de baile o brecha de resistencia?

Fenómenos como ‘Sirât’ o la ‘Big Fucking Party’ de Nochevieja han devuelto el interés por el fenómeno, ¿seguimos sin saber de qué van?

¿Qué es una rave? La respuesta depende de cuándo, dónde y a quién se pregunte. En los noventa, cuando la promesa de los años 2000 deslumbraba a la vuelta de la esquina, el Norte global (y especialmente Reino Unido) lo tenían claro: una rave era una fiesta autogestionada y colaborativa en la que se bailaba techno, jungle, gabber y otros sonidos que te decían que esa era la música del mañana. Por algo uno de sus lemas, que se popularizaría en pegatinas y pintadas, fue See you in 2017, un guiño a la canción techno Reflections of 2017. El futuro estaba en marcha y la derecha política que lo privatizaría todo vería a esas fiestas como una amenaza a su nuevo orden: la prensa se indignaría urgiendo a la disciplina policial frente a esos jóvenes colocados durante días en espacios abandonados o alejados de la urbe.

Superado el primer cuarto de siglo XXI, cuando el “colapso” es la idea que más se repite sin importar el ámbito en el que se mencione y parece que no haya alternativa a la voracidad capitalista, una rave puede ser cualquier cosa. Instagram dice que una “coffee rave” es tener a gente recién duchada bailando en una cafetería de especialidad antes de irse a trabajar; que una “baby rave” es juntar a bebés y un DJ para que nostálgicos del bombo bailen nanas aceleradas con sus criaturas a hombros y que una “gym rave” es hacer dominadas a oscuras entre rayos láser dentro de un gimnasio. El algoritmo, y los que trabajan para él, han decidido que la palabra rave, ante todo, debe dar visualizaciones y ser rentable. El paradigma está en comprobar para lo que ha quedado el Burning Man de Reno (Nevada). La que fuese la fiesta en el desierto participativa, desmercantilizada y autoexpresiva por excelencia a la que peregrinaban cada año las mentes alternativas es la nueva pista de baile donde hacen networking los criptobros ególatras de Silicon Valley.

Ahora que hasta la rave de Sirât pisará la alfombra roja de los premios Oscar, esa palabra ya ni suena a utopía ni a provocación. En España, la prensa se ha desacomplejado con el fenómeno y espera a su rave de Año Nuevo como al Gordo de la Lotería, con reporteros y cámaras listos para cuquificar, no sin cierta condescendencia, a esos travellers venidos de toda Europa que parece que solo están ahí para ser figurantes, animadores durante días de la olvidada rutina de las vecinas de la España vaciada. En 2026, da la sensación de que aquella pulsión rebelde de los noventa se ha diluido hasta acomodarse con cierta placidez en el orden cultural y mediático. En un mundo que se siente estancado, cuando la cancelación del futuro lo ha empañado todo, la rave ya no baila mirando al horizonte porque allí no asoma ninguno apetecible. Tampoco le hace falta: la rave es algo que simplemente pasa.

Bailar para triturarse

“Para que haya utopías se necesitan futuros posibles y ahora mismo casi todo el mundo ha entendido que no hay futuros buenos posibles. Las raves, cuando están en marcha, producen un tiempo lateral, un espacio dentro del tiempo. Es una forma de arte en una era sin futuro”, apunta en un intercambio de correos la pensadora McKenzie Wark, autora del celebrado ensayo Raving, traducido por Mariano López Seoane para Caja Negra en 2023. Ese texto autobiográfico de la ensayista australiana afincada en Estados Unidos, con crónicas muy personales de sus raves vividas por todo el mundo, desde Brooklyn a Australia pasando por Berlín, se ha convertido en un manifiesto para acólitos del after y de las free parties en capitales gentrificadas. Fiestas autogestionadas como reacción a ese proceso de abandono y privatización de los espacios públicos que han convertido a la urbe en un territorio de disputas.

“¿Cómo es una rave? Un taladro en una sauna. Bailar, errar, soñar. Si se trata de una rave, hay ciertas expectativas: va a durar mucho tiempo. Podría requerir cierta asistencia química. Puede que haya algo de socialización, algo de coqueteo, incluso un poco de sexo, pero vinimos a bailar… hasta el agotamiento”, escribe en ese texto al que se agarran los “hedónicos depresivos” que acuñó Mark Fisher. Personas atrapadas en su bucle de vidas-trabajo que sienten que tienen el cerebro roto, viven en una búsqueda infinita de placer y ven en esta práctica colaborativa algo que hace posible tolerar sus vidas.

Sin importar la fecha de nacimiento o el género que dictamine su DNI, para esta generación, la rave es una posibilidad, una brecha para suspenderse en un espacio fuera del tiempo lineal —Wark lo etiqueta como “rave continuum”—. El día y la noche se funden en un lugar ajeno a lo que acontece fuera de él. “Es tentador romantizar tales momentos. Pero no hay que perder de vista que sobre todo se trata de un trabajo de trituración, el cuerpo haciéndose polvo con el sonido, la luz; el yo abriéndose a les otres. Puede tomar horas. Les ravers que elijo tener cerca, quienes necesitan la rave y la toleran, son pacientes”, escribe en ese texto que aspira, también, a transformar el lenguaje sobre los límites del cuerpo y de lo festivo. Porque si al discurso cultural se le había atravesado algo, era el mostrar o analizar una rave sin caer en tópicos moralistas o en producir el temido cringe, que es como internet llama ahora a la mezcla del repelús y la vergüenza ajena.

Por eso Wark, que después de Raving ha escrito Writing on Raving, ni ha visto Sirât ni confía en las películas que recrean el fenómeno: “Quizá el cine de las raves es una contradicción en sus propios términos. No estoy muy interesada en convertirla un escenario para historias convencionales. El corazón de la cultura de baile y la vida nocturna siempre ha sido la gente queer. Estamos creando nuestra propia literatura y si la rave de verdad importa también cambiará la literatura. Una buena pista de baile es una en la que nadie está grabando ni haciendo fotos”.

Una grieta evasora

“Hacer cine de la rave exige perturbarla con los medios de producción cinematográfica”, recuerda Juan Evaristo Valls, profesor de Filosofía de la Cultura en la Universidad Complutense de Madrid. “La rave está organizada de nosotras para nosotras, sin afán de lucro, es solo un lugar que habitar, sin aparentar, sin ganar capital simbólico, sin generar imágenes o información”, añade el también autor de El derecho a las cosas bellas (Ariel).

Valls alabó el impacto de Raving y la escritura de Wark en De qué nos protege el after, una reciente charla en el Centre de Cultura Contemporànea de Barcelona (CCCB) en la que se reflexionó sobre por qué ese después del después de la fiesta también puede ser un espacio de confort. Él sí ha visto Sirât y tiene sentimientos encontrados. “Me desconcertó un poco el tono épico y dramático, casi religioso, con que organizaban la fiesta y bailaban. Estas fiestas no dejan de ser banales —en el mejor sentido—, de ser espacios de conversación y tranquilidad, también de alegría y de un afecto más ligero. Así es como yo las recuerdo y las disfruto”, interpreta sobre la película de Oliver Laxe. El pensador cree que ha hecho más daño la promoción de Sirât que la película en sí. “Lo peor de la película, en lo que ha insistido el director, es que las raves son como un espacio de trascendencia y comunión casi mística. Aunque el final de la película es crítico con estos asuntos y mejora mucho al traicionar toda esa épica grandilocuente, la propaganda no ha hecho más que insistir en el aspecto religioso, perdiendo su aspecto político y comunitario, que es el más importante”.

Como Wark, el profesor de la Complutense no ve utopía alguna en la rave. “La rave no se sueña. La rave se organiza y se gestiona. No versa sobre el futuro, sino sobre el presente, sobre abrir grietas para habitarlo de otro modo: apoyo mutuo, relaciones de cuidado y alegría y no de interés. Un espacio sin lucro, donde quienes bailan de día desacatan la economía de la productividad, la eficiencia y el aprovechamiento. Cuando el mundo nos aplasta y se vuelve insoportable, y cuando no podemos o no queremos irnos a otra parte, la rave es un paréntesis, una pausa”.

Contra el ‘lobby’ de la fiesta

Apoyándose en la crónica periodística tradicional, quien se ha acercado al fenómeno en nuestro territorio y consultado a organizadores y expertos ha sido Nando Cruz, que ha dedicado un capítulo a la cultura rave en España en su reciente Microfestivales y otros escenarios posibles (Sílex, 2025). “El de la rave es seguramente el caso más extremo de todo el libro, pues desafía a la ley abiertamente”, explica este cronista musical al que le pareció “horrorosa” Sirât por estar “políticamente descontextualizada y pintar a los raveros como gente sin corazón que se mueven como autómatas en pos de su objetivo pase lo que pase”.

Cruz ahonda en el nexo que une a las raves de los noventa y las free parties de hoy: “Ambas cuestionan el derecho al espacio público y el derecho a la fiesta fuera del entramado del ocio comercial e institucionalizado. Pero las estrategias para hacerlo han tenido que sofisticarse y radicalizarse porque la fuerza represora de los estados y la presión del lobby del ocio nocturno no han dejado de crecer”.

En Microfestivales, el periodista no solo repasa el desmantelamiento de la escena rave británica de los años noventa en pleno thatcherismo, también ahonda sin prejuicios ni moralismo en el fenómeno que más ha fascinado a los medios de comunicación en los últimos tres años: el advenimiento de la Big Fucking Party, la rave de año nuevo que ha transformado la mirada española hacia el fenómeno. “Ahora ya es la noticia de fin de año que esperan todas las redacciones, pero en 2022, la de la Peza en Granada fue toda una sorpresa porque el tratamiento mediático fue muy revelador. El relato mediático criminalizador saltó por los aires cuando los vecinos se mostraron encantados con la rave ante la prensa. Desde ese año, es tan tradicional la Big Fucking Party como las declaraciones de vecinos y hasta alcaldes rebajando la tensión respecto a la ocupación de recintos”, aclara.

Aunque el acercamiento es patente en los medios, la comunidad raver sigue mirando con desconfianza a la prensa. Así lo sienten las integrantes del colectivo valenciano Sot A Terra, que han dirigido Sin miedo a los cables, un documental que aborda el mundo de la free party desde una perspectiva feminista. Sot A Terra declinó responder las preguntas de este medio no solo por diferencias ideológicas: “Asistimos un tanto preocupadas a la creciente mediatización y exotización de la cultura rave sobre todo desde Sirât, pero también desde las últimas nocheviejas. Creemos que participar en un reportaje contribuirá todavía más a esta dinámica que nos genera inquietud”, apuntaron. El colectivo, que también organiza charlas sobre la violencia sexual más allá de la pista de baile, lamenta que “la instagramización de la fiesta” haya cambiado las reglas del juego, “pudiendo atraer más represión y cada vez mejor preparación de la policía para frenar nuestras fiestas”. Es comprensible el respeto y afán protector por una escena que resiste ajena a la lógica del mercado, pero que siempre atraerá a los mirones, a los que Mckenzie Wark ya tiene calados y etiquetados. “Esos son los coworkers de la rave: gente que busca una noche de juerga para poder hablar de algo en la oficina el lunes”.

Con coworkers cerca o sin, para montar una rave tampoco hace falta tanta parafarnalia como la de Sirât, opina Nando Cruz. “Otra opción ha sido organizar fiestas mucho más pequeñas, sencillas e improvisadas. En realidad, bastan unos altavoces bluetooth para una minirave. El botellón no deja de ser una versión silvestre, made in Spain y low cost”, zanja.

Lecturas recomendadas

Raving, de Mckenzie Wark. Traducción de Mariano López Seoane y epílogo de Marta Echaves. Caja Negra, 2023. 184 páginas. 19 euros.

Microfestivales y otros escenarios posibles, de Nando Cruz. Sílex, 2025. 312 páginas, 23 euros.

Retromanía, la adicción del pop a su propio pasado, de Simon Reynolds. Traducción de Teresa Arijón. Caja Negra, reedición de 2024. 448 páginas. 30 euros

Historia universal del after, de Leo Felipe. Traducción de Alejo Ponce de León. Caja Negra, 2022. 260 páginas. 19 euros.

Out of Order: The Underground Rave Scene 1997–2006, de Molly Macindoe. Front Left Books, 2015. 436 páginas. 57 euros.

Loops, una historia de la música electrónica, de Javier Blánquez y Omar León Morera (editores). Reservoir Books, edición revisada de 2021. 736 páginas. 25 euros.

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