Cuando la patafísica entra en el museo
Una muestra en el Museu Picasso de Barcelona explora la influencia de Alfred Jarry en la literatura y las artes del siglo XX, y reivindica al creador del rey Ubú como precursor de las vanguardias

Se puede ser estrambótico, vivir una vida corta y que tu obra retumbe por los pasadizos y atajos de la creación literaria y artística décadas después. Alfred Jarry (1873-1907) fue ese personaje único, precursor del dadaísmo, el surrealismo, el teatro del absurdo, influyente y carismático mucho antes de que los “no artistas”, como Duchamp, rompieran el reloj de la modernidad. El Museu Picasso de Barcelona explora su legado en Ubú Pintor: Alfred Jarry y las artes, comisariada por uno de los mayores especialistas en su obra, Emmanuel Guigon, también director del centro.
Ahora bien, ¿qué ocurre cuando se acomete la tarea de reconstruir la aureola de quien se inventó uno de los personajes más grotescos de la dramaturgia del siglo XX, el rey Ubú? Es un reto descomunal: la sola idea de abordar a Jarry de forma académica suena a disparate. He ahí la paradoja. Guigon, estudioso de la patafísica (o “ciencia de las soluciones imaginarias”, inventada por el escritor francés), ha armado para el museo un corolario correcto —¿un altar sacrificial?— de la estrella y estela de un autor nada satánico, pequeñito (apenas superaba el metro y medio) y bonachón, que hace ya más de un siglo, cuando el arte todavía prometía la revolución espiritual, fue capaz de desbaratar con su demoledor anarquismo toda esperanza de salvación.
¿Hay otras formas de explicar las ocurrencias e imaginerías que expele el arte de un zumbado genial en el casto emporio museístico, revisar la obra de quien fue capaz de representar la podredumbre de la masculinidad desde dentro, tan diferente de observarla desde fuera (incluso desde la potente atalaya de los credos feministas)? Afirmativo. Una prueba es la fecunda y legendaria trayectoria del personaje Ubú, transmutado en decenas de versiones ilustradas, teatrales, pinturas, composiciones musicales (hasta para piano “asmático”), arquitecturas y esculturas (¡hasta Le Corbusier!), almanaques y juegos de cartas, por no hablar de la política actual, que ya ha obtenido el marchamo de ubuesca (en francés, grotesco).

Ocurre que, desde hace un tiempo, la institución museística nos empuja a convertir lo antiheroico en heroico, en su afán de reproducir formas totalmente cerradas y comprensibles. En ese sentido, Ubú Pintor es poco ubuesca y aún menos patafísica. Si hiciéramos un paralelismo con el tiempo lineal en comparación con la física juguetona de Jarry, estaríamos ante un afable y esquemático sistema expositivo en tres dimensiones que intenta explicar la extraordinaria gama de epígonos suscitados por el salvaje absurdo de un inicuo y escatológico reyezuelo polaco.
¿Quién es Alfred Jarry/Ubú? Nacido en Laval, en la región del Loira, pasa su adolescencia en la ciudad bretona de Rennes, donde enseguida se distingue como estudiante de desaforado ingenio capaz de transformar el aburrimiento que le produce su profesor de física, un tal Hébert, en una obra de teatro que escenifica con marionetas junto a un compañero de instituto. El protagonista era Père Ebé, un ser de maneras brutas y andares de pato, que carga con un gran barrigón sobre el que se dibuja un ónfalo exagerado.
Ya en París, Jarry se dedica a la escritura —poemas, obras de teatro, reseñas de exposiciones— y, sobre todo, a la absenta. Con 23 años, publica Ubú roi, basada en aquella broma colegial sobre un capitán del ejército que, instigado por su mujer, decide derrocar al rey de Polonia. Una versión espeluznante del Macbeth de Shakespeare. La pieza se representa en el Théâtre de l’Oeuvre, con un actor de la Comédie Française pronunciando “Merdre!” ya en la primera intervención, causando protestas y aplausos a partes iguales. Solo hubo dos funciones. El estrépito y la irreverencia de Père Ubú dejaron huella en generaciones de escritores y artistas.
Jarry se convierte en su propio personaje de ficción, adoptando sus tropos pedantes y llegando a hablar como él. Incluso se atreve a llevar una pistola que descarga al aire en sus rondas nocturnas. La obra y el personaje evolucionan en Almanaque del padre Ubú, Ubú cornudo y Ubú encadenado, Ubú sobre la colina. Hechos y dichos del doctor Faustroll, patafísico, publicado póstumamente, crea un universo paralelo donde se mezclan filosofía, ciencia imaginaria y humor grotesco. En ese mundo patas arriba vivió Jarry hasta su muerte a los 34 años, causada por la tuberculosis agravada por sus excesos con alcohol y drogas.
El impacto de Jarry no se limitó a la literatura: su obra y su figura inspiraron a autores como Apollinaire, Max Jacob, Duchamp, Breton, Ernst, Man Ray. La exposición enfila un viaje de 10 capítulos, destacando la relación de Jarry con Picasso, aunque no hay muchas pruebas de sus encuentros. Fascinado por Jarry/Ubú, el pintor conservó algunos manuscritos y originales, incluso adquirió su pistola, que ocasionalmente llevaba encima como un amuleto. El año de la muerte de Jarry, Picasso pinta Les demoiselles d’Avignon. Se inspira en él para su obra de teatro El deseo atrapado por la cola y para Sueño y mentira de Franco (1937), la histórica doble plancha pensada para ser impresa en forma de postales a beneficio de la España republicana.

La exposición incluye pinturas y xilografías de Jarry, revistas ilustradas (fundó L’Ymagier y Perhinderion, esta última precursora de la paranoia-crítica); otras salas están dedicadas al pintor simbolista Charles Filiger, que fascinó a Jarry, lo mismo que Gauguin y el grupo de los nabis. Se destaca el papel de Ambroise Vollard en la promoción de Ubú, los grabados de Charles Rouault para Reincarnations du Père Ubu, obras y escenografías de miembros del Colegio Patafísico (Enrico Baj, Dubuffet, Max Ernst, Miró).
El capítulo final pone el foco en las representaciones de la obra en Cataluña, desde la primera, en 1964, traducida y dirigida por Pilar Aymerich, al Mori el Merma, de Miró, y la saga de Ubú a cargo de Albert Boadella y Els Joglars. Cierra el recorrido el sudafricano William Kentridge y su película de animación Ubu Tells the Truth (1997), sobre la necesidad de reparación y reconciliación tras el apartheid. Ubú pintor, como si Ubú pudiera pintar sin embadurnarlo todo, como si el exabrupto admitiera cartelas. Quizá el problema no sea Ubú, sino el museo, que al intentar explicarlo se queda sin tripas, sin merdre.
‘Ubú Pintor: Alfred Jarry y las artes’. Museu Picasso. Barcelona. Hasta el 5 de abril.
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