Luz Arcas: la bailarina médium o cómo invocar a los muertos a través de la danza
La nueva obra de la coreógrafa malagueña es un fascinante y sobrecogedor viaje por el más allá


La muerte y lo extremo; lo jondo y el folclore; los ancestros y la carne; la superstición y el instinto. Son latidos recurrentes, habituales, en el discurso de la bailarina y coreógrafa Luz Arcas (Málaga, 43 años). La profundidad y conciencia, desprejuiciada y libre, con la que viene desarrollándolos al frente de su compañía La Phármaco, la sitúan en un lugar mucho más que singular de la escena. Premio Nacional de Danza 2024 en la modalidad de creación, Arcas es de esas artistas comprometidas con su trabajo y con la hondura, en su caso de lo coporal.
El movimiento no es solo una herramienta de comunicación en sus coreografías, sino el propio argumento. El gesto es narración y todo formalismo habitual de la danza queda dinamitado. Todavía habrá quien diga que lo que hace no es del todo danza. Pero sí lo es. Tanto, que la despoja hasta lo primigenio ubicándola en un lugar salvaje y auténtico, casi de intimidación. Como hicieron hace un siglo Isadora Duncan y Mary Wigman.
Si los temas que se enumeraban al comienzo de esta crítica han atravesado las obras de Arcas, en Morphine (Nana para Emmy Hennings) suponen una especie de culminación. Por un lado, en esta pieza hay mucho de todo lo anterior: la animalidad de su espectáculo Mariana (2023); el trance de Somos la guerra (2021); incluso esa declaración de intenciones indómita que fue su primer solo Sed erosiona (2012). Por otro, Morphine alcanza un nuevo lugar identitario: el de la consumación a través del cuerpo-médium o como Arcas lo llama “cuerpo último”. Una fisicalidad desencarnada y vacía, que poco a poco parece ser habitada por el propio acto de la creación, o en este caso, por los espíritus. El de la escritora Emmy Hennings y el de cualquier otra mujer muerta creadora (lo arquetípico femenino está muy presente).
Lo de hablar de invocación espiritista y danza-médium no es un recurso lingüístico que se use en la descripción de la obra o en la escritura de esta crítica. Es lo que sucedió anoche en el Teatro de la Abadía y que se repetirá hoy viernes y el sábado 17. Es un conjuro de lo corporal para llegar a la comunión sensorial extrema. Es un aquelarre de lo sagrado y lo pagano, el incienso y la vulva, la posesión y lo deshabitado. Con música en directo de Xabier Erquicia (pero sin presencia escénica) y dramaturgia de Pedro G. Romero, Morphine son 55 minutos de invocación subversiva del más allá, a los que Arcas ha llegado a través de la espirita histórica Agustina González y la escritura de Emmy Hennings, fundadora del dadaísmo y el club Cabaret Voltaire.
Precisamente, la Sala Juan de la Cruz de la Abadía parecía recrear ese epicentro de la vanguardia artística que Hennings montó junto a su marido en Zúrich, a principios del siglo XX, en el que la escritora ofrecía recitales de su poesía, que acababan siendo performances espiritistas. El vestuario y la escenografía que Arcas va usando se sitúan a la vista del público, en una esquina del espacio escénico, y contribuyen a la recreación de ese marco.
Morphine, que también es el título de un poema de Hennings, tiene tres partes muy diferenciadas en las que se producen esos cambios de vestuario, escenografía y luces impecables. Una inicial, en la que reina el cuerpo vertical medio desnudo y un vocabulario gestual alrededor del movimiento pendular de un incensario; una segunda parte en la que una mesa que perteneció al tío bisabuelo de Arcas (que era espirita en Puente Genil, Córdoba), es prolongación del propio cuerpo de Arcas y deja imágenes de una belleza terrorífica y extrema, y una tercera que arranca con el cuerpo horizontal, en lo que puede parecer un rito de sacrificio o transmutación y acaba con un espejo, como si fuera un portal a otro mundo y a las profundidades más sombrías del ser. Esta última parte, incluye al público como parte integrante de la invocación, de una manera tan sencilla y poética que casi deviene en hechizo.
En un principio también iba a estar en escena junto a Luz Arcas la cantaora flamenca Inés Bacán, con quien la coreógrafa ha recorrido parte del proceso de dos años de elaboración de Morphine, del que ya se han representado partes más tempranas y performáticas, pero un problema de salud ha hecho que el espectáculo se convierta en un solo y la creadora haya decidido dejarlo así en su última configuración escénica. No podemos saber cómo hubiera sido la obra final con la cantaora, pero en principio cuesta imaginar a Arcas compartiendo espacio en una propuesta con una presencia corporal tan potente, única y ceremoniosa.
Si en Tierras raras, su anterior obra, (en la que echamos de menos más cuerpo), decíamos que se construía un lugar donde bailaban los muertos, en Morphine, son los propios muertos los que parecen bailar a través de Arcas. Un viajazo in crescendo en busca del cuerpo poseído, a través del folclore andaluz, la herencia familiar y una disidencia artística, que transforman a la coreógrafa en una especie de Hécate de la danza, reina de brujas y hechiceras.
‘Morphine (Nana para Emmy Hennings)’. Dirección escénica, baile, coreografía y objetos: Luz Arcas. Dramaturgia: Pedro G. Romero. Sonido directo: Xabier Erkizia. Iluminación: Jorge Colomer. Vestuario: Blas López. Teatro de la Abadía. Madrid. Hasta el 17 de enero.
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