Cuándo muere un desaparecido
Los cuatro huesos y la noble calavera de mamá fueron envueltos entre telas, mensajes, comida para el último viaje, pétalos de las flores que cultivamos para ese día

Mi madre fue asesinada en la esquina de Santa María y Chubut, a las tres de la mañana del 2 de febrero de 1977. Otras cuatro personas fueron fusiladas con ella en ese rincón de Ciudadela, en la provincia de Buenos Aires.
Esas certezas aparecieron con sus restos, identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense en 2011, 35 años después de su secuestro y desaparición. Cuando me lo dijeron, fue como si mamá hubiera muerto en ese instante; así de violento fue el rayo que me cruzó. La tierra se abrió bajo mis pies, el tiempo se hizo añicos, sus fragmentos se incrustaron en tres palabras que usé para contárselo a mis hermanos: encontraron a mamá. Aunque no, apenas eran unos huesos.
¿Cuándo muere un desaparecido? ¿Cuándo se llora entre todes a una desaparecida? ¿Cuántas veces se inventó en las familias un cuento para su falta? ¿Cuántas el terror amputó las historias ausentes?
Cuando la mataron, cuatro meses después de que la arrancaran de casa junto a su amante y a otra compañera embarazada de seis meses, no me dejaban decir “mamá” en voz alta, me pedían que esperara quince días para saber de ella, no debía entristecer a mis hermanos menores. La nombraba en mi insomnio silente, temerosa de cada ruido de la casa, sin saber si iban a volver los malos, si escucharía sus pasos otra vez o si ya era un fantasma. Le hablaba como se les habla a los santos o las muertas, pero cómo podía saber, mi corazón de niña no resignaba la esperanza atroz de que viviera, pero nos hubiera olvidado. Tal vez por efecto de la tortura. Tal vez el gusano de la sospecha de que estuviera en Europa —como ya me habían dicho con macabra inocencia algunas compañeras de escuela— se había abierto camino en alguna parte de mi cuerpo.
¿Cómo se cuenta la desmesura de no saber ni cuándo, ni cómo, ni dónde?
¿Con qué matemática se calcula el peso del silencio genocida?
Cuando supe la fecha de su muerte, calculé que al mismo tiempo yo me resistía al ritual feminizante de la depilación sin éxito porque ya no estaba mamá para defender mi derecho a ser machona. Era verano, me habían llevado a plancharme el pelo; de un día para el otro, la prolijidad tenía un valor que yo desconocía. Tenía diez años y en un cine un chico me preguntó si quería ser su novia. Le dije que lo tenía que pensar y no lo vi más. La vida se imponía en su ausencia con el ímpetu salvaje de lo cotidiano, me gustara o no.
Cuatro huesos y una calavera, una partida de defunción asociada a una parcela numerada en un cementerio bonaerense, la historia de los trabajadores que pusieron un punto rojo junto a la ubicación de las fosas comunes porque sabían que no eran NN esos cuerpos jóvenes acribillados por la metralla, sus pantalones acampanados y sucios, la extrema delgadez del cautiverio. El extraordinario número de cadáveres que los obligaban a enterrar. Nunca antes había pensado en el trabajo material de ocultar los cuerpos, en cuánta gente había participado aun sin querer y cuánta colaboró para quebrar esos 35 años de anonimato bajo tierra.
Mamá se llamaba Marta Angélica Taboada, fue militante del Frente Revolucionario 17 de octubre; yo la acompañé en algunas de las tareas que se impuso por pura solidaridad: levantar un herido de una ruta, sacar del país a una compañera más perseguida que ella apenas iniciada la dictadura. Sobre el fémur desnudo que me mostraron para el último adiós, ese palo amarillo y seco, yo había apoyado mi cabeza en aquel viaje a Uruguay. Mamá enredaba sus anillos en mis rulos mientras manejaba de vuelta con la misión cumplida. Ni sus joyas ni sus falanges resistieron el paso del tiempo, pero hubo una sobreviviente que recordó la polera azul con la que había llegado al campo de concentración, también el recorte de las mangas cuando el verano empezó a apretar. A ese trapo de nylon lo encontré entre las cosas que desenterraron junto a los huesos de la fosa común a la que llegó protegiendo el corazón mudo de mi madre. Guardaba más humanidad que la que siguen mostrando los genocidas y sus cómplices.
¿No es la desaparición una dislocación del lenguaje? Dijo alguien estos días en que se cumplen 50 años del golpe de Estado que inauguró la dictadura cívico-militar más cruel de nuestra historia y que de las entrañas de la tierra nuevos nombres volvieron, identificados en pequeñas piezas óseas, las que quedaron después de que los responsables del centro de detención, tortura y exterminio La Perla, en Córdoba, vaciaran una inmensa fosa común para evitar las preguntas de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. “Ya no soy más hija de desaparecido”, dijo una mujer y entonces se presentó la pregunta sobre qué lengua es capaz de nombrar la desaparición como ese brutal intento de mandar también sobre la muerte y la ínfima victoria de arrebatarle a los perpetradores los nombres que nos faltan, el destino que les dieron, lo que siguen callando.
“Es una entelequia, no está, no existe, está desaparecido”, se confesó Jorge Rafael Videla en 1979, el más salvaje, el más cínico de los presidentes de la dictadura, mientras los cadáveres se sembraban en mar abierto, en el fondo de los campos de concentración que ellos mismos habían inventado en las guarniciones militares, de la Fuerza Aérea, de la Armada; en lagunas de montaña, en diques, en cementerios sin marcas, cadáveres, como decía el poeta Néstor Perlongher, bajo los puentes y bajo las mantas, cadáveres.
“Apareció una medalla en Córdoba”, cuenta una amiga y las dos nos reblandecemos, sabemos que un pedazo de metal dorado es una hebra en la trama social que quisieron destruir y no pudieron. Nadie sabe lo que puede un cuerpo. Nadie imagina lo que puede un resto.
Ese terreno cordobés de los últimos hallazgos fue custodiado cinco décadas por luciérnagas y así seguirá mientras esos bichitos de luz busquen la oscuridad para salvar a su especie en extinción. A mi madre le hubiera encantado esa paradoja entre la oscuridad programada del genocidio y la reserva de luz para alumbrar la verdad, protegida a la vez por ambientalistas y buscadores de desaparecides.
O quién sabe, tal vez me lo estoy inventando, no sé qué pensaría del ambientalismo, ni de que yo sea lesbiana, ni de lo poco que se usa la palabra revolución. A ella la mataron el 2 de febrero de 1977. No sé quién disparó sobre ella y sus compañeros, quién levantó los cuerpos de la calle, quién ordenó enterrarlos. La máquina estatal para el exterminio y el encubrimiento sigue aceitada, 50 años después. Eso también lo sé.
Los cuatro huesos y la noble calavera de mamá fueron envueltos entre telas, mensajes, comida para el último viaje, pétalos de las flores que cultivamos para ese día. Su urna fue una cuna enjoyada con pinturas, consignas, collages, la historia que se siguió tejiendo en ausencia. Cada mano que puso un trazo se apropió un poco de la materialidad de su presencia tantos años ausente, por cada hueso que nos falta. Su entierro mereció lágrimas, pero tuvieron sabor a victoria. Como ahora que hasta la tierra les grita en la cara a los negacionistas que fue genocidio.
Y a los genocidas que digan dónde están.
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