La sombra de un ‘outsider’ acecha de nuevo en las elecciones peruanas
El descontento generalizado del electorado y el alto número de indecisos abren la puerta a figuras ajenas al sistema


Desde fines de los años ochenta, Perú se pregunta cada cinco años quién será su nuevo outsider. Ese candidato que surge fuera de los márgenes del sistema político, lanza dardos contra los partidos tradicionales o el gobierno saliente y, sobre todo, asegura ser distinto y no estar manchado como el resto. Un aspirante que permanece agazapado durante la mayor parte de la campaña, casi de incógnito en las encuestas, y surge en los tramos finales sin dar opción a sus adversarios para desinflar su arremetida.
En las elecciones de 1990, Mario Vargas Llosa parecía correr en solitario hacia el triunfo en un país sometido por la hiperinflación y el terrorismo. Un mes antes de la primera vuelta, triplicaba la intención de voto de su más cercano perseguidor. Pero a diez días de los comicios apareció un ingeniero agrónomo de apellido japonés que postulaba con una agrupación política fundada por evangélicos. A pesar de sus notorias dificultades para hablar en público, Alberto Fujimori desplazó al escritor más internacional del Perú con 25 puntos porcentuales de diferencia en la segunda vuelta, mediante una guerra sucia donde lo calificó como el “candidato de los ricos”, lo trató como si fuese un extranjero e infundió temor sobre un shock económico que él mismo terminó aplicando.
A tan solo dos semanas de que los peruanos vuelvan a las urnas, el escenario parece propicio para la irrupción de un nuevo outsider: descontento generalizado hacia la clase política, miedo por una escalada de violencia que ninguno de los cuatro presidentes del último quinquenio ha podido frenar y confusión ante una cédula donde la ciudadanía deberá elegir entre 35 candidatos a la Presidencia, además de los representantes del Congreso y el Parlamento Andino.

El consenso es que los potenciales outsiders —quienes están en capacidad de arrinconar a los favoritos Rafael López Aliaga (Renovación Popular) y Keiko Fujimori (Fuerza Popular) y superar a Alfonso López Chau (Ahora Nación), en el tercer lugar desde hace algún tiempo— son Jorge Nieto (Partido del Buen Gobierno), Wolfgang Grozo (Integridad Democrática), Carlos Álvarez (País para Todos) y Roberto Sánchez (Juntos por el Perú).
Nieto es un sociólogo de pasado comunista que ha sido ministro de Cultura y de Defensa. Grozo es un militar retirado, exdirector de Inteligencia de la Fuerza Aérea. Álvarez, en tanto, es un reconocido comediante que en los noventa apoyó activamente a Fujimori, mientras que Sánchez es un actual congresista y exministro de Comercio Exterior y Turismo que se promociona como el heredero político de Pedro Castillo, otro de los outsiders de la política peruana, hoy encarcelado por un intento fallido de quebrar el orden constitucional.
Sánchez ha sido el último en asomar la cabeza. Luego de permanecer en el pelotón de los “otros”, figura en el tercer lugar en el sondeo más reciente de la encuestadora Ipsos, publicado a mitad de semana. Está empatado, con un 5%, con López Chau, Carlos Álvarez y Jorge Nieto. Un detalle revelador es que, si las elecciones solo fueran en el ámbito rural, Sánchez ganaría con casi el 20%. No es casual que su distintivo de campaña sea un sombrero que, según asegura, Castillo le dio en la cárcel bajo la promesa de que se lo devolverá el 28 de julio, cuando sea presidente.
“Él va a capitalizar los votos de la gente indignada que siente que a Castillo no lo dejaron gobernar y que fue preso por una conspiración. Gente que no entiende bien que Castillo dio un golpe de Estado”, dice Emilio Camacho, editor del diario La República, quien pone en tela de juicio que Roberto Sánchez cumpla con los requisitos para ser considerado un outsider. “Pretende ser percibido como un outsider, y de una manera extraña, porque se ha propuesto repetir la campaña de Castillo. Él llama a sus viajes por el interior ‘La ruta castillista’. Pero es un hombre de izquierda, con una trayectoria conocida, que además forma parte de este Congreso”, explica.

Bajo su mirada, los únicos aspirantes de esta contienda que sí calzan con el perfil de outsider son Wolfgang Grozo y Carlos Álvarez. Grozo se ha desmoronado en los últimos días: pasó de integrar el grupo de los cinco primeros a regresar al batallón de los “otros” tras conocerse su cercanía con operadores políticos. “Los peruanos solemos asociar lo militar con la eficacia, y eso le favorecía. A eso se suma su trabajo en redes sociales. Muchos jóvenes van a votar por primera vez; es un capital que algunos candidatos, como Grozo, manejan bien. Pero en cuanto los medios de comunicación recordaron algunas de sus relaciones oscuras, se cayó”, anota Camacho.
Tres datos de la encuestadora Datum describen con claridad la incertidumbre y el caos que rodean las elecciones peruanas, que ya marchan en cuenta regresiva. Ocho de cada diez peruanos no sabe cómo se debe votar este 12 de abril. El desconocimiento es más elevado entre los adultos jóvenes (86%). El 57% de los electores todavía no ha decidido su voto; se trata de un pendiente que algunos resolverán en la cola. Y, finalmente, el 53% del electorado desconoce el símbolo de la agrupación política a la que brindará su apoyo. Un marco ideal para que emerja un outsider.
Para el antropólogo Alexander Huerta Mercado, todo aquel que aspira a ocupar Palacio se pinta como un outsider, aunque no lo sea, porque le conviene desmarcarse del desprestigio de la clase política. “Hay un voto emocional en el elector peruano. Usualmente, no hay continuidad política; más bien hay una idea extendida de castigar siempre con el antivoto al gobierno saliente y dárselo a quien se presenta como alguien inmaculado”, señala. “Si Fujimori fue una respuesta a Vargas Llosa, Pedro Castillo lo fue a un gobierno tecnócrata como el de Pedro Pablo Kuczynski. Un maestro rural que, como sus votantes, sufrió de pobreza y marginación. Todas han sido respuestas emocionales”, agrega.
Esta semana se llevó a cabo la primera ronda de los debates presidenciales. Fueron tres jornadas en las que los analistas coinciden en que abundaron los puyazos y se ausentaron las ideas. La mayoría se centró en proponer soluciones radicales para acabar con la delincuencia, como crear comandos de aniquilamiento: responder con violencia a la violencia.

En uno de esos días expuso sus planes un candidato delgado y canoso, de 80 años, llamado Ricardo Belmont, del partido Cívico Obras. A este empresario y conductor de radio y televisión se le considera el primer outsider de las últimas cuatro décadas. En 1989 se convirtió en alcalde de Lima promocionándose como un “criollo con calle”. Hoy intenta captar votos vendiéndose como el “candidato más viejo de la historia”.
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