Cuba: la urgencia de una oportunidad imperfecta
Después de casi siete décadas, la posibilidad de cambiar la vida de millones de cubanos nunca ha estado tan cerca

Hay momentos en la historia que no se anuncian con claridad. No llegan con planes perfectos ni con consensos absolutos. Emergen envueltos en tensión, en riesgo, en decisiones incómodas. Pero aun así, son momentos que no se pueden ignorar.
Este es uno de ellos.
Cuba está en un punto que no admite más dilaciones. Durante casi 70 años, el régimen ha construido no solo control político, sino un sistema completo de supervivencia basado en restricciones, dependencia y desgaste. Un modelo que no se desmonta de un día para otro ni se transforma con una figura o un gesto simbólico. Pensar lo contrario es ignorar la historia reciente de países como Venezuela o Irán.
Pero reconocer esa complejidad no puede ser excusa para la inacción.
Hoy, más que nunca, hay una ventana. No perfecta. No limpia. Pero real. Esas imperfecciones no deberían impulsarnos al error de esperar condiciones ideales para actuar. La historia no premia la perfección; premia la decisión.
Durante demasiado tiempo, las discusiones sobre Cuba quedaron atrapadas entre los extremos: o se exige una transformación total e inmediata, o se cae en la resignación de que nada es posible. Ambas posiciones, en la práctica, terminan prolongando el mismo resultado: la continuidad del sufrimiento.
Hoy se necesita algo distinto: claridad, urgencia y realismo.
Porque si algo debe quedar claro —y este es el mensaje que no puede seguir postergándose— es que los márgenes de maniobra del Gobierno cubano se han agotado. Carece de margen económico. No tiene margen social. Y cada vez cuenta con menos margen político.
La población lo sabe. Lo vive. Lo sufre a diario. Y el sistema, aunque aún se sostiene, lo hace cada vez con mayor fragilidad.
En este contexto, el foco no puede estar en diseñar la negociación perfecta, en esperar el momento ideal o en construir escenarios sin riesgos. El foco tiene que estar en avanzar —con inteligencia, con firmeza— hacia cambios concretos.
Porque la alternativa a una negociación imperfecta no es una negociación mejor. Es la ausencia de cambio.
Y eso, en el caso de Cuba, ya no es una opción sostenible.
Lo digo no solo como alguien que ha trabajado en política pública al más alto nivel, incluso desde la Casa Blanca asesorando en temas de Cuba, sino como cubana. Como alguien que nació en la isla, que ha visto de cerca cómo operan los regímenes autoritarios y que ha dedicado su carrera a enfrentarlos, incluyendo el trabajo directo en la liberación de decenas de nicaragüenses perseguidos por la dictadura de Ortega.
He visto de cerca lo que ocurre cuando los sistemas autoritarios se enfrentan a momentos de quiebre. He visto también lo que ocurre cuando se pierde la oportunidad por cálculos excesivos, por falta de decisión o por una lectura equivocada del momento.
Cuba no necesita soluciones simplistas. La realidad cotidiana confirma que tampoco puede permitirse seguir esperando.
Y en esa realidad urgente, lo esencial no es si el camino es perfecto, sino si es posible.
Porque después de casi siete décadas, la posibilidad de cambiar la vida de millones de cubanos nunca ha estado tan cerca.
Y dejarla pasar, una vez más, sería imperdonable.
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