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Perú encadena presidentes y la calle no se inmuta: “Cada uno está viendo cómo sobrevive”

Todo funciona con normalidad en Perú en medio de una inestabilidad que ya suma ocho mandatarios sin completar periodo desde 2016

La plaza principal de Lima, el pasado 16 de febrero.Guadalupe Pardo (AP)

Hubo un día en el que el Perú no tuvo presidente. Y el país despertó como siempre. En el mismo centro de la capital, una comerciante ni siquiera se había enterado. Llegó a trabajar a su puesto en las calles del Mercado Central temprano por la mañana y ahí vio, en el puesto del frente, las portadas de los periódicos. No le dio tanta importancia y cerca del mediodía preguntó: “Algo pasó con Jerí, ¿no?”. El Congreso de la República había cesado hacía casi 24 horas a José Jerí, presidente interino del Perú que llevaba solo 130 días en el cargo. “Es que no tengo televisión, entonces no lo había visto. ¿Pero será cierto?”, dudaba. La mujer trabaja en un puesto callejero en el centro, a solo una cuadra del Parlamento, el mismo que elegiría por la tarde al nuevo mandatario.

Perú ha tenido desde 2016 ocho presidentes que no completaron un mandato. El último, José María Balcázar, elegido el miércoles, permanecerá en el cargo hasta finales de julio, cuando se produzca el cambio de Gobierno tras las elecciones generales. O eso se cree.

En aquel día sin presidente, frente a la Plaza de Armas de Lima, una familia peruana buscaba un tour por el centro de la capital. Mientras observaban el Palacio de Gobierno, la madre le explicaba a su hijo: “No, es que Jerí ya no está”. El niño, desconcertado, preguntaba: “¿Cómo que ya no está?”. “Es que el Congreso…”, respondía ella. “Han pasado varias cosas…”.

Hay quienes cuestionan que se hable de crisis cada vez que hay un cambio presidencial, de lo frecuentes que son. Luego de la vacancia de Jerí, si un transeúnte veía la calle, jamás hubiese pensado que en el país se vivía otro abrupto cambio de gobierno. En la calle se hablaba de los últimos resultados de la Liga local de fútbol, el caos en el transporte era el mismo, la gente trabajaba como todos los días y el sicariato —que tiene cifras promedio de seis muertos diarios— no había parado. El abandono del Estado en algunos puntos del país era el mismo.

“Todo es igualito, nada cambia”

Marcos Lázaro Huamán tiene 60 años y lleva trabajando en la calle, como cambista, más de la mitad de su vida. “Si vacan a un presidente o no, todo es igualito”, dice. “Nada cambia”. Lázaro tiene dos hijas arquitectas con quienes conversa siempre sobre la coyuntura nacional: “Me incomoda mucho, quisiera uno bueno al que dejen trabajar y que las cosas cambien”, cuestiona. Pero, mientras dura la inestabilidad, él ve cómo la calle no cambia: “Es que el pueblo vive de su trabajo”, asegura.

Existe la percepción de que todo se mantiene igual: los trabajos continúan, el dólar no se mueve y los servicios —muchos de ellos privados— siguen funcionando. Esto se puede entender por el alto nivel de informalidad en el país (70% del trabajo), un Estado con una presión tributaria baja y que no está presente en la vida cotidiana de la población, explica Eduardo Dargent, politólogo de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Frente al Palacio de Justicia, sentada sobre las escaleras de una tienda de fotocopias, se encuentra Sofía Ramírez, de 56 años. Conversa y se ríe con sus compañeras, mientras llaman a quienes pasan por el frente buscando una copia. “Si no trabajo, no como”, dice pícara, “y si no como, no jodo”, añade riéndose. Si un presidente se va y otro llega, hay una rutina que no puede cambiar: la faena, sobre todo para quienes viven del día a día, afirma. En la tienda de fotocopiadoras, todas coinciden en que los cambios de gobierno afectan a las personas; es complejo para ellas explicar el por qué, pero definitivamente la inestabilidad no hace bien.

A pesar de la rutina en la calle, asumir que la inestabilidad de los gobiernos no afecta la vida cotidiana es, para Dargent, un error. “Se hace peor política pública”, resume. La rotación constante en los ministerios y la falta de continuidad en las decisiones tiene efectos concretos en distintos frentes, en particular en la seguridad ciudadana, en medio de la crisis que atraviesa el país. También repercuten en la lucha contra la pobreza, los derechos de la mujer o la calidad educativa. “Para algunos el funcionamiento del Estado se vuelve irrelevante, aunque sí incide en muchas de las cosas que están pasando”, explica.

La propia congresista Flor Pablo, tras el cambio de mando, hizo un mea culpa: “Hemos arruinado, desde la clase política, las posibilidades de crecer y tener una institucionalidad fuerte para el beneficio de nuestro país”. Y añadió: “Creo que lo que nos va a seguir salvando es la fuerza de nuestra gente, que se levanta todos los días a trabajar”.

Rechazo social

En los últimos años, los cambios presidenciales han despertado el rechazo en la sociedad. Las marchas multitudinarias contra Manuel Merino lo obligaron a dejar el cargo tras apenas cinco días en el poder. Con la llegada de Dina Boluarte también hubo protestas, unas trágicas que dejaron cerca de 50 fallecidos. Cuando Jerí asumió la presidencia, se registraron nuevas manifestaciones, debido a sus antecedentes por denuncias de violencia sexual y a lo que se denominó el “pacto mafioso” en el Congreso.

Esta vez, tras la elección de Balcázar —quien se ha mostrado a favor del matrimonio infantil y ha tenido investigaciones judiciales— ninguna expresión de rechazo ha llegado a alzarse a una protesta pública en las calles. Zaraí Toledo, doctora en ciencias políticas, explica que es más difícil que una sociedad se movilice cuando no percibe una alternativa mejor ni alguien que lo represente. Aun así, en distintos puntos del Perú se registran otras manifestaciones relacionadas al hartazgo frente a servicios que no funcionan: la extorsión y el sicariato en el transporte público, la falta de infraestructura vial en la sierra o la escasez de agua en el norte. Toledo sostiene: “No es verdad que la gente sea indiferente. La movilidad social sí ha sido utilizada, pero siempre como oposición”.

Toledo señala que existe un hartazgo generalizado, no frente a la política en sí, sino ante “el juego que está habiendo ahí, la pelea banal”. Explica que quienes han ocupado el poder no han impulsado políticas públicas en beneficio de la población, sino maniobras orientadas a intereses propios. “La pelea política nada ha tenido que ver con cómo se maneja el país, entonces realmente no hace una diferencia para los peruanos quién está ahí”, afirma.

Para Toledo, la aparente tranquilidad —marcada por la necesidad de salir a trabajar como cualquier otro día— está vinculada a la vulnerabilidad. “Mientras más vulnerable eres, mientras menos acceso tienes a derechos básicos, más difícil es tu capacidad de movilización”, explica. “Cada uno está viendo cómo sobrevive”.

Durante el día en el que en el Perú no hubo presidente, pocas cosas cambiaron. Una de las que se mantuvo fue el cambio de guardia en el Palacio de Gobierno. Locales y turistas veían por las rejas este espectáculo, un cambio de guardia en un palacio vacío de poder. Aunque, a partir de este jueves, el Ejecutivo está representado por un hombre que considera que “las relaciones sexuales tempranas ayudan al futuro psicológico de la mujer”, en un país donde 13.499 niñas fueron atendidas por violencia sexual el año pasado.

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