El atrevimiento cubano
La valentía de experimentar algo diferente le dio a Cuba una especie de “renta de heroicidad” que el régimen explotó durante décadas

La Revolución cubana fue un atrevimiento. En las propias barbas del imperio estadounidense, fue precisamente un grupo de barbudos el que encarnó la gesta: la isla de enfrente decidió no solo declarar su segunda independencia, sino también el socialismo. Así, en medio de la Guerra Fría, la llegada de las guerrillas de Sierra Maestra a La Habana desparramó entusiasmo revolucionario por América Latina —y por el planeta entero—. El “prostíbulo de Estados Unidos” —imagen que ocultaba el enorme dinamismo intelectual de la Cuba prerrevolucionaria— devenía de un día para el otro territorio de una utopía socialista.
La resistencia a las permanentes agresiones de Washington, sumada a su voluntad internacionalista, llevó a la isla caribeña a intervenir en la escena internacional muy por encima de sus propias fuerzas. Toda la izquierda —comunista, trotskista, maoísta, nacionalista revolucionaria, “nueva izquierda” e incluso socialdemócrata— encontró algún motivo para entusiasmarse con lo que proyectaba Cuba: un socialismo vivo, desbordante de energía popular y propiamente latinoamericano, frente a la gris burocracia soviética. También la revolución atrajo diversas discusiones sobre qué hacer con la economía —y sobre los diferentes modelos de incentivos no mercantiles—.
Fue un atrevimiento frente al imperio vecino —con sus carteles que rezaban “Señores imperialistas, no les tenemos absolutamente ningún miedo”—, pero también frente a Moscú, que había mirado con desconfianza a los barbudos, al igual que el comunismo local.
Sin embargo, la épica revolucionaria solo pudo encubrir durante un tiempo el avance hacia aspectos centrales del modelo soviético y del bloque oriental, incluso en el terreno de la inteligencia interna. En lugar del poder del partido, como en la Unión Soviética postestalinista, y de líderes soporíferos como Leonid Brézhnev, Cuba tenía a su cabeza un hipercaudillo, con una inigualable vitalidad personal, descollante carisma y capaz de pronunciar interminables discursos “político—pedagógicos” que podían abarcar desde el destino de la humanidad hasta el cultivo de zanahorias. Pero, en el fondo, el modelo al que se tendía era el mismo. Las organizaciones “de masas”, digitadas desde el Estado, se fueron transformando con los años en carcasas burocráticas y términos marxistas aprendidos mecánicamente en las escuelas y universidades se volvieron motivos de burla cínica.
La detención del poeta Heberto Padilla en 1971 y su sobreactuada autoinculpación —revelada en un reciente documental de Pavel Giroud construido a partir de las filmaciones de la Seguridad del Estado— fue uno de los puntos de inflexión: una constatación de que el lema “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada” era sinónimo de “Dentro del Estado todo, contra el Estado (o fuera de él) nada”. Y, “contra la Revolución —advertía Fidel—, ningún derecho”.
El socialismo con salsa de fondo, que en su origen aparecía más libertario que el sistema soviético, húngaro o alemán oriental, pronto derivó en una autocracia paternalista, providencial y pasivizante. La economía de comando ultracentralizada que predominó en la isla fue el correlato de esta estatización de la vida social y, más aún que en otros países del socialismo real, este modelo fue incapaz de lograr resultados satisfactorios incluso en la producción de alimentos. El propio Raúl Castro señaló en 2009 respecto de las tierras improductivas: “Hay que dejar de gritar ‘abajo el bloqueo’ y ponerse a producir”.
Aun así, el genuino atrevimiento a experimentar algo diferente le dio a Cuba una especie de “renta de heroicidad” que el régimen explotó durante décadas.
Cuba sobrevivió a la caída del bloque soviético, pero a un altísimo costo. Aunque algunos miraron hacia Vietnam, lo cierto es que se mantuvo en una inercia de supervivencia y, de pronto, apareció la Venezuela de Hugo Chávez como un milagro salvador. Hoy es claro que el régimen cubano perdió la oportunidad de diseñar algún tipo de transición en la era Obama, cuando además las izquierdas eran poderosas en la región y podían servir de amortiguamiento. El traspaso del mando de Fidel a Raúl Castro y más tarde de Raúl a Miguel Díaz—Canel representó una dilución progresiva del carisma personal en la cima del Estado, mientras el régimen se “institucionalizaba” en un entramado de poder opaco con las Fuerzas Armadas Revolucionarias en su centro y la generación de la Revolución iba desapareciendo. En ese marco, hubo alguna apertura, como los viajes al extranjero, que permitieron el acercamiento entre cubanos de la isla y de la diáspora —incluido el campo intelectual—. Hubo también una política sinuosa frente al cuentapropismo, que no terminó de delinear un modelo económico viable, mientras los militares controlan gran parte de la economía. Había cierta lógica en el temor oficial —en la falta de atrevimiento a cambiar—: nada garantizaba que una apertura creciente —económica y política— no pusiera rápidamente en cuestión el sistema de partido único. El poderoso exilio de Miami siempre fue el fantasma que sobrevoló cualquier posibilidad de democratización, y su estrategia violenta y prointervención —por momentos terrorista— resultó a la postre funcional al sistema. También la Perestroika marcó a la élite cubana: de un día para el otro, la poderosa Unión Soviética colapsaba y su último líder, Mijaíl Gorbachov, terminaba haciendo una publicidad de Pizza Hut.
El diplomático y escritor chileno Jorge Edwards sintetizó en una columna en este diario, en 2016, una de las claves de lectura de la Revolución cubana. En su texto narra un encuentro con Fidel en La Habana, en el que este, tras ofrecerle ayuda militar al gobierno de Salvador Allende en Chile, le dijo: “seremos malos para producir, pero para pelear sí que somos buenos”. Edwards recuerda que uno de los consejos del líder cubano fue que Allende nacionalizara la minería del cobre, pero que dejara el socialismo para más adelante. Y lo mismo le repitió en 2006 a un entusiasta Evo Morales, recién estrenado en la presidencia y profundo admirador de Fidel: “no hagan lo que nosotros hicimos”.
El regreso de la Doctrina Monroe —y el objetivo de Marco Rubio de pasar a la posteridad como el libertador de Cuba— llega en un momento de extrema debilidad de la isla. En el que inclusive la posibilidad de “pelear” se ve erosionada por la crisis total del sistema. Washington buscará aislar —y ahogar— a Cuba, quizás sin estridencias, lo que pone a la isla en una lucha contra sí misma, sin la ideología como elemento movilizador. Nadie sabe qué puede pasar. Si un bloqueo petrolero alcanzará para producir el colapso. Donald Trump es reacio a las invasiones. Pero una salida a la venezolana —con un cambio de régimen dentro del régimen— no le daría a Rubio su ansiada victoria política y simbólica.
Acabar con el “atrevimiento” cubano —aunque este sea hoy solo una versión derruida, incluso literalmente si miramos el paisaje urbano de La Habana— y eventualmente tratar de convertir a Cuba en un protectorado gringo sería la guinda de la torta del “Corolario Trump” -o en este caso, más propiamente Corolario Rubio- de la Doctrina Monroe. Y podría satisfacer también el deseo de Trump de ser el bully del barrio.
Los carteles sobre la falta de miedo al imperio están literalmente oxidados, el país se encuentra a oscuras y la extrema derecha campea a sus anchas en la región. Cuando Fidel Castro elogiaba la capacidad de lucha de los cubanos, pensaba aún en Sierra Maestra, en la guerra en Angola, en una resistencia épica en caso de invasión. Pero hoy no hay épica. Y sabemos también que la separación de los dos elementos de la ecuación —producir y pelear— era, al final del día, una ilusión trágica.
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