Ir al contenido
_
_
_
_
Ataque Estados Unidos a Venezuela
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

María Corina Machado y Delcy Rodríguez: dos Sherezades en el patio trasero de Trump

Si me tocara escribir un capítulo de esta historia, me imaginaría que ambas lideresas sean capaces de construir un país libre y soberano

Antes de la llegada de Hugo Chávez al poder, Venezuela era ya conocida en el mundo por sus reinas de belleza, sus telenovelas y su petróleo. Hoy, en la extraordinaria y exagerada trama de este país, dos mujeres encabezan los bloques políticos enfrentados. Delcy Rodríguez y María Corina Machado no son elenco de un melodrama televisivo en el que pelean cándidamente por el amor de un galán, sino que son dos figuras que han debido recurrir a la astucia, como modernas Sherezades, para sobrevivir en un tablero dominado por un “sultán” externo: Donald Trump.

Hay algo extraordinario en esta historia. Por primera vez, los liderazgos más visibles de la disputa venezolana están en manos de mujeres que no piden permiso para mostrar sus ambiciones, pero que deben maniobrar frente al peso de una superpotencia, cuyo presidente ha decidido tratar a Venezuela como la puerta de entrada a su patio trasero.

Delcy Rodríguez, la primera mujer en ejercer la primera magistratura del país aunque nunca haya sido electa, tuvo que esperar a que Chávez muriera para ascender dentro del Socialismo del Siglo XXI, un proyecto que en el discurso reivindica al “pueblo” y a las mujeres, pero que en la práctica reproduce lógicas patriarcales, privilegios y desigualdades.

María Corina Machado, por su parte, desafió a los partidos tradicionales, cuyos líderes, todos hombres, se quedaron atrapados como en un túnel del tiempo. Ella arrasó con más del 90% de los votos en las primarias opositoras del 22 de octubre de 2023, solo para encontrarse con una inhabilitación y una persecución implacable que truncaron su postulación.

Sus trayectorias, aunque opuestas en origen, revelan algunas de las tensiones de la sociedad venezolana. Rodríguez proviene de una familia de izquierda marcada por la tragedia: el asesinato de su padre, torturado tras su participación en el secuestro del ejecutivo estadounidense William Niehous. Machado, en cambio, es heredera de una tradición industrial que se remonta a tres siglos atrás. En un país donde la corrupción ha erosionado la confianza pública, ella encarna el oxímoron de ser percibida como “rica, pero honrada”.

A una le quitaron al padre, Jorge Rodríguez, en la época democrática; a la otra la empresa familiar, Sivensa y sus derechos, en la era chavista.

Ambas rompen moldes. Rodríguez no es madre; Machado tiene tres hijos, pero ha dedicado gran parte de su existencia a la vida pública. Ambas mantienen parejas de hecho, otra señal de cómo en la vida privada también desafían las convenciones.

Si Estados Unidos estuviera gobernado por una mujer, la metáfora sería distinta. Pero Trump facilita el ejercicio: un hombre blanco, poderoso, misógino, que según reportes de prensa anhela tanto el Premio Nobel de la Paz, que acepta la ofrenda a la que se vio obligada Machado. De la misma manera, ambiciona tanto el petróleo y los recursos minerales venezolanos, que ha llegado a amenazar a Rodríguez, para luego decir que se llevan muy bien.

El rubio tiene frente a él dos “sudacas” con rasgos mestizos, que deben desplegar estrategias para manejarse en un entorno lleno de aduladores o temerosos. A ambas las ha menospreciado.

Ninguna de las dos la tiene fácil. Machado, pese a ser cercana a sectores conservadores estadounidenses, es una figura con vocación nacionalista. Rodríguez, aunque formada en la tradición antiimperialista, se siente cómoda con privilegios de la izquierda caviar. Ninguna encaja del todo en el eje clásico izquierda‑derecha, porque en Venezuela existe un igualitarismo cultural que desborda las categorías ideológicas.

Es como si Trump tuviera dos Sherezades. Cada una debe sobrevivir noche tras noche, mientras también lidian con los juegos de poder internos. Rodríguez sostiene, y es arquitecta, de una estructura autoritaria. Machado persiste en una misión casi suicida: devolver la democracia a un país cuyo control territorial ella no maneja, y sin gran influencia en la Fuerza Armada, el verdadero sostén del régimen.

Mientras Trump las observa con la condescendencia del colonizador, ellas ejecutan sus jugadas. Rodríguez intenta presentarse como la moderada del autoritarismo que puede negociar con Washington y ganar tiempo, que ha sido una de las tácticas constante de la dictadura. Machado, por su parte, saca sus fichas para entrar en el radar del mandatario y ser considerada en una eventual transición democrática. Con su reciente visita a la Casa Blanca extendió su tiempo de vida política.

Las dos están jugando duro, tienen equipos capaces, y según su desempeño son talentosas y trabajadoras.

Por supuesto que con lo que les he contado es obvio que mi deseo está a favor de que Machado logre redimensionar la cancha para trazar el camino de la transición democrática y con ello también sea un ejemplo global de que la democracia no es prescindible y que frente a los autoritarismos no solo hay que ser valientes y audaces, sino también es necesario tener la firmeza para coincidir cuando los intereses de la nación están en juego. Al igual que muchos, apoyo el deseo de Jørgen Watne Frydnes, presidente del Comité Noruego del Nobel, para que Venezuela vuelva a ser un país pacífico y democrático.

Pero sobre todo, y ya con la experiencia de que la historia venezolana tiene más giros que la mejor telenovela latinoamericana, solo espero que ni Machado ni Rodríguez sean desechables y mucho menos que se casen con el sultán. Si me tocara escribir un capítulo de esta historia, me imaginaría, como ya lo hizo el escritor Federico Vegas, que ambas lideresas se encuentren y sean capaces de coincidir en una agenda para construir un país libre y soberano.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_