36 años
Un 3 de enero dos dictadores latinoamericanos sucumbieron ante el embate militar de Estados Unidos que más que impelido por la casualidad hizo buena su creencia en el destino manifiesto o, simplemente, azuzó sus intereses materiales

Hay coincidencias que son fruto del azar, pero una buena parte de ellas son producto de la decisión humana que busca algún tipo de deseo en clave de profecía autocumplida o de gestación de un efecto promisorio. A veces es un escenario climatológico desfavorable el que condiciona la decisión siendo uno de los más frecuentes albures con que se enfrenta el ser humano. No obstante, el fetichismo por las celebraciones vinculadas con días del calendario es una constante histórica. Un 3 de enero, con una separación de 36 años, dos dictadores latinoamericanos sucumbieron ante el embate militar estadounidense que más que impelido por la casualidad hizo buena su creencia en el destino manifiesto o, simplemente, azuzó sus intereses materiales.
Entre el panameño Manuel Antonio Noriega y el venezolano Nicolás Maduro hay similitudes. Ambos ejercieron el poder de forma autoritaria en torno a una década siendo delfines de líderes militares, Omar Torrijos y Hugo Chávez, que encabezaron procesos nacionalistas con cierto contenido popular, y epítomes de una manifiesta expresión antinorteamericana arraigada en los dos países que contaban con sendos activos de vital importancia para el vecino del norte: el canal interoceánico y el petróleo.
Sin embargo, las diferencias no eran menores. Mientras que Estados Unidos mantenían una presencia militar en el Canal desde la que ejercer una fácil presión sobre el entorno, en Venezuela la nacionalización del petróleo llevada a cabo hace exactamente medio siglo y el posterior uso del oro negro para dinamizar la presencia chavista en el mundo gestó una permanente afrenta. Noriega y Maduro son personajes que habían ignorado su derrota en las urnas fruto del desgaste de sus gobiernos, pero el desenlace de su secuestro será también distinto no tanto con respecto al hecho de su paradero que será el mismo sino al acontecer inmediato en cuanto a su sucesión.
En Panamá, Guillermo Endara, por haber sido el candidato vencedor en las elecciones que el régimen de Noriega anuló, tomó posesión en una base militar estadounidense en la Zona del Canal. Sin embargo, esta circunstancia en Venezuela no concurrirá pues el vencedor de las elecciones del 28 de julio de 2024, Edmundo González Urrutia, verá como el mando de la primera magistratura del país recaerá en la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, candidata igualmente espuria en el fraude electoral perpetrado entonces.
Dos presidentes republicanos, George H. W. Bush y Donald Trump, dirigieron sendas acciones que tuvieron como denominador común justificativo un mismo término, a pesar del tiempo transcurrido: el narcotráfico. No la democracia. De hecho, en la rueda de prensa que dio este último el 3 de enero, tras haber seguido en directo el operativo desde su residencia de Mar a Lago, este término no aparece, aunque sí se recurrió extensamente al mantra del narcotráfico, un asunto que el propio Trump había tirado por tierra al indultar al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández condenado a más de 40 años en sentencia firme y tras el debido proceso por un tribunal en Nueva York.
Tres son las interpretaciones entre el más prolijo y grandilocuente argumentario esgrimido que iluminan con creces el sentir político de Trump muy vinculado con la presente matriz neoimperial que domina la vida internacional.
La primera tiene que ver con la sensación de orgullo acorde con la filosofía de MAGA que invade toda su intervención, ahora bajo el manto de la explícita doctrina Monroe, y que se refleja en estas palabras: “En la historia de Estados Unidos, esta operación ha sido una de las demostraciones más impresionantes, eficaces y poderosas del poder y la competencia militar estadounidenses… Volvemos a ser un país respetado”.
La segunda se inserta en relación con los intereses económicos en consonancia con el mundo petrolero estadounidense tras una evaluación muy peculiar. La versión de Trump es diáfana: ”Vamos a pedir a nuestras grandes compañías petroleras… que gasten miles de millones de dólares … y que empiecen a generar ingresos para el país... Venezuela ha confiscado y vendido unilateralmente petróleo estadounidense, … lo que nos ha costado miles de millones de dólares… Construimos la industria petrolera venezolana… Y el régimen socialista nos la robó bajo las administraciones anteriores… Y no hicimos nada para remediarlo…” Un argumentario plenamente válido aplicable al Canal de Panamá.
Por último, el miedo a una repetición de la desastrosa invasión iraquí que desencadenó un periodo caótico inusitado lleva a Trump a alejarse de la senda tomada por Bush en relación con Noriega al señalar: “no podemos correr el riesgo de que otra persona tome el control de Venezuela, alguien que no tenga en cuenta el bienestar del pueblo venezolano”. Quedando así marginado no solo González Urrutia sino también María Corina Machado.
La opción de apoyar a la amenazada vicepresidenta Delcy Rodríguez y en su caso negociar con ella, supone una solución bien distinta a la tomada entonces en Panamá. Venezuela, un país mucho mayor que Panamá y cuya geografía y extensión hace impensable una invasión con una eficiente ocupación del territorio, impone la búsqueda de una solución donde se de a cabo cierta negociación. Solo una división entre las fuerzas de defensa y los cuerpos de seguridad venezolanos, donde nadie más ha sido secuestrado, hace factible los deseos de Trump, hábilmente diseñados, en su Estrategia de Seguridad Nacional por el secretario de Estado Marco Rubio, hijo de la comunidad de exiliados cubanos en Miami, quien ha manifestado: “Si viviera en La Habana y estuviera en el Gobierno, estaría preocupado”.
La complejidad de la comparación entre ambos avatares se complementa al tenerse en cuenta la cifra de víctimas de la invasión de Panamá que se acercó a las 500, en un país entonces con una población de 2,4 millones de habitantes. En Venezuela, la operación militar estadounidense inutilizó los sistemas de defensa aérea, cortó la electricidad y desarticuló el sistema de comunicación interno, pero todavía hoy no se explicitan oficialmente las bajas, en un incomprensible acto de blanqueo de una agresión que por su envergadura y nocturnidad ha debido tener consecuencias trágicas.
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