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Los militares venezolanos, la fuente de poder del chavismo que no frenó la captura de Maduro

El ministro de Defensa, Vladimir Padrino, denuncia un “ultraje” al tiempo que ordena un despliegue de uniformados ante el decreto de conmoción

Nicolás Maduro junto a su esposa, Cilia Flores, en un evento del ejército en Caracas, en 2017. Foto: Fernando Llano (AP) | Vídeo: EPV

La captura del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y su esposa, Cilia Flores, por parte de Estados Unidos, ha dejado en entredicho a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, que parecía un bloque férreo, imposible de traspasar y que esta madrugada no pudo detener la detención del líder chavista. No obstante, horas después del arresto, apenas habían trascendido señales de un quiebre interno o de una cesión por parte de los uniformados venezolanos.

La plana dirigente de la revolución bolivariana tenía previsto un protocolo en caso de que se concretara una circunstancia como esta, como lo han afirmado ellos mismos varias veces; después de todo, han sido cuatro meses de tensión política continuos. Algunos de los dirigentes más relevantes del chavismo, Diosdado Cabello, Vladimir Padrino López y Delcy Rodríguez, han tomado la palabra para llamar a la calma, convocar a sus seguidores y decretar el Estado de Conmoción Interior. Las Fuerzas Armadas, como los cuerpos de seguridad del Estado, se han desplegado en todo el país para garantizar el control territorial. No hay muchos ciudadanos comunes en estos llamados. Hay, sobre todo, activistas políticos y hombres de armas.

La concreción de esta operación, sin embargo, ha dejado flancos abiertos y muchas interrogantes. El propio ministro de la Defensa, Vladimir Padrino, ha denunciado la existencia de un “ultraje”. Maduro y Flores, las dos personas más poderosas del país, fueron tomados de sorpresa y capturados vivos sin producir un estruendo militar demasiado grave. La circunstancia insinúa la existencia de una operación de inteligencia de alto calibre, que pudo vulnerar los anillos de seguridad de Maduro, con el probable incentivo de la recompensa ofrecida por su captura.

Durante todos estos meses, algunos analistas en el exilio hicieron continuas alusiones a la existencia de un presunto malestar militar en el país. Un descontento que, afirmaban, corre aparejado de manera inevitable con la irritación social de la población. Se ha hablado de baja moral en la tropa, de carencias materiales, de muy bajas remuneraciones y de problemas personales que afectan a los efectivos. Los dirigentes opositores están totalmente seguros de que la mayoría de los militares votó por Edmundo González Urrutia en las elecciones presidenciales del año pasado.

Militares custodian las inmediaciones del Palacio Presidencial de Miraflores, en Caracas, éste sábado. Foto: MIGUEL GUTIERREZ (EFE)

A pesar de estos señalamientos, los hechos han ido demostrando, una y otra vez, una realidad bastante más matizada. El Gobierno chavista es, básicamente, un régimen militar y su influencia en el cuerpo castrense, a pesar de las contradicciones de la realidad, es todavía relativamente amplia. La doctrina bolivariana, socialista y antiimperialista, proyectada por Hugo Chávez a las Fuerzas Armadas, ha calado en el pensamiento militar venezolano. Totalmente diferente a la que existía en los tiempos de la democracia, a comienzos de siglo. Si algún pecado grave cometió la oposición venezolana en estos años, fue subestimar la influencia de Hugo Chávez como líder militar entre sus colegas. En los cursos de Estado Mayor de los militares venezolanos se imparten hoy materias como “pensamiento político de Hugo Chávez”.

Este proceso, galvanizado por el propio Chávez con un juramento con sus allegados antes de morir, se ha ido consolidando con Maduro. Su Gobierno ha dedicado mucho tiempo a atar bien lo que ya quedó atado. Maduro se dedicó a aumentar el pie de fuerza de la Guardia Nacional y la Policía, a comprometer a sus funcionarios con incentivos políticos y económicos y a desarrollar un servicio de inteligencia de gran eficacia, muy superior a los existentes en el pasado en el país.

Para ello, Maduro ha contado con el apoyo del general en jefe de las FANB, Vladimir Padrino López, una de las figuras fundamentales del régimen. Un cuadro militar formado en los tiempos de la democracia, con un vínculo personal con Chávez, además de experiencia y autoridad dentro de la tropa. Padrino López, que lleva 11 años como ministro de la Defensa, se ha encargado de consolidar la encomienda de Chávez —“garantizar la marcha de la revolución bolivariana”—, consolidando sus hábitos culturales y su encuadre ideológico.

Lo ha hecho con enorme astucia declarativa, desvelando progresivamente su compromiso revolucionario, tomando una conveniente distancia del debate político civil. El eslabón más fuerte que tiene el chavismo para seguir en el poder tiene que ver con el control militar que tienen de Venezuela.

Todas las iniciativas cívicas y las estrategias políticas que ha desarrollado la oposición en estos años en tiempos electorales para llegar al poder; las decisiones legislativas y las victorias electorales; todas las protestas populares exigiendo el respeto a la legalidad y cumplimiento de la constitución en estos años, se han tropezado con la misma pared: la identidad chavista de las Fuerzas Armadas. La escasa, o inexistente influencia del liderazgo opositor dentro de sus filas es evidente. También la renuencia a escuchar o valorar sus demandas, sin atender el manifiesto compromiso de los militares venezolanos con los valores e intereses del chavismo. Un movimiento que, no en balde, se define en ocasiones como una “fuerza”.

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