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FRANJA DE GAZA
Columna
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Matando niños y tribunales al mismo tiempo

Mientras Gaza se llena de tumbas, Jerusalén se llena de decretos. Netanyahu escribe epitafios dobles: uno para los niños palestinos, otro para la justicia israelí

El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu.
Diego García-Sayan

Netanyahu ha perfeccionado un arte macabro: matar hacia afuera y silenciar hacia adentro. En Gaza, decenas de miles de cadáveres. Más de 16.500 niños palestinos enterrados bajo los escombros.

En Israel, una ofensiva contra la justicia que haría sonrojar a cualquier aprendiz de dictador. Así se escribe hoy la historia de un país que quiso llamarse democracia y que corre el riesgo de convertirse en parodia.

El bisturí de un cirujano ebrio

Netanyahu no reforma nada. Desarma. Y lo hace con la “precisión” de un cirujano ebrio: corta lo sano y deja lo podrido. Su llamado plan judicial no fortalece a la democracia; la deja inerme. Y lo viene llevando a cabo desde hace meses, en medio de la matazón que produce cada semana.

La prestigiosa Corte Suprema, único freno institucional, en tránsito a ser reducida a un coro obediente. En palabras del diario independiente Haaretz: “no busca mejorar el sistema, sino desarmarlo; es el intento más grave de quebrar la democracia israelí desde su fundación”.

El acusado: dicta la sentencia

El truco es viejo: cuando la justicia amenaza, se la domestica. Netanyahu enfrenta -desde antes de su guerra-procesos por corrupción, fraude y abuso de confianza. Y en lugar de comparecer, pretende reescribir el código. Es juez y parte, verdugo y acusado. Un hombre que transforma la toga en chaleco antibalas.

Netanyahu no se limita a legislar reformas. Su ofensiva incluye presiones directas sobre el proceso de designación de jueces: busca que el gobierno controle la Comisión de Nombramientos Judiciales, que hasta ahora equilibraba representantes del Ejecutivo, el Legislativo y la judicatura. Bajo su modelo, el Ejecutivo tendría mayoría automática para elegir magistrados a su conveniencia.

En la práctica, sería como entregar las llaves de la Corte Suprema al propio acusado. Adiós, pues, a la independencia judicial.

Más recientemente, Netanyahu ha impulsado reformas legislativas que permiten al Ejecutivo dominar la Comisión de Selección Judicial y limitar el poder de revisión de la Corte Suprema. Su Gabinete incluso votó por la destitución de la fiscal general Gali Baharav‑Miara, quien lidera el proceso por corrupción en su contra.

Estas acciones han sido denunciadas dentro y fuera de Israel como pasos graves hacia la politización total de la justicia.

El veneno en la palabras. Sus aliados de ultraderecha cumplen el libreto: llaman a los jueces “enemigos del pueblo”, sugieren purgas, prometen venganzas. No es crítica política, es intimidación calculada. El mensaje es claro: ningún magistrado está a salvo si se atreve a contrariar al todopoderoso “caudillo”. En eso estamos …

Matar la prensa, matar la verdad

Como si no bastara, el Gobierno ataca también a la prensa. Haaretz, diario insumiso, sufre un boicot oficial. Ninguna oficina pública puede anunciarse en sus páginas. Ningún funcionario puede hablar con sus reporteros. Es la vieja receta de los autoritarios: cuando la justicia estorba, se somete; cuando la prensa molesta, se le asfixia.

El espejo internacional

En Israel Netanyahu no inventa nada nuevo. Hungría y Polonia ya recorrieron ese camino: vaciaron a sus tribunales hasta convertirlos en oficinas notariales del poder. Turquía lo hizo con Erdogan tras el golpe fallido de 2016.

Y la secuencia es siempre la misma: primero se domestica a los jueces, luego se encarcela a los periodistas. El resultado: regímenes que siguen llamándose democracias, aunque ya no lo sean.

El epitafio anunciado

Mientras Gaza se llena de tumbas, Jerusalén se llena de decretos. Netanyahu escribe epitafios dobles: uno para los niños palestinos, otro para la justicia israelí. La paradoja es brutal: se bombardea en nombre de la seguridad y se dinamita la justicia en nombre de la estabilidad.

La historia es implacable con quienes creen que pueden gobernar entre ruinas. Siempre termina del mismo modo: los escombros les caen encima.

Quizá Netanyahu crea que ha encontrado la fórmula de la eternidad: aplastar ciudades y tribunales por igual. Pero hasta los dictadores más seguros tropiezan con una verdad incómoda: no hay bomba ni decreto capaz de destruir el juicio final de la historia.

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