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En colaboración conCAF

La Antártida, un continente de cooperación científica y ejemplo de paz en un mundo en conflicto

El ambientalista argentino Horacio Werner, director de Agenda Antártica, analiza cómo funciona esta región, uno de los experimentos más duraderos de cooperación internacional

Isla Cuverville, en el canal Errera, en la Antártida.Archivo de Agenda Antártica

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La Antártida, el continente blanco que parece tan lejano, es central en el equilibrio térmico del sistema climático de la Tierra. Tiene unos 14 millones de kilómetros cuadrados —el quinto más grande del planeta— y está rodeado por el Océano Austral, que cubre cerca de 20 millones de kilómetros cuadrados. Sobre su manto de hielo, unas 70 bases científicas de cerca de 30 países investigan el clima, los océanos, la atmósfera, los glaciares y sus ecosistemas.

Este laboratorio natural está regido desde 1961 por el Sistema del Tratado Antártico, que establece que “la Antártida deberá utilizarse exclusivamente con fines pacíficos” y la reserva para la cooperación científica. En un mundo atravesado por tensiones geopolíticas y la crisis climática, ese acuerdo aparece como una rareza histórica: un experimento de cooperación internacional que se ha sostenido durante más de seis décadas.

Pregunta. Acaba de editar el libro La Antártida como modelo de paz global, una obra colectiva con especialistas de distintos países sobre la Antártida como ejemplo de cooperación internacional sostenida. ¿Qué los llevó a producirlo?

Respuesta. Lo hicimos para generar un movimiento de difusión y debate en un mundo cada vez más antagonizado. Buscamos un punto de encuentro porque, al final, todos queremos un mundo sano, estable y seguro. La pregunta fue: ¿es este un ejemplo válido de construcción de paz? Para responderla reunimos a dieciseis autores de veinte países y mostramos que la Antártida es uno de los modelos más exitosos de gobernanza pacífica y cooperación internacional. Si no trabajamos activamente para construir la paz, lo que surge naturalmente es la tensión y el conflicto.

P. En un contexto internacional tenso, crecen las preocupaciones sobre el futuro de la Antártida como espacio de ciencia y paz. ¿Cómo se interpretan desde la gobernanza del Tratado?

R. En la “comunidad antártica”, que reúne a los actores del Sistema del Tratado, hay un consenso claro sobre la necesidad de sostenerlo. El desafío aparece cuando entran en juego actores externos, donde pesan intereses geopolíticos y económicos, a veces de manera hostil.

En ese contexto surgen distintas narrativas. Una es la del peligro: por ejemplo, las campañas de prospección geológica de Rusia, que algunos interpretan como indicios de interés en hidrocarburos, algo explícitamente prohibido. También circula la idea de que en 2048 se termina el Tratado Antártico, lo cual es falso. El tratado no tiene fin estipulado.

Lo que sí existe es el Protocolo de Protección Ambiental de Madrid, que prohíbe la minería y permite una eventual revisión en 2048, pero solo si una parte lo solicita y una mayoría calificada lo aprueba. Esa posibilidad es baja, aunque algunos la usan para instalar la idea de posicionarse en la búsqueda de recursos. Por su parte, Estados Unidos ha sido un actor central del sistema antártico y no hay evidencia de incumplimientos de ningún país. Sin embargo, Estados Unidos enfrenta recortes en programas científicos y financiamiento en investigación polar, lo que plantea nuevos desafíos.

P. ¿Qué rol debería tener Sudamérica en el futuro de la Antártida?

R. El Atlántico Sur sigue siendo una de las rutas marítimas más seguras, menos militarizadas y más estables del planeta. Entre el 80 y 90% del comercio mundial se mueve por barco y hoy muchas rutas están bajo tensión, como el Canal de Suez, Panamá o el Mar de China. En ese contexto, el Atlántico Sur adquiere un valor estratégico.

Pensar la Antártida implica también mirar sus adyacencias. En el Atlántico Sur y el Océano Austral, las rutas que conectan Atlántico y Pacífico pasan cerca de la península Antártica, el punto del continente más próximo a Sudamérica. Para la región sería preocupante que ese pasaje se militarice o se convierta en un espacio de disputa entre potencias. Por eso hay una mirada que busca un rol más activo de Brasil, por su peso específico.

Para América Latina, mantener el status quo de paz antártica es importante: un conflicto atraería a otros actores con intereses externos. Incluso países con reclamos territoriales, como Argentina y Chile, priorizan ese equilibrio. La región necesita una agenda antártica propia y preservar esa estabilidad. Ahí el Atlántico Sur es clave como proyección natural hacia el océano Austral y la Antártida.

P. ¿Cómo es que el Tratado Antártico logra ser estable durante más de seis décadas?

R. Existen cinco principios en el centro del Tratado Antártico que lo explican. El primero es la desmilitarización: no se puede militarizar el continente y se prohíben armas y pruebas nucleares. Luego, la transparencia: toda actividad científica o logística debe comunicarse y puede ser inspeccionada por otros países. El tercer factor es la “ambigüedad constructiva”: los países con reclamos territoriales acordaron congelarlos. No renuncian a sus pretensiones, pero tampoco las ejercen. Otro principio es el diálogo y el consenso: las decisiones se toman sin objeciones de las partes. Por último, la flexibilidad pues el sistema incorporó acuerdos complementarios que le permiten adaptarse. Esa combinación explica su vigencia por más de seis décadas.

P. La Antártida suele mencionarse como una reserva de recursos, pero también es clave para el equilibrio climático. ¿Qué sabemos realmente sobre ese potencial y su rol en el sistema global?

R. La Antártida concentra cerca del 70% del agua dulce del planeta. En teoría, podría haber combustibles fósiles, pero su extracción —hoy prohibida— sería compleja: el continente tiene unos 3.000 metros de hielo y los costos son muy altos. Además, todavía hay disponibilidad de petróleo en otras regiones.

En cuanto a minerales raros, se presume que podrían existir, pero no se sabe con precisión. Eso, en cierto sentido, juega a favor de la Antártida, no hay una gran prospección porque el tratado solo permite investigaciones científicas, y no hay incentivos reales para generar un conflicto.

Más allá de los recursos, la Antártida cumple un rol central en el equilibrio térmico de la Tierra. A través de las corrientes oceánicas redistribuye el calor y regula procesos como la desertificación o el exceso de lluvias. Los sistemas climáticos están interconectados —solemos decir que sin Antártida no hay Amazonia— y lo que ocurre en el extremo sur influye en todo el planeta.

A esto se suma que el océano Austral captura carbono y que la superficie helada refleja radiación solar. Además, regula el nivel del mar, que hacia fin de siglo podría subir entre medio metro y algo más de un metro, con impactos sobre zonas costeras, acuíferos y áreas agrícolas.

P. Si la Antártida cumple un papel tan importante en el equilibrio del planeta, ¿cuál es hoy el mayor riesgo que enfrenta?

R. El principal peligro es el calentamiento global. El aumento de la temperatura acelera el derretimiento del hielo. Podemos imaginar la Antártida como un gran pastel de unos 3.000 metros de espesor que recibe calor desde arriba, por la atmósfera, y desde abajo, por el océano más cálido. Eso debilita su base y provoca el desprendimiento de grandes bloques que hoy actúan como barreras para mantener en el continente los glaciares del interior.

Los científicos coinciden en que este proceso ya comenzó y difícilmente se detenga. Lo que aún no sabemos es a qué velocidad ocurrirá ni cuál será su impacto exacto, porque es un sistema muy complejo de modelizar. Un ejemplo es el glaciar Thwaites, en la Antártida occidental, conocido como Doomsday Glacier por su potencial impacto en el nivel del mar. La gran incógnita es el tiempo: si ocurrirá en décadas o en un proceso más largo. Ese es uno de los grandes desafíos para la humanidad.

P. La contaminación por plásticos en la Antártida es uno de los problemas que Agenda Antártica trata. ¿Qué tan presente está hoy ese fenómeno en el continente?

R. La Antártida no genera el plástico, lo recibe: es una víctima. Por eso, lo que se puede hacer allí es limitado. Hay fuentes directas, como las aguas grises de barcos y estaciones científicas, pero gran parte de los microplásticos proviene del lavado de ropa y de fibras sintéticas. Por eso se habla de filtrado y nuevas regulaciones.

También hay una preocupación más amplia: se negocia un tratado global sobre plásticos que apunta a las principales fuentes de contaminación que afectan a la Antártida y al Océano Austral. Es importante entender que no es un lugar prístino. También está contaminada, y eso funciona como una señal de alerta: muestra hasta qué punto nuestras actividades llegan a todos los rincones del planeta.

Hay una cifra que se repite con frecuencia: para 2050 podría haber más plástico que peces en los océanos, al menos por peso. En el fondo, estamos hablando de cómo tratamos a nuestra casa, el planeta que va a seguir existiendo. La pregunta es cómo vamos a vivir en él.

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